A Sala Llena

Destrucción (Destroyer)

(Estados Unidos, 2018)

Dirección: Karyn Kusama. Guion: Phil Hay, Matt Manfredi. Elenco: Nicole Kidman, Toby Kebbell, Tatiana Maslany, Sebastian Stan. Producción: Fred Berger, Phil Hay, Matt Manfredi. Distribución: Diamond. Duración: 121 minutos.

Destrucción tiene un truco, un truco solo que hace una vez tras otra, todo el tiempo, hasta agotarlo en apenas unas pocas escenas. El principal insumo de Karyn Kusama puede describirse así: Nicole Kidman, hecha pelota, va a lugares a encontrarse con gente de su pasado que está tan arruinada como ella o más. La fórmula es esa, no hay mucho más para ver, la directora a lo sumo introduce variaciones en cada viaje: en un reencuentro la escena es vil y triste, en otro hay una persecución patética que termina con los dos personajes agitados y sin poder hablar, etc. “Realismo” es la clave que resuena, la palabra que la película intenta hacernos pronunciar: Destrucción no quiere ser un policial común sino una historia de venganza y redención sometida a las reglas de un naturalismo brutal, como si lo que la directora intentara narrar fuera lo que sobreviene al final de cualquier película de agentes infiltrados del FBI. Por caso, cómo hubiera sido la vida de los protagonistas de Punto límite si la investigación hubiera salido mal, Bodhi escapara y Johhny Utah tuviera que seguirle la pista de nuevo diecisiete años más tarde. En esa premisa está concentrado todo el interés que Destrucción es capaz de generar: observar el paso del tiempo, medir sus secuelas físicas, el estrago psíquico; digamos, lo mismo que hacía, pero mucho mejor, Los indestructibles con el cine de acción. 

La detective Bell cree que Silas, el líder de una banda que asalta bancos, volvió a la ciudad. La trama procede siempre con un mecanismo semejante: la protagonista va a interrogar a alguien y, casi al unísono, el relato revela datos del pasado que conectan a los dos personajes. Después de los primeros reencuentros hay un cuadro general trazado: Bell y otro agente del FBI se infiltraron hace diecisiete años en el grupúsculo de adictos y ladrones que comanda Silas. La investigación en la actualidad esclarece los misterios del pasado, que a su vez resignifican las acciones en el presente. La película de Kusama oscila entre dos direcciones posibles sin jugarse del todo por ninguna: una consiste en confiar todo a esa ingeniería de guion que hace malabares con dos líneas temporales; la otra supone desarrollar el retrato de los espacios por los que se mueven Bell y el grupo de Silas, espacios decadentes donde la descomposición material viene a expresar la podredumbre moral de los personajes. La escasa fortaleza de la película reside en ese trayecto por un mundo degradado que alterna entre la precariedad urbana y la intemperie del desierto; trayecto al que la directora le imprime los signos reconocibles de un southern gothic algo tosco.

El caso es que la película no sabe cómo sostener el ambiente que promete al principio: el interés del comienzo dura poco, cada reencuentro parece perder potencia, como si la directora no encontrara los medios para mantener la tensión. Las idas y vueltas en el tiempo no ayudan demasiado: interrumpen la pesquisa miserable de Bell, sin duda el corazón de la película, sin ofrecer nada muy rico a cambio. Nicole Kidman está bien, se la ve cómoda en eso de actuar con mucho maquillaje, asumiendo la vieja tradición de la máscara; pero la Bell del pasado, en cambio, resulta menos creíble, más plástica, más parecida a la máscara en la Kidman transformó su propia cara fuera del cine, y eso rompe el verosímil.

La Bell del presente, la hecha pelota, interviene por su cuenta en un robo de banco: la escena, breve y sin demasiado brillo, podría haber sido mucho más que ese tiroteo correcto y que funciona sobre todo por la decisión de aprovechar el sonido de los disparos y de las corridas (gracias Michael Mann). La película tampoco sabe cómo aprovechar la historia de Bell con su exmarido y su hija: ahí hay un melodrama poderoso pero latente que la directora no puede terminar de hacer estallar, un núcleo de dolor y furia que no se explora bien.

Avanzando a los tumbos, entre malas decisiones y el agotamiento de los pocos buenos recursos que tenía entre manos, la película termina mal, con una vuelta de tuerca imposible, un truquito de prestidigitador (y ni siquiera de uno muy bueno) que viene a tratar de suplir algo de la sorpresa que el guion no pudo proveer por otros medios las dos horas anteriores. Acto seguido, Bell consigue un momento de redención que parece arrancado de otra película y pegado a las apuradas, la señal definitiva de que Kusama nunca entendió mucho el universo de la historia, a sus personajes o sus espacios vitales, y que por eso ahora puede cambiar de género y de tono sin darse cuenta del quiebre, de que esa mala decisión final termina de derrumbar su intento de noir sureño.

 

 

 

© Diego Maté, 2019 | @diegomateyo

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