A Sala Llena

Val

Inesperada galvanización de una intimidad que ha sido reservada durante cuarenta años estrictamente al orbe cerrado del hogar y la familia, monumental operación de introspección personal y profesional a cielo abierto, ejercicio de vanidad en primera persona orquestada por terceras personas, Val no abre la puerta a nuevos caminos del género, por supuesto, pero la visceralidad de su intimismo, que no reserva muchísimas imágenes donde Kilmer se comporta por lo menos como un idiota (un “jackass”, dirían allá), la honestidad de su propuesta, el desagrado de oír el silbido de su tráquea mientras escuchamos su voz narradora, la monumentalidad de su archivo personal, cosechado con videocámaras sucesivas a lo largo de cuatro décadas de trabajo como actor de cine, la persistente fuerza centrípeta del montaje, que vuelve y vuelve sobre el rostro multitemporal de Kilmer, todos estos aspectos rescatan a Val de una posible condena al territorio yermo de las biografías documentadas, que documentan, sí, pero no siempre son documentales. 

Claro que Bill Morrison lo hubiera hecho de otra forma, pero no viene al caso. El cine, para su acceso al goce irrestricto en las ligas del entretenimiento, no siempre es CINE y adopta, como Drácula, formas múltiples para trasladarse de un lado a otro y esto es entretenimiento. Aunque un entretenimiento, aclaremos, con casi la misma carga emotiva de ejercicios de lo no real en primera persona virtuosos como Tarnation (2006). El material de archivo que orquesta esta película, puntuado con escenas entre patéticas y emocionantes, junto a pequeños interludios de rodaje actual, casi siempre lúdicos, que muestran una faceta de Kilmer que desconocíamos, la de bromista constante y payasesco, lo que contrasta con su fama de actor difícil, que compramos todos como unos imbéciles, el material de archivo, decía, responde en gran medida a una cantera audiovisual VIP de backstages de luxe repleta de momentos que pertenecían a la historia del cine y que ahora, por prepotente y bienvenida entrada ocular, pertenecen a todos, y en ellas aparecen –por ejemplo, y qué ejemplo– un momento que debería considerarse sacrosanto para los anales del laicismo cinéfilo planetario: Marlon Brando haciendo fiaca en una hamaca paraguaya durante el rodaje de La isla del Dr. Moreau, el legendario fracaso de la adaptación maldita de la novela de Wells de los noventas. Kilmer se acerca y lo filma mientras se ríe con camaradería; Brando le devuelve una sonrisa y le pide que lo hamaque, cual Nerón recostado sobre una montaña de uvas a su sirviente. Kilmer, uno de los apóstoles contemporáneos del Actor’s Studio más populares, se acerca y hamaca al semidiós “methodista” por antonomasia porque no se le puede decir que no a la máxima estrella surgida de aquella escuela de actuación y mucho menos a tu máximo ídolo. 

Continuando con esta escena, lo más relevante de su presencia, a un nivel ya político, no artístico, es como desnuda la crueldad del sistema de comunicación de los estudios de Hollywood. A nuestros pies llegaron siempre los rumores de que Kilmer y Brando habían saboteado la película mediante el despliegue de una artillería de vanidad ridícula que cubrió de lava un rodaje que había nacido candente, en una situación digna de la parodia Una guerra de película (2008), la última obra maestra que dio la nueva comedia de Hollywood. Pero parece que no fue tan así la cosa. O parece que algunas aristas del caso quedaron en los cestos de papeles de los publicistas de la Meca del cine industrial y a nuestros cables de prensa llegó una versión vergonzante de tan subjetiva. O, todo hay que decirlo, a lo mejor el montaje que orquestan los directores de este trabajo posiciona el ego de Kilmer favorablemente ante la tiránica Fábrica de sueños (y pesadillas). La cosa es que ahora hay que tomar partido. Y el partido no es otro que este: hay que defender a los artistas, no a las corporaciones. Nuestro primer contacto con la mitología del cine, antes de que nos pongamos epistemológicos, son los rostros de los intérpretes. He aquí un regreso a lo primal de nuestro vínculo con el arte cinematográfico. Volvemos al rostro del actor. Y Kilmer cuenta que en el rodaje de La isla del Dr. Moreau él y Brando fueron humillados sistemáticamente, ninguneados y apartados de toda decisión creativa, lo que indignó a Brando y entristeció a Kilmer, que veía bajo suspiros de decepción cómo la posibilidad de trabajar con su tótem actoral se licuaba en el aire. El documental Val discrimina la posibilidad de un cierre objetivo del caso, pero aporta algo de entendimiento de la otra parte en juego. Como esta escena con Brando que describimos, hay decenas y decenas de otras, también con la participación de mitos vivientes. Están Sean Penn y Kevin Bacon mostrando el culo a cámara, por ejemplo. Están Tom Cruise, Rick Rossovich y el resto del reparto divirtiéndose en el rodaje de Top Gun. Está Kilmer en su rol de Mark Twain, el proyecto más personal de su vida, y lo que mide la consciencia actoral de este buscador de creaturas interiores que padeció, además de fama y gloria y dinero, ignominia, boludeo y rechazo. 

Parece que Kilmer no era difícil, era talentoso. “¿Sabés cuándo empiezan a decir que sos problemático?”, dice a cámara el gran Tom Sizemore en un descanso del rodaje de Fuego contra fuego de Michael Mann, “cuando se dan cuenta que sabés actuar”. No sé si es cierto este escupitajo de arrogancia, pero por qué delirante y psicotrópica razón habría de contradecir a Sizemore, otro diamante en bruto que no supieron pulir ante cámara, uno de los nuestros. 

Al cabo, el único director que entendió la personalidad de Val Kilmer fue Oliver Stone. Lo dejó hacer con plena libertad de acción y extirpó de su mente atormentada de actor sangrante su mejor actuación, la de Jim Morrison en The Doors, una proeza de mímesis para el cetro. Además, qué demonios, cantó la posta sobre Val: “Kilmer es un misterio dentro de un enigma dentro de un acertijo”. 

calificacion_4

 

 

 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Estados Unidos, 2021)

Dirección: Ting Poo, Leo Scott. Duración: 108 minutos.

 

Nota:

Miguel Peirotti escribió el libro “Directos al infierno. Actores malditos, crápulas varios, casos perdidos…” (próximo a ser reeditados por ASL Ediciones), en él se dedica un capítulo al actor Val Kilmer que compartimos en el siguiente LINK.

 

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