A Sala Llena

Frontier

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Frontier, David Zellner, EEUU, 2001

Definir con dos películas solamente, el cine de los Zellner es imposible. La ópera prima de estos hermanos de Austin, Texas es realmente tan amateur como original. Frontier es una bizarreada, que bien podría formar parte de los primeros trabajos de Farsa. Pero por su historia y temática se acerca más a Tropical Malady o El Hombre que Podía Recordar sus Vidas Pasadas, ambas del Apichatpong Weerasethakul. Está bien, hay que salvar un poco las distancias. Frontier nunca podría competir en Cannes, pero la intervención de un pie grande jugando con un ser mítico de la selva (muy parecido al de Tropical…) es tan repentina y fortuita como el de las películas de Apichatpong.

La película está hablada en Vulvano porque proviene de Vulvania, un sitio inventado por los Zellner, que entró en una guerra nuclear, y por lo tanto sus últimos sobrevivientes buscan una frontera donde habitar. Así, dos soldados, veteranos llegan a una tierra “milagrosa” que le devuelve la capacidad de caminar a uno de ellos. El otro tiene una misión conquistadora. Mientras tanto, hay un tercer hombre, deambulando por la selva, inventando aparatos en graneros y escapando del pie grande y el ser místico (que es como Jesucristo con máscara azteca). Pero estos seres, se encargar de molestar a los Vulvanos. Les hacen bromas, les tiran huevos, bailan con ellos.

Al poco tiempo aparece la esposa de uno de los soldados y las cosas se ponen todavía más dellirantes.

Cuando uno entra en el código de completo absurdo que proponen los Zellner, Frontier se disfruta. Es ridícula, paródica, espontánea, improvisada, divertida. En el terreno surrealista y de vale todo, por el que se mueve, nada es descabellado que pase. La ironía es el arma de los hermanos. No hay coherencia narrativa, no hay hilo conductor. Los personajes pueden ir y venir eternamente, como si pertenecieran a una obra de Samuel Beckett. Más cerca de un humor inglés a lo Monty Pithon que de la comedia de Saturday Night Live, Frontier es una obra ultraindependiente que ayuda a conocer mejor a dos cineastas inclasificables.

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Primer largometraje de los hermanos Zellner. Muy al estilo Monty Python, Nathan y David crean esta historia bizarra por donde se la mire, absolutamente disparatada incluso en lo referido al país en el que transcurre y al idioma hablado por sus habitantes. Un país que no existe, Bulbovia, y un leguaje que no existe, el bulboviano. Dicho por el propio David Zellner, en el guión se habían delineado ciertas unidades semánticas que se correspondían con ciertos sintagmas fonológicos; el resto, zaraza, pura improvisación de los actores. Una hermosa bizarreada, con personajes hilarantes, entre ellos, los propios directores. Momentos épicos, como cuando uno de los personajes se coge  -literalmente- al suelo del lugar, producto de un total enamoramiento y fascinación con esta nueva tierra desconocida; una pelea entre dos de los personajes con guantes de pollos crudos; y una interacción fabulosa entre uno de los protagonistas y algunos de los habitantes del lugar: vacas. Una metáfora del colonizador vs. colonizado, del absurdo del imperialismo, reflejado en una idea tan simple como certera: “llego a tu tierra por primera vez, en la que viviste toda tu vida, la colonizo y, a partir de ese momento, soy yo quién te da permiso para vivir en ella”. Los Zellner definitivamente saben qué es el humor y cómo lograr comicidad con recursos ínfimos. Uno de los grandes hallazgos de este Bafici.

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Por Cecilia Martinez

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