A Sala Llena

The Lodge

En pleno invierno, una familia disfuncional decide pasar unos días en una cabaña remota, en las montañas. Aislados e incomunicados, presencian una serie de extraños sucesos que pronto ponen en jaque su cordura y sus vidas en peligro. No, no estamos frente a una remake de El Resplandor. De la misma manera, la presencia de un culto religioso, una tragedia familiar y una casa a escala probablemente nos recuerde a Hereditary; y es absolutamente entendible que eso suceda, ya que cualquier parecido a la película de Ari Aster, y a su marcada búsqueda formal por inscribirse en esa vertiente del cine de terror que pondera lo atmosférico y psicológico por sobre lo explícito y visceral, es más que una mera coincidencia.

Desde el minuto cero, The Lodge se presenta como una película acerca de las apariencias, acerca de aquello que parece ser una cosa pero que, en verdad, es otra. Por ejemplo, sus citadas influencias (las cuales explicita mediante guiños tan ingeniosos como que el perro de la protagonista se llame Grady) la emparentan con cierto tipo de terror incómodo, solemne, que hace del encierro de sus personajes el punto de partida para un progresivo —y en apariencia ineludible— descenso hacia la locura. Sin embargo, la nueva película de Severin Fiala y Veronika Franz (Goodnight Mommy) elude la paulatina construcción de la tensión que caracteriza a sus referentes y, por el contrario, avanza inconsecuente de una escena a la otra: no acumula ni construye, simplemente transcurre.

Sus esfuerzos narrativos no parecen estar destinados a inquietar, involucrar emocionalmente o promover la empatía hacia los protagonistas. En cambio, con su refuerzo constante de la pátina de incertidumbre que rodea a la trama, la principal preocupación de The Lodge parece ser la de lograr que el espectador se distraiga tratando de descifrar qué está pasando: ¿acaso se trata de un relato sobrenatural en el que los personajes son acechados por el fantasma de la madre? ¿O tal vez por los espíritus del culto suicida en busca de su única sobreviviente? También existe la posibilidad de que estemos frente a una película de terror psicológico y que todo esté ocurriendo al interior de perturbada mente de la protagonista… o capaz simplemente están todos muertos y en el purgatorio, quién sabe.

A favor de la película, es todo un mérito el propiciar la proliferación y efectiva convivencia de tantas explicaciones posibles de forma simultánea. No obstante, este juego de adivinanzas acaba volviéndose contraproducente en tanto que anula la posibilidad de un film claustrofóbico: distanciado de la diégesis, hipotetizando acerca de la naturaleza de los hechos, el público difícilmente se vea afectado por la atmósfera asfixiante que The Lodge pretende establecer. Por otro lado, además de debilitar su buscado efecto de encierro, esta accidental vía de escape también desencadena un inevitable desapego emocional: si lo importante no es qué pasa, sino por qué pasa, entonces la revelación del último acto es lo único que verdaderamente importa, no así el destino de los personajes. Precisamente por esto, a medida que la trama progresa y se avecina el “sorpresivo” giro final —más previsible y poco inspirado que potente e inesperado—, nuestro interés e inversión emocional se reduce cada vez más.

Este problema sería menor si los acontecimientos extraordinarios que toman lugar en la cabaña fuesen mínimamente intrigantes, o si hubiera aunque sea una intención de generar suspenso a partir de ellos. Por el contrario, todo sucede de repente (sorprendentemente, sin dar lugar a jump scares) y sin desencadenar más que una mirada extrañada en los personajes: la nariz de la protagonista sangra espontáneamente, ella lo oculta, nadie dice nada; un cuadro que había sido descolgado reaparece en la pared y los personajes apenas reparan en él; entre otras. En este sentido, el páramo de nieve que rodea a la cabaña juega un papel fundamental: retratado como una suerte de gélido e infinito desierto, siempre hay algo por descubrir en él: portarretratos enterrados, un cadáver, una casa con forma de cruz (la insistencia del film con las imágenes religiosas es tan obvia como poco creativa) y hasta la propia protagonista, quien despierta en medio del lago congelado y regresa a la cabaña como si nada.

A grandes rasgos, ese pareciera ser el modus operandi de The Lodge: jugar hasta el hartazgo con la idea de que las apariencias engañan. Desde la casa de muñecas de la secuencia inicial hasta algunos de los lugares comunes más recurrentes del cine de terror, los cuales son trabajados con tal nivel de intrascendencia que, en lugar de despertar a la narración de su letargo y anclarla en el género, acaban siendo tan desaprovechados como la propuesta visual de Thimios Bakatakis. Con sus curiosas angulaciones y notorio uso de lentes angulares, es uno de los aspectos más inventivos y sugerentes del film, pero —tal como las vívidas pesadillas, los sonidos extraños durante la noche y las apariciones repentinas que desfilan por la trama— queda reducido a poco más que un recordatorio de que nada es lo que parece: incluída la propia The Lodge, que parecía ser una buena película de terror.

 

 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Reino Unido, Canada, Estados Unidos, 2019)

Dirección: Severin Fiala, Veronika Franz. Guion: Sergio Casci, Verónika Franz, Severin Fiala. Elenco: Riley Keough, Jaeden Martell, Lia McHugh, Richard Armitage, Alicia Silverstone, Danny Keough. Producción: Aliza James, Simon Oakes, Aaron Ryder. Duración: 108 minutos.

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