A Sala Llena

Gracias por Compartir (Thanks for Sharing)

(Estados Unidos, 2012)

Dirección: Stuart Blumberg. Guión: Stuart Blumberg y Matt Winston. Elenco: Mark Ruffalo, Tim Robbins, Gwyneth Paltrow, Josh Gad, Joely Richardson, Patrick Fugit. Producción: Miranda de Pencier, David Koplan, Leslie Urdang y Dean Vanech. Distribuidora: Distribution Company. Duración: 112 minutos.

El fetiche por la caricatura.

En lo que respecta a las “comedias para infradotados”, Hollywood indudablemente ha tenido mucho para ofrecer a lo largo de las últimas décadas: en esencia hablamos de un subgénero que demostró ser muy redituable en taquilla y que por lo general se basa en premisas ingenuas, una estructura súper previsible, un inconformismo de cotillón, lenguaje soez, referencias escatológicas y un elenco de apellidos más o menos atrayentes para el espectador promedio de estos engendros. Podemos esbozar una tipología bien escueta que abarca las comedias estudiantiles, las románticas, las centradas en “bromances”, las de “superación personal” y las parodias de films y/ o cosmovisiones de determinada índole.

Cabe señalar que en el contexto actual quedaron en desuso la comedia de situaciones y la sustentada en gags, cuyas matrices pasaron a engrosar el catálogo de estas bazofias prototípicas. La mediocre Gracias por Compartir (Thanks for Sharing, 2012) nos ofrece la oportunidad de explicitar algunos rasgos de una mixtura “de moda” desde hace un buen tiempo, la que utiliza a la susodicha farsa de “superación personal” como armazón básico sobre el cual ir adicionando a posteriori elementos varios de la comedia sofisticada, los melodramas cínicos y los “bromances” más idiotas. Recordemos el cúmulo de basura que le debemos al palurdo de Judd Apatow, de quien por suerte no llegó a estrenarse demasiado.

La historia presenta en paralelo el devenir de tres hombres que forman parte de un grupo de apoyo para sobrellevar una adicción al sexo considerada un chiste de por sí: Adam (Mark Ruffalo) es el “carilindo” que inicia una relación con Phoebe (Gwyneth Paltrow), sin comentarle de su aflicción, Mike (Tim Robbins) es su mentor ocasional, un veterano malhablado con un vínculo traumático con su hijo, y Neil (Josh Gad) es un gordito socarrón que no puede controlar sus “inclinaciones”, léase el frotarse esporádicamente contra alguna que otra señorita. Resulta patético que el personaje más interesante sea Danny (Patrick Fugit), el hijo drogodependiente de Mike y único bípedo multidimensional de la película.

Prácticamente en la vereda opuesta de Asfixia (Choke, 2008), Shame (2011), Entre sus Manos (Don Jon, 2013) y la reciente Nymphomaniac (2013), todas obras maravillosas y similares a nivel temático, Gracias por Compartir nunca va más allá del retrato estéril de un padecimiento que a los ejecutivos de los estudios norteamericanos parece sacarles sonrisitas nerviosas. La necedad infantiloide, un elenco desperdiciado y la ausencia de novedades significativas se mezclan en una trama que sólo llegando al desenlace alcanza un atisbo de redención para luego volver al verosímil inerte de siempre. Hollywood continúa con su fetiche por la caricatura, aquí estirada a dos horas que se sienten en verdad eternas…

calificacion_1

Por Emiliano Fernández

 

Un método peligroso.

Stuart Blumberg toma tres historias vinculadas entre sí como punto de partida de su ópera prima. La de Adam (Mark Ruffalo), Neil (Josh Gad) y Mike (Tim Robbins), todas atravesadas por las compulsiones sexuales sufridas por los tres personajes, que asisten a las mismas reuniones de sexoadictos y son “padrinos” unos de otros, ayudándose mutuamente a continuar la lucha diaria contra su enfermedad. Una lucha que parece de nunca acabar, porque para ir superándose a sí mismos deben abstenerse de todo, hasta de masturbarse. Pero el verdadero eje de la película no es la adicción -que podría ser al sexo o cualquier otra cosa- sino la superación personal y el grupo de personas que sirven de sostén durante el arduo proceso. Una suerte de comunidad que está dispuesta a responder llamadas de ayuda a cualquier hora del día, siempre listos para dejar todo y salir corriendo a evitar que algún personaje tenga sexo.

Los de Gracias por Compartir son seres atormentados por adicciones de las que no pueden recuperarse del todo. Personajes que tocan fondo, que viven al borde de la recaída, que reinciden, mienten, tienen prohibido el acceso a internet o a un televisor y no pueden viajar en subte. Entonces, el sexo se convierte en un problema y ya no existe ni la sana diversión para estos pobres personajes. Por lo tanto, no hay normalidad posible para ellos. Son hombres enfermos tanto cuando recaen como cuando no.

Así, la película se torna -al igual que sus personajes- un poco inestable e impredecible, oscilando entre la falta de definición en cuanto al tono y la disparidad de las actuaciones. A pesar de estar siempre muy por encima del resto, Gwyneth Paltrow no parece encajar del todo en ese universo. Junto con los problemas de tono y de actuación, surgen los de guión y dirección con escenas melodramáticas que bordean la inverosimilitud e incluso parecen forzadas para encajar con las situaciones requeridas por el guión, lo que hace que estemos todo el tiempo conscientes de los mecanismos de la fórmula y no podamos empatizar con ningún personaje. En parte, porque además son seres que pueden cambiar sus actitudes de un minuto a otro y realizar acciones que jamás hubiésemos imaginado que harían hasta ese momento. Incluso la película se encarga de impedir que logremos -si se quiere- comprenderlos o compadecerlos, porque nunca ahonda en lo que lleva a esos personajes a contraer sus adicciones.

El cine mainstream hollywoodense se ha encargado de demonizar últimamente el hecho de llevar una vida sexual activa normal dentro de una sociedad, con ejemplos que van desde Shame hasta Entre sus Manos. La libertad sexual es vista como algo peligroso, hasta el punto en que cualquier personaje que lleve una vida sexual libre es un adicto al sexo o tiene un problema. Lamentablemente, la ópera prima de Blumberg no se distancia de estos ejemplos y termina siendo no más que un muestrario de diversas adicciones y formas de lidiar con ellas, rociadas de un puritanismo aleccionador patológico.

calificacion_2

Por Elena Marina D’Aquila

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