A Sala Llena

#CANNES75 | Cannibalismos 04: Corsé

Hay algo aún más complicado que una segunda película: la película siguiente a una Palma de Oro. Cristian Mungiu intentó un giro sustancial con Beyond the Hills, la película posterior a 4 meses, 3 semanas, 2 días, para volver de inmediato a la formula característica del nuevo cine rumano con Graduation y su denuncia de la corrupción. Su nueva película, R.M.N. (Competición) repite la fórmula, como si esa idea del “nuevo cine rumano” se pudiese prolongar ad infinitum, hasta casi veinte años, cuando ya el adjetivo de “nuevo” es cuando menos discutible. No impide esto que a R.M.N. se le reconozca el virtuosismo de su escritura, con ese pueblo de Transilvania en el que confluyen varias historias en los días de Navidad, catapultadas por el regreso de Matthias desde Alemania (en realidad, una huída): la relación con su hijo (y sus miedos, nunca del todo explicados) y su exmujer; la relación con su examante y gerente de una gran panadería; la relación con su padre enfermo; y la llegada de tres inmigrantes de Sri Lanka que desata una agresiva xenofobia… por no hablar de la amenaza de unos osos que, como mandan los cánones del guión clásico, no se podrán dejar en el tintero y nos sorprenderán con una aparición un tanto extemporánea. Demasiados elementos para lo que se pretende una denuncia del racismo, más allá de algún que otro plano-secuencia muy brillante en su ejecución (la asamblea en la que se discute sobre los inmigrantes).

A este respecto, qué hacer después de una Palma de Oro, la de Ruben Östlund estaba mucho más reciente (2017) y digamos que, sin traicionar el espíritu de su cine, Triangle of Sadness (Competición) se abre a nuevos caminos. Y ello pese a que el primer segmento de la película, protagonizado por una pareja de modelos que discuten de dinero, hace temer lo peor. Es el aspecto más temible del cine de Östlund, su querencia por los personajes cínicos y manifiestamente odiables. Triangle of Sadness recuerda en este sentido propuestas como la de Competencia oficial (Duprat & Cohn), en la que el cinismo del argumento va en paralelo del cinismo inherente a la propia propuesta cinematográfica: una película de niños ricos que se ríen de su público y no hacen el más mínimo ademán por disimularlo. Y, claro, después de la Palma de Oro a The Square, Östlund nos sale con una película de niño rico, abundante en medios y llena de personajes que nadan en dinero. Por supuesto, él lo hace por nuestro bien y su película no es otra cosa que una Denuncia del Capitalismo (el capitalismo que posibilita su película). Ahora bien, creo que es justo reconocerlo, una vez que los personajes de ese largo primer segmento se embarcan rodeados de millonarios en un yate de lujo al mando del cual está un capitán comunista (Woody Harrelson), y particularmente durante la escatológica cena, lo que nos encontramos en una de las comedias más divertidas vistas en Cannes en los últimos años, con un recital de vómitos que trae a la memoria los de El sentido de la vida o Bridesmaids. Desde ese momento ya sabemos que la sátira no tiene límites y Triangle of Sadness se pierde el respeto a sí misma y a la propia Palma de Oro, algo que proseguirá en una tercera y última parte que parece una recreación de esos programas de televisión ambientados en una isla en la que encierran a famosos. De algún modo, aquí Östlund nos devuelve al terreno de la fábula moral, tan simple en su mensaje que produce sonrojo, pero qué puede importar eso después de todas las risas que nos hemos echado.

En cualquier caso, uno de los primeros grandes descubrimientos de este Cannes es la alemana Marie Kreutzer que participa en Un Certain Regard con su segunda película, Corsage, una recreación de la vida de la emperatriz Sissi a lo largo de unos pocos meses entre 1877 y 1878, cuando la emperatriz cumple 40 años. No es por lo tanto la Sissi juvenil de Romy Schneider, sino una Elizabeth preocupada por su figura y sus arrugas, las de una edad provecta, la que suelen vivir como media las mujeres de su época, pero también por la necesidad imperiosa de liberarse de todos sus corsés, literaria y figuradamente. A Elizabeth la interpreta Vicky Krieps y la revisión del personaje resulta memorable. Kreutzer se inspira en la Marie Antoinette de Sofia Coppola acumulando anacronismos, tanto en los elementos biográficos (la invención del cine o la heroína, la luz eléctrica o un tractor que se encuentran en el camino) como en la música, tanto en la extradiegética como en la diegética, con una increíble secuencia en la que una arpista interpreta “As Tears Go By”. Como decía, Corsage es la crónica de esos meses de crisis existencial de una Elizabeth que ha dejado atrás a Sissi y su enamoramiento juvenil por el emperador Franz Joseph y que busca consuelo en sus amantes, en los manicomios o masturbándose. Un pero: se trata de una película demasiado episódica que funciona por acumulación; con menos secuencias y planos más largos estaríamos ante una obra maestra en toda regla. Qué hace esta película escondida en UCR estoy seguro que será en gran misterio de este Cannes.

Otra sorpresa, de otra índole, es cierto, es encontrarnos en la Quincena de los Realizadores con una película como Enys Men de Mark Jenkin, que se había revelado en el Forum de Berlín con Bait. Pues bien, aunque ahora esté en Cannes, Enys Men (“isla desierta” en cornuallés) se diferencia en poco de la película precedente, apenas en que el color sustituye al blanco y negro. Pero vuelve a ser una película rodada en 16mm y con el sonido postsincronizado, un trabajo de orfebre en el que Jenkin se ocupa casi de todo: dirección, guion, fotografía, edición y música. Volviendo al Forum de Berlín, una de las películas más destacadas de este año era Geographies of Solitude, de Jacquelyn Mills, el retrato documental de una mujer que era la única habitante de una pequeña isla de la costa canadiense de Nova Scotia. La protagonista de Enys Men es aparentemente la única habitante de esta isla y, como la Zoe Lucas de la película de Mills, ella también lleva un registro sistemático de una serie de datos meteorológicos y botánicos (el diario apunta fechas de abril y mayo de 1973), además de otras crípticas mediciones. Pero por allí aparecen otra serie de personajes que no sabemos si son del pasado o de un presente fantasmagórico: su hija, una sacerdote, un coro de bailarinas… La trama argumental no es más que una mera exposición de rituales teñidos por un componente fantástico y al servicio de un ejercicio de estilo sin ninguna pretensión comercial que, en Cannes, resulta tan insólito como refrescante.

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