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CRÍTICAS - CINE

Galasso, pensar en nacional

Cuando terminamos de ver una película y nos sentimos en estado de acción, es porque fuimos transformados. Es el caso de Galasso, pensar en nacional, de Federico Sosa.

El film comienza con la impresión de un libro del historiador y pensador nacional Norberto Galasso. Inmediatamente oímos su voz, que deja en claro la tesis de lo que va a venir: no existe en nuestro país el binomio “civilización y barbarie”, sino un constante enfrentamiento entre los pueblos contra los poderes y los intelectuales influenciados por esos poderes. Comienza así un viaje particular. No se trata de una biografía de Norberto Galasso, sino de algo mucho mejor.

Sosa nos lleva por un camino cinematográfico a través de las ideas de aquellos intelectuales que conformaron el pensamiento de su protagonista. Una especie de mirada sobre varias miradas, que constituyen un hilo de juicios para encontrar de qué se trata el pensamiento nacional. El director toma una decisión narrativa y, como en toda buena narración, para nada aleatoria. Nos permite asistir a las reflexiones de un historiador que piensa la historia a partir de los que la escriben. Y lo hacemos de manera privada, en su estudio. Entre pilas de libros y notas, Sosa construye un aleph del pensamiento nacional. Desde allí vamos a pasar por Mariano Moreno, Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, John William Cooke y J.J. Hernández Arregui.

Los mínimos datos que podrían tildarse de biográficos son trampolines para abordar a aquellos pensadores que forjaron el pensar de Galasso, quien comienza contando que, siendo un niño de la primera mitad del siglo XX, debió recurrir a los inicios del país para empezar a comprenderlo. Viajó a 1810 y llegó al Plan de Operaciones de Mariano Moreno, para descubrir que ya planteaba: “la fortuna agigantada en pocas manos, es como el agua estancada, se pudre y para que no se pudra tiene que distribuirse a toda la sociedad para que exista un crecimiento de todos los países”.

Siguiendo el camino del pensamiento nacional, Galasso llega a Raúl Scalabrini Ortiz y la economía… extranjerizada. Su historia de los ferrocarriles, que define como una publicación heroica, se convierte gracias al relato en inspiración para una charla que Galasso da a un grupo de jóvenes. Los trenes británicos y el saqueo de aquellos años previos a 1945 se convierten en un paralelo con el presente que describe ahora. Y viendo a Galasso hablarle a esos jóvenes, nos preguntamos si es que importa cuándo sucede el film, si es que es necesario establecer un presente, o si no se trata de una batalla constante, desde los tiempos de la colonia hasta hoy, o mañana. Galasso intenta despertar a sus interlocutores, a los que ve frente a él, y Sosa lo hace con los que estamos al otro lado de la pantalla. Lo hace también pensando y despertando él. 

Llegamos a Arturo Jauretche, ese que se definía como “un nacional, no un nacionalista”, y sus metáforas populares. Galasso cuenta una anécdota en la cual, con más de 70 años, Jauretche se caga a trompadas con un tipo que maltrató a un pibe lustrabotas. Al llegar a la casa, la mujer lo ve lastimado y le pregunta por qué se mete en esas historias. Y él responde: “Yo no puedo soportar las injusticias”. Ese “tipo ya mayor”, como define a Jauretche Galasso, es narrado en simetría por Sosa con su protagonista hablándole a más jóvenes. “Vamos a ponernos en la realidad que vivimos”, propone Galasso, haciendo que la historia esté al servicio del presente, porque “el socialismo viene, pero tarda en llegar”. Sosa nos señala un descubrimiento de su protagonista aquí, porque el hombre que pasó la vida estudiando el pensamiento nacional, se sorprende al descubrir que la juventud contemporánea a su vejez se conecta con los pensamientos de John William Cooke. Puede entonces pensar una línea directa entre los muchachos de su presente y aquel rebelde que pasó de ser el legislador más joven del país a ser nombrado por Perón desde el exilio, luego del golpe de Estado de 1955, como “único jefe de las fuerzas peronistas en el país y en el extranjero”. Pero ni Galasso ni Sosa se quedan en la anécdota, sino que incitan al interlocutor y al espectador, al citar una carta de Cooke en la que le escribe a Perón: “Cuando usted muera, ¿qué significará ser peronista?”. Instalan aquí el principio de llamada a la acción. Nos empezamos a preguntar qué vamos a hacer con toda esta información. ¿Es solamente el pasado que se mira y no se toca? ¿Es una advertencia? ¿Es un espejo?

Si en ese momento nos detuviéramos a pensar aún más, nos preguntaríamos si lo que está sucediendo no es justamente el fin último del cine: llevarnos de viaje por una puesta en escena de imágenes y acciones (porque las palabras en el verdadero cine son acciones) para arribar a una inevitable emoción. Pero eso que sentimos, ese fuego transformador, Sosa lo convierte en la plataforma para que Galasso exponga a su último alter ego: J.J. Hernández Arregui. Nos sacude con esta cita: 

“El silencio de los intelectuales se llama traición al país. En un país colonizado, la labor del escritor es militancia política”. J.J. Hernández Arregui. 

Inmediatamente después, Sosa nos deja una clave para pensar su film. Galasso cuenta que de joven iba a una biblioteca donde se encontraban a charlar Jorge Abelardo Ramos, Jauretche y Hernández Arregui. Sin permiso, escucha a esos intelectuales como nosotros lo escuchamos ahora a él. La narración no ha hecho hasta aquí otra cosa que construirnos la evocación de cómo Galasso arriba al libro que definirá la mirada definitiva para el pensamiento nacional. 

No se hallarán en estas líneas la descripción ni la reflexión sobre esa evocación, para eso es preciso ver el film.
La película pasa desde la Revolución de Mayo hasta un presente reciente. Y no pasado reciente, porque el film se encarga de llevarnos a pensar la historia desde un presente constante, nos ayuda a ver dónde estuvimos y dónde estamos parados. Estamos en Argentina, geográfica y políticamente, pero también de manera (en una línea) temporal. 

El presente de la película es, en definitiva, más que una fracción de tiempo; es un espacio de reflexión, un estado de pensamiento crítico constante, que hila los nudos e ideas a lo largo de nuestra historia, para visibilizar las permanentes fuerzas en conflicto. Por un lado, siempre las fuerzas foráneas y sus socios internos empecinados en saquear hasta el último recurso. Por otro lado, las fuerzas populares, con sus ideas y acciones. Galasso no se queda en una descripción maniquea, nos invita a que señalemos con la misma tenacidad a saqueadores como a propios escapistas o desorientados, que en definitiva producen lo mismo. 

Ambos Galasso -el pensador y el film- nos invitan en definitiva a la autocrítica, a evaluarnos en función de nuestra historia, de nuestros conflictos, de todos los presentes que hemos vivido. Y esos presentes se parecen mucho, desde la época de la colonia antes de 1810 hasta la actual (la época actual, la colonia actual). Galasso, entonces, nos brinda herramientas para la liberación (que no es igual a la palabra libertad) para que seamos nosotros mismos los que al terminar de ver el film, decidamos qué hacer con ellas. Entonces, Federico Sosa nos avisa que ser espectadores de una película no es una posición pasiva, nos da una responsabilidad, la acción está en nuestras manos.

(Argentina, 2022)

Guion y dirección: Federico Sosa. Producción: Estela Roberta Sánchez, Federico Sosa. Distribuidora: Independiente. Duración: 83 minutos.

2 comentarios en “Galasso, pensar en nacional”

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