A Sala Llena

Los Abrazos Rotos, según Rodolfo Weisskirch

Ciertos directores no necesitan presentación, ni una mínima descripción acerca de que trata su cine. 30 años de trayectoria y 18 películas en su haber avalan al manchego, Pedro Almodóvar como uno de los más importantes, personales e influyentes realizadores de los últimos tiempos, y el más controvertido y provocativo y poderoso del cine español.

Su estética kitch, humor sexual, cinefilia, y dirección de actores son reconocidos como únicos, o en todo caso, plagiados en todas partes del mundo.

Además de ser un catalizador de actores españoles, que a esta altura no hace falta nombrar.

Pero volvamos a lo que hizo a Almodóvar lo que es hoy: las películas. Los Abrazos Rotos es un extraño híbrido que se nutre de lo mejor y lo peor de su filmografía, una mixtura de géneros (drama, thriller, comedia negra, road movie, película dentro de otra película) pero que tiene un impulso irreprochable: los juegos que hace el director con su propia fama, y la de su musa inspiradora de la actualidad: Penélope Cruz.

Narrada como un film noir del Hollywood dorado de fines de los años ’40 (voz en off incluida), y principios de los ’50, como La Condesa Descalza de Mankiewickz o Imitación a la Vida de Sirk, con algunos elementos de los melodramas italianos de Roberto Rosselini y Visconti, y como siempre influencias de Fassbinder, la película propone un rompecabezas. Para eso, hace uso y abuso de tramas como la de El Cartero Llama Dos Veces. Los deseos reprimidos, el amor pasional y prohibido, el sexo desenfrenado. Drogas y homosexualidad latente no pueden faltar en las películas del director tampoco.

Lo interesente es que Almodóvar usa el triangulo (Mateo – Lena – Ernesto) amoroso como metáfora y critica acerca del dominio de las empresas en la industria del cine, los conflictos personales y amorosos toman las decisiones estéticas. Clásico como en El Ciudadano, Charles Kane terminando la nota de Jeremiah Leland. Asimismo, la ceguera funciona como metáfora, tal cual hizo Woody Allen en La Mirada de los Otros: no se necesita ser vidente para terminar una buena película.

Personalidades cruzadas, dobles, apariencias engañosas y seudónimos, simbolismos visuales y narrativos, que enriquecen aún más esta trama. Durante una hora y media, Almodóvar mantiene la tensión, a pura sobredosis de cinefilia. Por momentos corta con el melodrama romántico y trágico que podría derivar en un culebrón de las cinco de la tarde, con inserciones de personajes y escenas, que pertenecen al cine de finales de los ochenta y principios de su filmografía: una forma de autohomenaje (bajo la identidad Mateo Blanco/Harry Caine en la ficción), guiños a los seguidores incondicionales.

Aun cuando no intenta ser una película autobiográfica o muy personal como lo fueron quizás La Mala Educación, Todo Sobre mi Madre o Volver, no se puede negar que hay mucho de Mateo Blanco en Almodóvar y viceversa.

Como es costumbre, la estética, el cuidado de cada plano, los decorados, la elección de colores fuertes y primarios, como rojos, amarillos y azules furiosos no pasan inadvertidos. Tampoco las llamativas pinturas de armas que pertenecen al pop art, y que recuerda por momentos a las películas más desquiciadas del director como Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios o Kika. Si bien, su director de fotografía usual, el veterano Alfredo Mayo, fue reemplazado en esta ocasión por el mexicano Rodrigo Prieto (colaborador habitual de Iñarritú, Oliver Stone y Ang Lee), cada cuadro es perfecto y moldeado meticulosamente, donde colabora el diseñador de arte Antxon Gómez. La música de Alberto Iglesias, como es habitual, también es una pieza fundamental de los climas oscuros, que crea su director en cada escenario.

Por otro lado, el elenco es excepcional: Homar, Gómez y Portillo brillan. Mientras que al mejor estilo Rosselini con Ingrid Bergman, Stemberg con Marlene Dietrich o Hitchcock con Grace Kelly, el director logra que Penélope Cruz sea capaz de seducir al hombre más resistente, de conmover al más frío, de enamorar y emocionar al público con una actuación física y psicológica que la lleva por diferentes niveles, ya sea como una simple oficinista, una diva, la amante de un magnate o el personaje que interpreta dentro de la película de Mateo Blanco (Chicas y Maletas, si existiera sería imposible desasociar el título con Almodóvar), una joven simple, que escapa de un novio y su hermana loca (Cameo de Rossi De Palma, una de las tantas apariciones de ex chicas Almodóvar en pequeños papeles). Por esta montaña rusa de emociones, Cruz sale indemne y no hay duda que es una de las mejores actuaciones de su carrera.

Pero en medio de tanto remolino —desenfreno, pasión y deseo—, Pedro descuida un poco la narración de tiempo actual y la última media hora, decae un poco en ritmo e interés, volviendo a la película demasiado explicativa, discursiva, obvia, y algo cursi. Es interesante que una revelación clave, aunque previsible, la resuelva de una manera tan cotidiana y banal contrastando con el resto de la película, que es pretenciosa, solemne y exquisita. En cierta manera, Almodóvar, se toma en sátira los últimos momentos de la película, lo que provoca cierta desorientación con la potencia de sensaciones dramáticas que nos hizo vivir desde los primeros 5 minutos. Inclusive hay algunas subtramas y personajes que son simplificadas. Además, que funciona mejor la historia narrada en 1994 que en la actualidad.

Aun así, se hace difícil, resistirse a ver Los Abrazos Rotos, a quererla, a reír y llorar con ella, como aquellos amores locos de la historia del cine, en donde Almodóvar, nuevamente ha escrito una página fundamental.

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