A Sala Llena

El Juego de la Fortuna, Según Rodolfo Weisskirch

No todo es deporte

Honestamente, mientras veía El Juego de la Fortuna, no podía desasociar lo que le sucede a los Athletics de Oakland, de lo que es el presente de varios clubes de fútbol locales, algunos bastante grandes a comparación, pero que viven situaciones similares.

Admito que no soy muy seguidor del baseball, y las películas sobre el tema, al igual que las que muestran proezas sobre fútbol americano, me terminan aburriendo, a menos que sean sátiras como Major Lague (que tuvo tantos títulos en español, que no vale la pena mencionarlos) con Charlie Sheen o La Pistola Desnuda.

Pero la segunda obra de ficción de Bennett Miller, está lejos de hablar sobre el heroísmo moral y más cerca del entramado financiero que rodea al deporte, en una línea parecida a lo que hizo Oliver Stone con el fútbol americano en Un Domingo Cualquiera, aunque sin una crítica tan obvia ni los arrebatos estéticos del veterano de Vietnam.

El personaje de Brad Pitt es Billy Beane, el manager del equipo. Déjese claro que el puesto es el mismo que ocupaba Carlitos Bianchi en Boca o el Enzo Francescoli en River. O sea, una persona muy allegada al club, de confianza capaz de armar los equipos e interceder en el mercado de pases, que es demasiado parecido, sino igual que el mercado de pases en el fútbol local.

Beane, alguna vez fue una gran promesa como jugador, y terminó siendo un vende humo. Culpa más de una ceguera de parte de los agentes deportivos que observaron las características físicas del jugador, sus destrezas y no tanto su juego en sí.

Pero como manager logró llevar a la final de una serie (campeonato) a un equipito  barato contra los Yanquees de Nueva York, acaso el más grande de Estados Unidos. Si bien perdió, como sucede con el fútbol local (se me viene a la mente el Huracán de Cappa en los últimos años), terminó descubriendo grandes jugadores, y por lo tanto, el resto de los equipos desmembraron a los Athletics, dejándoles los peores beisbolistas. Al no haber ganado el campeonato tampoco les alcanza el dinero para comprar grandes figuras, por lo tanto, ante tanta negativa, Beane termina contratando a un joven egresado en economía de Yale, que arma un equipo barato con jugadores que estéticamente no venden buena imagen, pero tienen un juego especial y habilidades que ellos mismos desconocen. Todo basado en estadísticas.

Juego de Fortuna es una película de números y matemáticas. Logistica. Donde lo humano pasa solamente por el carácter del personaje de Beane, su gran composición a nivel narrativo y la soberbia interpretación de Pitt, hecho a imagen y semejanza de él. El galancito ha madurado definitivamente y a los  48 años, ya guarda un gran parecido con Robert Redford en cada centímetro de sus gestos. Realmente se compenetra con el rol, lo vive, lo respira, lo entiende. Adquiere sutilezas expresivas. Muchos podría decir que Pitt busca el Oscar, pero es cierto, que no es la típica actuación ni el típico personaje oscarizable. Y mucho influye la naturalidad de su actuación.

El otro punto fuerte de la obra, es su guión, frío, seco pero fluido gracias a notables diálogos, inteligentes, verosimiles que llevan la firma de Aaron Sorkin. Posiblemente, podamos ver la fluidez de Steve Zaillian como narrador, pero las conversaciones tienen el timing y ritmo del guionista de Red Social. Un leve tono irónico, donde la crítica hacia el capitalismo dentro del deporte es sutil. No pretende tomar un primer plano.

Miller, detrás de cámara agarró una bola de fuego, que Steven Soderbergh (que solamente hace un cameo en medio del público) dejó picando. El encargo es más que satisfactorio, Miller le da un tono sobrio, rústico, cuidado, pero no pretencioso. La colaboración en la fotografía de Wally Pffister (DF de Christopher Nolan) es esencial para la creación de climas, para darle un tono barroco, pero nunca solemne a la acción. Colores verdes y marrones, crepusculares, pero sin pretensión épica inundan el film. Y lo más destacado es que hasta faltando 45 minutos, logra evadir muy bien los lugares comunes, diálogos hechos y clisés de los films deportivos. No falta, el partido decisivo filmado en cámara lenta, donde los minutos son eternos, el suspenso exagerado y la emoción forzada, pero es la única escena que hace ruido y estereotipa un poco El Juego de la Fortuna. Tampoco queda tan descolgado, pero…

Más allá de que tiene un muy buen ritmo, y sus 133 minutos no se notan, adhiero a que la primera mitad, cuando se muestra los entretelones de las compras, ventas, diálogos y conflictos internos del club son más interesantes, que cuando el film se centra en los partidos y toma a Beane como único protagonista.

Al principio, es muy interesante el abanico de personajes que aparecen, como los vejestorios que no pueden abrir la cabeza a nuevas formas de selección de jugadores y se quedan visualizando lo estético de cada uno, o el egocéntrico director técnico que compone con pocos pero brillantes momentos Phillip Seymour Hoffmann. Pero en la segunda mitad, estos desaparecen. Lo mismo pasa con la ex esposa de Beane (Wright hace apenas un cameo). Sí, me parece efectivo y justo el lugar que ocupa el personaje de la hija de Beane, y la relación con ella, tiene los minutos exactos.

El segundo personaje más importantes es de Peter Brand, compuesto soberbiamente por Jonah Hill. A pesar de que sabemos muy poco del mismo, es lo necesario para acompañar la evolución del personaje de Beane, y para ser honestos, hay un verdadero lucimiento en Hill, austero, sin los tics que lo caracterizan ni la banalidad de sus personajes en comedias adolescentes. Hill es profundo y pone el peso de su cuerpo en un personaje casi caricaturesco pero verosímil.

Definitivamente, El Juego de la Fortuna es una de las mejores obras que se hicieron sobre baseball (con algunas referencias de El Mejor con Robert Redford, dirigida por Barry Levinson), sin ser una película deportiva, lo cuál la hace más atractiva para el mercado extranjero. Brad Pitt se luce, y sin apelar a golpes bajos ni sentimentalismo, es un film frío, intelectual, pero al mismo tiempo, entretenido, profundo y humano.

De visión obligatoria para muchos equipos de primera y segunda división del fútbol argentino.

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