A Sala Llena

Delicias Conyugales: “El Campo” y “La Separación”

La paz está dentro de uno, nada tiene que ver con que uno viva en Palermo Hollywood o acá. Si yo estoy en Palermo Hollywood y no tengo paz, vendré acá y tampoco la voy a tener. Estoy en el campo porque es una manera de sentirme bien conmigo mismo. (Ricardo Iorio)

No parece ser coincidencia que El CampoLa Separación se estrenen el mismo día. Sin embargo, ahí están dos interesantes ejemplos acerca de la visión de la vida en pareja en dos paisajes extremos y en dos geografías completamente diferentes. ¿Qué es lo que une a las parejas hoy en día?, ¿que las separa? ¿cómo se puede tratar de mantenerlas unidas? En los años 50 el divorcio estaba mal visto.

Ahora bien. No estamos en los años ni en esas épocas y casi la mitad de los matrimonios terminan en divorcio. O sea, el cuento de hadas llegó a su fin. Con el divorcio, además, se crean intereses diversos y, en el medio, cuestiones varias como los hijos. Ya no se trata solamente de encontrar una veta existencialista acerca de los sentimientos que unen a una pareja; no se trata tampoco de poner en tela de juicio el amor, los engaños, las dudas, como sucede en el cine de Ingmar Bergman. Más bien se trata de contextualizar la relación al ritmo que debe vivir una pareja de clase media hoy en día y pensar dónde quedan las tradiciones, las costumbres, la rutina en este mundo que se mueve demasiado rápido.

Básicamente de eso tratan las dos películas, y este parece ser el desencadenante de todos los conflictos: la necesidad de que cada miembro de las parejas tenga su propio espacio.

En el film de Hernán Belón, un matrimonio relativamente joven, con una beba de pocos meses como enlace, se muda al campo para encontrar un poco de paz y poder resolver sus problemas conyugales. Él piensa que un ámbito tranquilo puede calmar el frenesí de su mujer y, a la vez, que el ambiente será ideal para que la chiquita se críe sin ninguna influencia externa y conectada con la naturaleza. Sin embargo, termina sucediendo todo lo contrario. La tranquilidad lleva a la monotonía, la monotonía, a la rutina, la rutina, a la impaciencia, y la impaciencia, a la violencia.

Por si esto fuera poco, hay en El Campo una construcción inquietante  alrededor del clima conyugal -con la frialdad del clima, los vecinos siniestros que aparecen y desaparecen-, y cuestionamientos respecto de la crianza de la niña (las antiguas tradiciones de campo contra los modernos tratamientos de ciudad) y la masculinidad del protagonista (que se siente obligado a ir de caza para demostrar su hombría). Como los factores externos interceden en el conflicto interno, en vez de apaciguarlo, lo impulsan, y esto potencia los factores por los que el matrimonio no puede funcionar desde que empieza el relato.

El Campo es una película relativamente chica pero que transmite sensaciones incómodas. Es muy buena la química que logran Leonardo Sbaraglia y Dolores Fonzi. Por otro lado, es notable el contraste entre la tranquilidad del espacio externo con la tensión latente que va in crescendo a medida que avanza el relato dentro de la casa, así como la forma en que Belón muestra, mediante juegos de mirada, la furia reprimida de la pareja.

Pasando a la película iraní, aquí el eje deja de ser la forma de mantener la relación y se pasa directamente a las consecuencias de la separación. Al igual que el film argentino, los protagonistas necesitan defender un espacio: Simin quiere irse al extranjero; Nadir se quiere quedar en Irán para cuidar a su padre. El problema es su hija preadolescente que no quiere que el matrimonio se separe y que, por lo tanto, decide quedarse con el padre, obligando a la madre a seguir viviendo en la ciudad hasta que se tome otra resolución.

Pero esto es solo un factor que termina desencadenando un drama mucho más complejo, que incluye un cuestionamiento del funcionamiento pragmático de organismos judiciales a la hora de intervenir en problemas conyugales. Al igual que en El Campo, en la película de Asghar Farhadi la comunicación es determinante para resolver los conflictos, pero acá lo que los protagonistas ocultan es mucho más profundo y dramático que una simple disputa sentimental. Nadir tiene a su padre con Alzheimer. Su ex mujer no puede cuidarlo y, por lo tanto, entre ambos (quizá como última decisión de pareja) deciden contratar a una mujer que vive afuera de la ciudad para que lo trate mientras Nadir trabaja. Sin embargo, esta mujer no solamente llega a la casa con una pequeña hija, sino también con otra en el vientre.

Un suceso desafortunado desencadena que Nadir deba despedir a Razieh, la cuidadora; esto deriva en sucesivas escenas burocráticas en las que se muestra a los personajes mientras narran su punto de vista de tal suceso y, muchas veces, utilizan la mentira para beneficio propio. A esto se le suma una buena cantidad de orgullo y temor al castigo divino que termina impidiendo que se resuelva el conflicto entre Nadir y Razieh.

La Separación en un filme muy complejo en su estructura dramática y genera tensión a partir de sucesos cotidianos universales y verosímiles.

Sin embargo, esta película iraní es también otras cosas. Es, por ejemplo, una metáfora acerca de los problemas de comunicación que tienen los países de Medio Oriente y una reflexión acerca de los conflictos que surgen a partir de la imposición de tradiciones religiosas. Incluso en algunos casos, la religión es puesta en esta película como una excusa que dan los personajes para justificar un comportamiento impulsivo. Pero también en el filme la religiosidad puede tener que ver con factores eminentemente sociales. Así es como, mientras el marido de Razieh -religioso y respetuoso del Corán- está desocupado, tiene deudas y proviene de un hogar humilde, el matrimonio conformado por Nadir y Simin (de ideología más liberal) pertenece a un contexto urbano más acomodado.

En la película la tensión se incrementa cuando el comportamiento entre ambos hombres se hace más violento y hostil. Ambos tratan de resolver los problemas con un juez de por medio, pero Hodjat, el marido de Razieh, tiene problemas de temperamento y, por lo tanto, se convierte en una amenaza para el matrimonio de clase media, prejuicios y paranoia de por medio. La hipocresía de todos los personajes es la clave para resolver tanto el conflicto central como el de Nadir y Simin.

La Separación es una obra soberbia desde todo punto de vista: su guión funciona como un mecanismo de relojería donde cada pieza es fundamental para reconstruir una historia que tiene, incluso, elementos de policial. Por otro lado, Farhadi le propone un conflicto moral al espectador, imposibilitándolo de tomar partido, ya que, por un lado, muestra las hipocresías de los personajes, pero también les permite mostrar las razones por las que están cometiendo esas faltas.

Cinematográficamente hablando, Farhadi se aparta de la estética del cine iraní que generalmente trasciende la frontera. Hay muy pocos planos fijos. De hecho, el montaje es un apoyo constante de la acción. Son dos horas de pura tensión en las que la cámara siempre está en movimiento -lo que increíblemente no le impide perder el encuadre-, ya sea siguiendo la trayectoria de un personaje o alrededor de una discusión. Dicha estética se opone por completo al cine contemplativo de Abbas Kiarostami. De hecho, a diferencia de las películas de AK, La Separación se caracteriza por sus diálogos fluidos y constantes.

Por otro lado, si bien La Separación es bastante discursiva y explicativa, el realizador también decide, sobre el final, dejar abierto los principales conflictos. Esto tiene que ver con dos factores: primero, mostrar que lo que importa no es quién gana o quién pierde, sino cómo se desarrollan las crisis de la película en sí. Segundo, dejar en evidencia, con este desenlace, que nunca va a haber una resolución satisfactoria y que, a lo sumo, es el espectador el que tendrá la última reflexión sobre el destino de los protagonistas.

Por último, viendo las conexiones que existen entre El Campo y La Separación, podemos ver cómo ambos directores comprenden que la cámara se ha creado para capturar el detalle de las expresiones de los intérpretes, para que una mirada diga más que un diálogo y para evitar sobreactuaciones (el cine estadounidense comercial ha perdido este conocimiento). También para que esas mismas actuaciones generen la tensión y empatía necesarias para atrapar al espectador y ponerlo en la cabeza de los personajes. Acaso esta es la razón por la que siempre es mucho más impresionante ver una película de estas características en cine y no en televisión.

Volviendo a ambas obras, ratifico la importancia que tiene seguir ahondando en las relaciones conyugales y romper con el sueño americano de la familia perfecta, para sostener, como dijo alguna vez Adrián Caetano (en relación al film Francia), que no siempre hay familias que se desarrollan mejor teniendo a ambos padres en un mismo espacio.

Después de todo, a pesar de los intentos de Tehmer (la hija del matrimonio) y a pesar de que Simin desea volver con Nadir, en La Separación queda claro que hay conflictos irreversibles. Y del mismo modo, no importa si el personaje de Sbaraglia cree fervientemente que el campo logrará reconciliar las diferencias básicas de ese matrimonio, la realidad finalmente le mostrará que esa pareja está condenada a la individualidad.

Ambos films hablan sobre espacios y comunicación. Cómo lo ajeno no puede sustituir lo interno y cómo el amor es otro tema…

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