A Sala Llena

Halloween: La noche final (Halloween Ends)

Come on, baby

(and she had no fear)
And she ran to him

(then they started to fly)
They looked backward and said goodbye

(she had become like they are)

 

¿QUIÉN ES LA MÁSCARA?

La escritura de una película es difícil pero -como yo lo veo- escribir cualquier nueva iteración de una franquicia con más de veinte años de historia debe ser directamente imposible: ¿cómo soportar la presión de una horda de fanáticos, de una productora preocupada por preservar la rentabilidad de la marca, de la propia autoexigencia (especialmente, si uno admira la susodicha propiedad)? A todas estas presiones, internas y externas, se suma una tremenda dificultad: la existencia de secuelas, reboots y continuaciones selectivas frente a las cuales, inevitablemente, nuestras ideas serán comparadas. Dos opciones quedan: resignar toda pretensión de originalidad y entregarse a la inútil tarea de intentar calcar un original -algo que salió bien no sólo gracias al talento de sus creativos sino a la existencia de un contexto muy específico y determinado-, o procurar extraerle agua a las rocas aun a costa del error, la reprobación y el ridículo.

En esta flamante trilogía de Halloween dirigida por David Gordon Greene podemos encontrar un poco de las dos cosas: desde el homenaje reverente de Halloween de 2018 -que inició una manía insoportable y confusa de bautizar estas tardías secuelas con el mismo nombre que la original-, copiando casi beat por beat la estructura dramática del clásico de Carpenter, hasta el intento de arrojar una reflexión de índole más contemporánea sobre el trauma de una comunidad en Halloween Kills, película de estupidez tan insondable como la maldad de Michael Myers. En Halloween: La noche final conviven, felizmente, ambos mundos: por un lado, el afecto (más que la reverencia) por la original y por todo el corpus de John Carpenter; por el otro, la propuesta de nuevas ideas, personajes y situaciones que alimentan y expanden las mismas nociones que hicieron a Michael Myers uno de los máximos íconos del género de horror. 

Si el entusiasmo de Gordon Green y sus (¡tres!) co-guionistas con el material resulta palpable a pesar de las torpezas, inconsistencias y (muchos) subrayados, cabe preguntarse si no hay, en esta empresa, algo de soberbia. ¿Por qué un director que se manifiesta como admirador de la obra de Carpenter necesitaría tres películas, cuando el maestro apenas necesitó una? Y más allá de ser una estrategia de venta (que cada tanto debe encontrar alguna manera de presentarnos lo habitual como algo nuevo), ¿no es pretender demasiado para un director que bautizó a su Halloween igual que la original, arrogarse ahora la capacidad de darle fin? De alguna manera, Halloween: La noche final  responde a esa pregunta. Y se la puede pensar (también a la trilogía completa) como un gran detour, un rodeo en el cual Gordon Green y sus (¡tres!) guionistas recogen las migas de pan de lo aprendido por el camino y logran una película de Halloween extrañamente íntima, intermitentemente fallida, llena de corazón, que consolida su identidad en la certeza de que nunca podrá alcanzar a John Carpenter y se encuentra a sí misma cuando decide dejar de hacerlo.

La trama encuentra a Laurie Strode (Jamie Lee Curtis, indestructible y decidida a insuflarle dignidad a cada uno de sus planos a puro carisma y oficio) todavía viviendo en Haddonfield en compañía de su nieta Allyson (Andi Matichak). Si bien Laurie ha logrado superar su reencuentro con Michael Myers, su desaparición todavía la preocupa. No es el único fantasma que la acosa: también está el estigma de una parte de la comunidad de Haddonfield, gente mezquina y prejuiciosa que la culpa por el persistente vínculo que la une con el asesino. Laurie y Allyson no son las únicas habitante de Haddonfield que sufren el rechazo de la comunidad: en su camino se cruza Corey (Rohan Campbell), un joven con dificultades para socializar que fue culpado por la muerte accidental de un niño durante -lo habrán adivinado- la noche de Halloween. Allyson encuentra en el tímido Corey la posibilidad de un amor y de un futuro diferente, pero Laurie -quien al principio alienta el vínculo- pronto empezará a desconfiar cuando comprende algo fundamental: no todos pueden contemplar el rostro de la oscuridad y salir buenos. Y en Haddonfield la oscuridad tiene una cara -mejor dicho, una máscara- muy concreta.

Un elemento que posiblemente logre alienar al espectador que consume este tipo de películas por sus componentes más elementales (asesinatos cruentos en orden creciente de originalidad, sustos efectistas, estereotipos de personajes desagradables que podemos odiar con la certeza de que pronto veremos morir) es que Halloween: La noche final es, a lo largo de un tramo muy largo de su extensión, una soap opera. Y una muy buena, más deudora incluso de Twin Peaks que de la película de Carpenter. Los elementos están ahí: el pueblo aparentemente idílico infectado de violencia y deseoso de chivos expiatorios; el mal absoluto en estado latente, no tan poderoso por su poder individual sino por su capacidad de corromper; el amor como una aspiración imposible de concretar, una emoción pura cuya constante es la frustración y el desengaño.

Quizás Halloween: La noche final, que respira notablemente bien como obra individual y nos hace preguntarnos por qué necesitábamos dos películas antes de llegar a este punto, es la única secuela que David Gordon Green necesitaba hacer. Es la primera en la cual parece acercarse a Carpenter de una manera que luce más orgánica, menos programada, y aun así consigue apelar al imaginario contemporáneo. Cada una de las secuelas de Gordon Green parece responder a un diagnóstico del estado del mundo: Halloween de 2018 era un intento (un poco forzado) de vincular la historia de Laurie con el #MeToo; Halloween Kills procuraba advertir sobre los peligros de la irracionalidad colectiva; Halloween: La noche final  podría leerse como la historia de origen de un incel, una advertencia sobre cómo la crueldad de una comunidad enajenada por el daño engendra siempre más daño. No ha sido una empresa desdeñable: ha sido intentar hacer lo que todo gran relato de horror hace, tomar las ansiedades contemporáneas y verterlas en un recipiente conocido para obtener un nuevo sentido. El problema es que lo que para Carpenter era intuitivo acá resulta pensado, masticado. ¿Y qué nos hace perder el miedo, sino aquello que podemos racionalizar?

En este punto, Gordon Green acomete la mejor decisión posible: se asume como un imitador y se desenmascara (de manera bastante literal) a sí mismo para devolverle a Michael Myers su potencia simbólica, aquella que no proviene de su cuerpo aparentemente indestructible (el rumbo equivocado por Halloween Kills) sino de su persistencia en nuestro imaginario (más concretamente, en nuestras pesadillas). Regresa a la idea que vuelve a Michael Myers tan terrorífico: la idea de un recipiente vacío, un agujero negro donde cabe todo el mal del mundo. Y en ello, convierte a Halloween: La noche final  en una película de genuino terror sobre la proliferación del mal.

Es irónico que una trilogía que presumió tanto de traer de vuelta a algunos de sus nombres fundadores (a Jamie Lee Curtis, a John Carpenter, pero también a Nick Castle, el primer actor en ponerse la máscara de Michael Myers) concluya con que su elemento más icónico es algo más irreductible que cualquier hombre. Que siempre habrá Michael Myers mientras alguien quiera ponerse su máscara, aquel rostro que nos permite renunciar -en su inexpresividad- a todo aquello que nos hace humanos.

Dirección: David Gordon Green. Guion: Paul Brad Logan, Chris Bernier, David Gordon Green, Danny McBride. Elenco: Jamie Lee Curtis, Andi Matichak, Rohan Campbell, Will Patton, Kyle Richards, James Jude Courtney, Nick Castle. Producción: Jason Blum, Malek Akkad, Bill Block. Distribuidora: UIP. Duración: 111 minutos.

 

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