A Sala Llena

El Rati Horror Show, Según Carlos Federico Rey

Cine de denuncia si, no, puede ser. Hay quienes pregonan que el documental de denuncia tiene un corte televisivo, explicativo, de maestro ciruela, que poco le aporta al cine. Dicen seguramente que Errol Morris y Frederick Wiseman son genios del documental de observación, de poca o nula intervención y que la ideología fílmica de las películas del género la marca el ritmo del montaje mediante el cual se toman decisiones éticas y estéticas.

El cine de Enrique Piñeyro es el opuesto perfecto al trabajo de Morris y Wiseman. Los documentales de Piñeyro son el paroxismo de la intervención cinematográfica. No conforme con el despliegue visual de Fuerza Aérea Sociedad anónima Piñeyro dobla la apuesta y eleva hasta el cielo su megalomanía  en El Rati Horror Show donde mediante una combinación inusitada de gadgets y maquinas puestas al servicio de la narración pretende denunciar un acuerdo corrupto entre la policía y el poder judicial que permitieron que se condenara a Fernando Carrera, acusado de la muerte de dos mujeres y un niño que cruzaban por Avenida Sáenz en el barrio de Pompeya.

Resulta que Carrera es otro caso de gatillo fácil y el accidente se produjo como consecuencia del proceder policial. Carrera era inocente y la policía lo sabia, pero le “plantó el caso” para exculparse de la responsabilidad de sus agentes que provocaron el accidente por disparar apresuradamente.

Piñeyro decide mostrar las pruebas de manera bestial, sin distancias, con sus juguetes (la maquina) como puesta en escena de un caso judicial que no supo (quiso) resolver la justicia de manera correcta. El intervencionismo ante cada una de las explicaciones con sus aparatos es rematado por una ironía de Piñeyro. La estupidez canchera del director le hace perder fuerza al relato, lo termina sobrecargando, termina cruzando la línea de la revelación del documentalista de haber encontrado un elemento nuevo, ese éxtasis que te posibilita la cámara, para convertirse en una justicia nueva. Piñeyro en cada comentario sentencia y termina socavando su propia integridad de documentalista. Hace de abogado mostrándonos sus evidencias, hace de juez dictando sentencia. Piñeyro no deja lugar para que el espectador interprete y decida. Te deja la comida masticada: “es esto” te dice y no te deja un lugar para otra interpretación.

¿Cine de denuncia? Si, no, puede ser. Pero cine de denuncia con sentencia incluida, definitivamente NO.

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