A Sala Llena

El hoyo

La distopía permite hablar del presente camuflando la crítica bajo los códigos de la ciencia-ficción y darle a todo el asunto un aire liberador: se puede comentar el mundo sin tomarse tan en serio la moraleja; la crítica social se vuelve un artefacto disfrutable. El problema es el cine que no entiende cómo se consigue ese equilibrio y termina desplomándose hacia la queja solemne. Dos o tres minutos de El hoyo dan una buena idea de lo que se viene: una fábula que malgasta su premisa explicando en cada diálogo el sentido de lo que se está contando. La trama es simple: está el hoyo, que es como una gran cárcel vertical organizada en niveles. Por el agujero en cuestión baja una plataforma con comida: los primeros niveles comen bien, los siguientes más o menos, los últimos nada. Después de un tiempo, el orden cambia y todos despiertan en niveles diferentes. Hasta acá nada extraño, la típica estratificación con la que la ciencia-ficción habla de la desigualdad, el clásico arriba y abajo (llevado al paroxismo en Elysium, donde los ricos viven en una ciudad flotante y los pobres subsisten en una Tierra abandonada), que a veces cambia de dirección (atrás-adelante en Snowpiercer). Ese orden espacial por sí solo ya trae una larga historia de comentario social, pero a Galder Gaztelu-Urrutia le parece que hay que reforzar la cosa, no sea que el público se confunda, y los primeros diálogos de El hoyo parecen una especie de manual de instrucciones que busca enseñar al espectador cómo funciona el mundo (el de la ficción, pero también el suyo): los de arriba no quieren renunciar a sus privilegios, los del medio están medio jodidos pero rehúsan solidarizarse con los de más abajo y repiten gestos de menosprecio que aprenden de los habitantes de los niveles superiores. 

La película ofrece esa sátira gruesa como si fuera algo inteligente y se entusiasma subrayando ideas: los de arriba cagan a los de abajo, a los de abajo no les queda otra que comerse unos a otros, los del medio exageran el desprecio por los niveles inferiores para diferenciarse de ellos. El protagonista sugiere organizarse para racionar la comida y le preguntan si es comunista. Y así todo: una sociología de cartón que reclama una interpretación realista y que el público (el imaginado por la película, al menos) debe empalmar con su propio mundo. Una seguidilla de gestos complacientes que halagan la sensibilidad de cualquier espectador que pudiera llegar a compartir ese triste sistema de ideas.

Pasa algo curioso, igual: el tono sigue siempre igual de machacón que al comienzo, pero a medida que pasan las escenas, el hoyo de alguna manera se impone. El espacio, con sus reglas y sus peligros, gana potencia y le confiere la película un aire de thriller distópico que por momentos se sobrepone a la cháchara edificante de los personajes. Otro lujo de la ciencia-ficción: la libertad que ofrece el género para diseñar lugares cautivantes puede blindar a una mala película como El hoyo contra sus propios errores y volverla más o menos tolerable.

 

 

 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(España, 2019)

Dirección: Galder Gaztelu-Urrutia. Guion: David Desola, Pedro Rivero. Elenco: Ivan Massagué, Zorion Eguileor, Antonia San Juan, Mario Pardo. Producción: Ángeles Hernández, Carlos Juarez. Duración: 94 minutos.

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