A Sala Llena

El Hombre que Vendrá

El Hombre que Vendrá (L´uomo che verrá, Italia, 2009)

Dirección: Giorgio Diritti. Guión: Giorgio Diritti, Giovanni Galavotti, Tania Pedroni. Productor: Giorgio Diritti, Simone Bachini.  Elenco: Maya Sansa, Alba Rohrwacher, Eleonora Mazzoni, Claudio Casadio, Greta Zuccheri Montanari, Orfeo Orlando, Diego Pagotto, Bernardo Bolognesi, Stefano Croci, Zoello Gilli. Distribuidora: CDI Films. Duración 117 minutos


Invierno de 1943. Martina tiene ocho años, vive en la ladera del Monte Sole y es la única hija de un matrimonio agrícola pobre. Martina dejó de hablar cuando su hermano pequeño murió con solo unos días hace algunos años. Ahora su madre ha vuelto a quedarse embarazada y la niña espera a que nazca el bebé mientras la guerra se acerca cada vez más y la vida se vuelve cada vez más difícil, acorralados entre las brigadas guerrilleras del comandante Lupo y los avances de las tropas Nazis El bebé nace finalmente la noche del 28 al 29 de septiembre de 1944, casi a la misma hora en que las SS llevan a cabo una redada sin precedentes en la zona que pasará la historia como la masacre de Marzabotto.

Nada nuevo bajo las balas

“¿Es peor matar o hacer el amor?” Pregunta una de las mujeres de la casa a otra, frente a Martina, la niña protagonista, que escucha atentamente. Martina porta un rostro andrógino y anacrónico. No habla; dejó de hacerlo cuando su hermano menor murió. El mayor sonido que emite es la tos, producto de la miseria y el frío que la población está atravesando.

La pobreza y desesperación en las que están inmersos los campesinos de la Italia post fascista y a fines de la Guerra más sangrienta de la historia los obliga a recurrir a constantes rezos, aunque Lena, la madre de Martina, diga que “es la manera de trabajar lo que cambia realmente las cosas”. Y es que la resignación impera (“que me agarren y me maten, que más de una vez no me pueden matar”, dice el padre de la familia), y al mismo tiempo hay un sentido de la inmanencia que se manifiesta sin tregua (“nacimos aquí y aquí debemos vivir”, dice Lena). ¿Pero entonces es ahí también donde deben morir? No parece. Aunque se les inculca no huir del alemán sino luchar contra él, el instinto de supervivencia los llevó, sin éxito, a la huida.

Las escenas cambian rápido y los cortes son abruptos intensificando el dramatismo. Largas partes del film son cooptadas por planos en colores azulados y fríos donde el único sosiego lo aportan los exteriores con el blanco inmaculado –aunque no menos frío- de la nieve. Los planos cálidos con sol o fuego desentonan y más que calidez incrementan la desesperación del espectador. ¿Es que puede el fuego ser cálido cuando una familia en contexto de guerra discute por el uso racional del petróleo porque “vale oro”? ¿Puede la belleza del sol entre los árboles y penetrando sobre la nieve darnos luz cuando vemos a los campesinos tratando de refugiarse de bombas y ametralladoras?

Cierta distensión llega cuando Martina narra el conflicto bélico desde su punto de vista, desde una perspectiva ilusoria, y esta vez la combinación entre su voz, los primeros planos de su rostro terso, el sol entre su pelo y la música melódica puede hacernos creer, por un instante, que lo que cuenta no es verdad, que es una mera anécdota y que todo va a estar bien. Pero no. La narración era de un escrito que seguidamente será descubierto por la maestra y reprobado por la madre de Martina, aconsejada de quemar el escrito de su hija.

De pronto los alemanes irrumpen en la casa y se produce una contradicción: Martina hace su primer esbozo de sonrisa nada menos que cuando el enemigo está en casa y hace malabares. Es interesante señalar la analogía con la reciente película argentina –salvando contextos- El Hombre de al Lado, donde la hija del protagonista también permanece enmudecida durante la historia y sólo parece divertirse cuando un extraño (e invasor) le demuestra un lado creativo o jubiloso.

Estos son momentos donde la paradoja entre la alegría bajo un contexto de terror se vuelve perturbadora, al tiempo que nos demuestra que, aún en guerra, todos somos humanos. Ejemplifica la escena en que un alemán hambriento –esta vez de alimento y no de sangre- se sorprende cuando en una comida entre los campesinos también a él se le da una ración. Pero como nada es gratuito y la película no deja pasar ninguna, el soldado en cuestión deberá más tarde cavar su propia fosa -literalmente- y someterse a ser ejecutado por uno de sus compañeros.

El título de la película cobra relevancia cuando Martina –despreciada por sus compañeros de clase- escribe para uno de ellos que la consuela: “vendrá un hermano”, para luego reforzar con un “vendrán muchos”. Lo primero tiene sentido, pues su madre está a punto de dar a luz. ¿Pero qué pasa con lo otro? ¿Será que ese hermano será una especie de Mesías en medio del caos bélico? ¿Vendrán más hombres para salvarlos de la muerte o por el contrario vendrán refuerzos para los alemanes? Mientras estas y más preguntas circundan en la cabeza del espectador, la gente acude al rezo colectivo como última salida y los niños juegan a la guerra. La parodia del horror parece ser condición sine qua non de este film.

Otras vicisitudes tales como el hombre al que la familia aloja y que manifiesta su pedofilia con Martina, y las jóvenes imposibilitadas de divertirse en fiestas al ser reprimidas por su madre que las trata de prostitutas, incrementan la dureza del relato.

Las analogías con La Vida es Bella se hacen cada vez más evidentes sobre el final donde el exterminio nazi de la comunidad campesina comienza a erigirse con fuerza. La dosis de amor filantrópico hacia la humanidad que puede generar el nacimiento del niño dura poco. Lena no ha acabado de recuperarse cuando suenan aviones y bombardeos cercanos otra vez. Recursos como lluvia, truenos, gritos, rostros de niños con miedo, ancianos inválidos siendo fusilados -entre muchos otros- fueron cartas que el director se guardó hasta el final y que transformó en un compendio de bombas emocionales hacia el espectador.

“¿No se dan cuenta de que somos sólo mujeres, niños y ancianos?” le grita una mujer desgarrada a un soldado alemán. Y es que no: la guerra no hace distinciones, señora. Y aquí está esta película para narrarlo con fórmulas repetidas y escasez de variantes. El film es una acuarela de golpes bajos que no hace otra cosa que reforzar el lema bélico que Lena enunció en un pasaje: “vencerá el que quede vivo”. Y si algún campesino osa lograrlo (como hace Martina con el niño al mejor estilo Ana Frank) y volver a ver su campo, su casa y sus camas llenas de vacío, aunque cante deberá acordarse hasta su suerte que el horror también puede ocurrir en un lugar hermoso.

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