A Sala Llena

Woodstock 99: Peace, Love and Rage

GUARDIANES DE LO (IN)MORAL

Siempre existe la chance de que se nuble la visión de una película cuando el tema se posa por delante de todo lo demás que la compone, es decir, una obnubilación que puede confundir que lo que se relata sea necesariamente una buena historia cinematográfica. Eso sucede, en general, con los documentales cuando algún hecho histórico tiene un poder mediático que tracciona un público, incluso a los que no miran muchas películas. Woodstock 99: Peace, Love and Rage provoca, desde lo que significa la primera palabra del título, un interés particular; por un lado para los que son melómanos, y por el otro, para los que conocen de antemano la historia de ese festival. Garret Price pone las estacas de su mirada desde el principio, en especial en la dirección de sus cañones, para atribuirle las culpas al desastre que resultó el Woodstock de 1999.

Dos ediciones previas tuvo Woodstock a la versión del 99; la primera de todas (la de 1969) tiene un aura mítico arrollador acerca del hipismo y sus valores. El relato de ese festival se nutre del recorte, en especial gracias a la película Woodstock: 3 días de amor y paz (1970), que se encargó de mostrar lo mejor de un evento que también resultó trágico, pero del que poco se habla.  La segunda versión, de 1994, fue paradójicamente la que mejor resultó y de la que sin embargo casi nada se comenta; quizás en el éxito esté la clave de la ignorancia de su existencia para el gran público. En el inicio, el documental hace una mención del 94 con el mero propósito de plantear el envalentonamiento de los promotores Michael Lang y John Scher (los organizadores) para diseñar una versión todavía más grande y celebrar los 30 años de Woodstock. La locación elegida fue una gigantesca base militar abandonada en la pequeña localidad de Rome, Nueva York, en la que durante tres días se congregaron miles y miles de jóvenes para pasar un fin de semana de música, baile, extremo calor y descontrol total. La gran diferencia con el festival histórico fue que la mayoría de los números musicales estuvieron muy lejos de representar una heterogeneidad. Lo que en realidad se concentró fue un fresco de la época, en pocas palabras: bandas de nü metal. Su público, mayormente personificado por adolescentes y jóvenes adultos varones, tuvo el protagonismo en la debacle, y a él se le cargaron casi todas las responsabilidades de lo que salió mal. El documental tiene su apartado para acusar a Lang y Scher, en especial porque en los testimonios arrojados para la película no hay un dejo de arrepentimiento o de autocrítica para señalar la tragedia organizativa. El gran problema del guionista y director Price es poner al nü metal como la causa de lo que salió mal en Woodstock 99, cuando en realidad se trató de una consecuencia sociocultural. Cuando el relato editorializa que la muerte de Kurt Cobain provocó el descontento de una parte de la juventud y que se refugiaron en un rock, metal o rap blanco más furioso y violento, lo que hace es culpabilizar a un estilo musical, casi en clave de descontento porque en ese nacimiento estaba, a la vez, el fallecimiento de un “rock de ideología progresista” para el realizador y algunos otros entrevistados. Como si fuera la catarsis de una bronca generalizada aparecieron Korn y Limp Bizkit encarnando la violencia de los blancos más rabiosos que pocos argumentos tenían –al parecer- para manifestar su enojo.

La única palabra en primera persona para sopesar la lectura del documental sobre los hechos es la Jonathan Davies (líder de Korn), no obstante sus palabras están lejos de ser reflexivas sino que son simplemente descriptivas. El que sí aparece como guardián progre y moral es Moby, paladín y voz oficial del documental, para marcar todo lo que salió mal sin mencionar a los promotores. Cierto es que ese estilo musical, visto hoy a la distancia, puede entenderse en el nivel de un cáncer musical vacuo y efímero, aunque no es digno atribuirle a la música y a sus fans el resultado catastrófico tras los tres días de recitales, que es lo que sí hace la película. La violencia contra las mujeres, que escalaron de manoseos hasta violaciones, tampoco tienen otro responsables para Price más que las bandas o la televisión;  tan solo hay un par de menciones a la seguridad casi nula. De hecho, esta propuesta de HBO Max muestra más tetas en plano detalle y mujeres desnudas que la propia televisación del evento en la época, superando así la simple ilustración de un aspecto que se plantea explicar. Desde la distancia temporal es casi imposible no pensar en que todas las variables daban un solo resultado: la hecatombe absoluta. El gran problema de Woodstock 99: Peace, Love and Rage es sentenciar a dos únicos culpables de todo lo sucedido, el público y la música de una época, y dejar a los organizadores en un segundo plano como si se tratara de simples cómplices. El cierre, casi inmoral, es la comparación con Coachella; un festival que nació más tarde el mismo año y que al día de hoy sigue vigente. Las antípodas que se pretenden exhibir no tienen un sustento cultural -ni siquiera social- pero para Price apuntan a que las bandas de un festival son más serias, mientras que las del otro representan lo peor de la humanidad. En la simplificación y en las voces morales -como efectos sonoros estruendosos- se ubican los males de una historia que tiene un corolario aún peor: los disturbios, los saqueos y las violaciones son atribuibles únicamente a unas canciones o a la arenga de una banda de moda, y no a las responsabilidades individuales quienes los cometen. Tal lógica fue la que se empleó en los 70, cuando se desplazaban las causas de la violencia urbana a las películas o a la televisión. Este nivel de mensaje destila un documental de 2021 sobre un hecho de 1999, lo que lo hace más peligroso y nefasto todavía.

 

 

 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

Guion, dirección: Garrett Price. Producción: Adam Gibbs, Sean Keegan. Montaje: Garret Price, Avner Shilolah. Duración: 110 minutos.

 

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