A Sala Llena

Las Aventuras de Tintín, según Rodolfo Weisskirch

Querido Hergé

Cuando tenía 10 u 11 años me acerqué a tu personaje más emblemático a través de una serie animada francesa, que la cadena HBO emitía periódicamente cuando todavía no había que pagar un peso de más para disfrutar su programación. Habré visto 3 o 4 episodios, los suficientes para encantarme con la adrenalina, el misterio y la diversión de este joven personaje, que junto a su perro resolvían crímenes. Algo de Sherlock Holmes, Hércules Poirot y el espíritu de los seriales de los años ’30 en los que se inspiró Steven Spielberg a la hora de crear Indiana Jones.

Durante la adolescencia, el alcohol y ciertas (ir)responsabilidades borraron de mi memoria esa grata satisfacción que significaba disfrutar de las aventuras de Tintín. Seguramente el Capitán Haddock me sabría comprender.

Varios años después, en mi segundo Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, me encontré con el documental danés, Tintín et moi, de Anders Ostergaard, donde pude conocer la historia del creador detrás del personaje, o sea, vos. Nuevamente, volví a interesarme y recordé aquellas magníficas historias que había visto de chico.

Faltaba la adaptación cinematográfica. No me sorprendió en absoluto, que Steven Spielberg, encabezará el proyecto. Era la única persona adecuada. Y si a eso le sumamos a Peter Jackson, que venía de adaptar exitosamente El Señor de los Anillos, y había logrado un más que digno entretenimiento con la subvalorada King Kong, bueno, estábamos ante un producto interesante. Además se sumaban al proyecto en calidad de guionistas, los británicos Steve Moffat, que venía de adaptar para televisión dos clásicos como Doctor Who y Sherlock Holmes en tiempos modernos, y Edgar Wright, uno de los directores más creativos de los últimos tiempos (Arma Fatal, Scott Pilgrim, Muertos de Risa).

Por supuesto, Spielberg no iba a filmar un dibujo animado tradicional, y hacerlo con actores de carne y hueso era una falta de respeto a tu obra, así que optaron por realizarla en Caption Motion, lo que posibilita captar los movimientos de los actores, y después trasladarlo a la animación digital. Como ya estamos en la Era 3D, desde su origen, el proyecto fue pensado en este formato. Lo único que faltaba ahora, era estrenarlo.

Tintín es un joven periodistas apasionado por los misterios y la aventura. Un día compra la maqueta de un barco del Siglo XVIII llamado Unicornio. Enseguida se ve envuelto en una trama de espionaje, donde un excéntrico empresario llamado Sakharine va a tratar de apoderarse de la maqueta buscando la verdadera ubicación del Unicornio. Para eso necesita la ayuda del Capitán Haddock, cuya borrachera constante impide que ubique exactamente al barco. Tintin y Haddock se hacen amigos para tratar de imperdir que Sakharine encuentre el Unicornio.

El resultado es absolutamente soberbio. Algún fan de Tintín, quizás se enoje porque la adaptación no proviene de El Secreto del Unicornio en sí, sino de tres libros juntos. Se mezclan personajes, aparecen nuevos, pero todo conforma un producto único, que aquel que no está tan familiarizado con tu obra original sabrá perdonar (e imagino que vos también) gracias a la magia y sabiduría para narrar que tiene Steven Spielberg.

El Secreto… contiene la adrenalina y misterio de Indiana Jones, varios guiños a Tiburón, pero sobre todo esa energía, misticismo, fluidez de las obras del director de Jurassic Park. Quizás no aparecen los temas más profundos que suele intercalar en su filmografía: la infancia perdida, la madurez, la familia separada. Hay algo, pero muy difuminado. Acá lo que importa es la historia y sus personajes. La relación entre Haddock y Tintin es fascinante. Una amistad paternal, que recuerda bastante a la relación entre Indy y su padre en La Última Cruzada. Visualmente, el director respeta los puntos de vista que suele dar a sus películas. Esta vez, los ojos de niño son reemplazados por el perro de Tintin, Milú, que por momentos roba la pantalla. No faltan los planos bajos y angulaciones donde se ve un personaje en primer plano y fondos iluminados por un contraluz detrás.

Si bien la primera mitad es un poco lenta, es porque el personaje de Tintin, en sí no es tan atractivo como Haddock. Esto se debe un poco porque Jamie Bell no es creíble en su piel ni tiene tanta vida como Andy Serkis, ya experimentado con el Caption Motion. Viene de darle vida a Kong y Cesar en la nueva de El Planeta de los Simios. El resto de los intérpretes no son tan reconocibles como Serkis (posiblemente Simon Pegg y Nick Frost como Thomson y Thompson aportan su grano de arena, al igual que Toby Jones como Silk, el carterista). A partir de que Haddock toma protagonismo, comienza la aventura. Y no para. Mares, desiertos, las calles de Marruecos que remiten a Los Cazadores del Arca Perdida. Y además, piratas… que maravilla. Que regreso a la niñez.

Posiblemente el villano no tiene tanta fuerza. Daniel Craig está irreconocible, pero que importa, si la narración fluye, si la aventura vive, y si el gran Steven Spielberg está de regreso. Nada de extraterrestres o heladeras voladoras. Esto es el verdadero serial de los ’30. Indiana Jones pertenece a un museo. Tintín es el futuro.

John Williams recrea la banda sonora de Atrápame si Puedes, con títulos similares incluso. Jazz, piano, trompetas y violines, con una secuencia de presentación ejemplar. Siluetas, trabajo de fondo y personaje destacado, y divertido al mejor estilo Fritz Freleng. También es muy destacada la forma que Spielberg tiene de presentar al protagonista.

Humor y aventura, con la marca registrada de filmar de Spielberg e incluso una libertad creativa maravillosa, donde el director aprovecha el formato animado y tridimensional para crear planos secuencia imposibles de realizar con actores de carne y hueso. La animación es meticulosa. Cada gesto, cada textura es palpable, casi real, pero sin perder la perspectiva y formas de tu creación.

Por eso, Hergé, creo que a pesar de las libertades literarias, Las Aventuras de Tintín es una gran película. Un entretenimiento puro, narrado con pulso firme, por el sinónimo de la aventura, Steven Spielberg.

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