A Sala Llena

Belushi

El mejor imitador de Marlon Brando fue a su manera el Marlon Brando del nuevo tipo de “comedia americana” gestado entre la segunda mitad de la década de los sesentas y a lo largo de la de los setentas, que es prácticamente, con sus afinaciones coyunturales y actualizaciones, el tipo de comedia que se hace al día de hoy en el cine. La mejor etapa de la revista National Lampoon (aproximadamente entre 1970-1976) –así como todas las ramificaciones de su marca: películas, obras de teatro, programas de radio, libros, merchandising– los precalentamientos del trío ZAZ (Jerry Zucker, Jim Abrahams y David Zucker), The Second City (más conocida sin el artículo), la compañía de teatro especializada en comedia de improvisación por la que pasaron desde Alan Alda hasta Bill Murray y casi todo aquel y aquella actor y actriz que luego terminó triunfando televisivamente en “Saturday Night Live” desde 1975 a hoy y los géiseres de ácido sulfúrico que publicaba mensualmente la instantáneamente mítica revista MAD, entre muchísimos otros (f)actores, se dedicaron en aquel período a un ritual exorcizante que se gestó en una iracundia que ya era imposible de barrer bajo la alfombra: la cremación sin piedad del naufragio colectivo que regurgitaron los vahos de napalm de la malograda guerra contra el Vietcong. Había que crear algo nuevo desde estas cenizas fénicas humedecidas por lágrimas innecesarias, algo que pudiera llamarse por lo menos nuevo, algo vibrante que sintonice con los temblores de rabia social que resquebrajaban tanto las calles de los barrios como los cimientos de las universidades de todo el país. El vapor que saliera de esa marmita al borde de la explosión tenía que ser gas hilarante.

Nixon empezaba a oler a cadáver y apareció John Belushi.

El hermano mayor de Jim Belushi (le tiramos un centro a Jim, que tiene lo suyo, aunque incomparablemente a John) también paseó su cuerpo de luchador grecorromano y su mente afiebrada por estímulos químicos por Second City e hizo mil y unas performances en todas partes antes de empezar a construir su aura mitológica desde el show de televisión que Lorne Michaels produce hace 45 años. Belushi documenta todo este ascenso con lujo de declaraciones grabadas y nunca antes puestas a consideración del público (yo no chequeé este dato y no sé cuántos lo han chequeado y suele venir envuelto en volutas de humo relativo) y el trabajo no puede salir de la norma, y este hecho de normalidad no podría considerarse una afrenta a la memoria del niño salvaje de SNL porque no hay necesidad de representar el caos con el caos, pero cierta falta de respeto a la convención hubiera podido consolar este pecado probable. Pero cuando escuchamos “I Remember Nothing” de Joy Division, se blanquea por completo la intención que hay por debajo de la atmósfera de sensacionalismo in crescendo que opaca la alegría que podría haber transmitido un tratamiento menos moralista de la vida Belushi. Es decir, es muy divertida esta película, pero por la cantidad de voces y fotos y videos que vemos de quien es la razón por la que vimos Belushi. Más que divertida, digamos, es una distracción sin pausa. Pero los estadounidenses son muy moralistas y nos hemos acostumbrado a esta realidad. Quizás porque nosotros también somos moralistas. Si Belushi aspiró una cantidad de merca, como diría Juanse, suficiente para marcar de nuevo la cancha de River, es un asunto que sí, se relacionó con su arte, y lo hizo directamente porque su rendimiento físico e intelectual dependió en una época de las sustancias tóxicas ilegales. Pero el origen del talento disruptivo de Belushi está en otro lado, en sombras acechantes del pasado, materializadas psíquicamente en su la vía inestable de socialización con las drogas que ingresó a su organismo apto para todo químico, no en las drogas en sí mismas. El documental dedica un tiempo a explic(it)ar los celos que sentía Belushi por el macho alfa de la troupe fundacional de SNL, Chevy Chase, y cómo, al renunciar éste una vez terminado el primer año del ciclo (Chase saltó de inmediato al cine sostenido en su porte de galán, amén de un histrionismo innegable), el liderazgo en carisma quedaría en manos belushianas. Estas manifestaciones psicológicas de su mentalidad competitiva resultaban mucho más importantes para investigar que si tomaba cocaína y con quién o si en la foto con Mick Jagger y Eric Idle estaba de la cabeza. Era un ser inseguro, y una cosa llevó a la otra. Ahí el director R.J. Cutler dejó pasar una oportunidad. Belushi no murió a la edad mortuoria del rock, los 27 años, pero estuvo cerca: a los 33 dejó de existir y al día de hoy nos preguntamos qué hubiera sido de Chris Farley si Belushi no hubiera allanado el camino, qué hubiera sido de nuestra relación con los nombres de culto si en el álbum de los mejores faltaba la figurita de Belushi. El Marlon Brando de la comedia es muy seguro que haya querido ser Brando (se negó dignamente a hacer secuelas de sus éxitos: “Yo no trabajo así”, decía, y se veía visiblemente perturbado cuando conductores papanatas de la era catódica pre internet le preguntaban qué se consideraba, si un bufón o un comediante o qué: “Solamente un actor”, insistía, lacónico). 

 

 

 

(Estados Unidos, 2020)

Guion, dirección: R.J. Cutler. Duración: 108 minutos.

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