A Sala Llena

Los Tiempos de la Vida

Los Tiempos de la Vida  (Pandora’ Nin Kutusu, Turquía, 2008)

Dirección: Yesim Ustaoglu. Guión: Yesim Ustaoglu y Selma Kaygusuz Producción: Silkroad Production Ustaglau Film Yepim, Les Petites Lumieres, Match Factory, The Stromboli Pictures, Visions Sud Est. Elenco: Onu Unsal, Derya Alabora, Tsila Chelton, Ovul Avkiran, Osman Sonant. Distribuidora: Primer Plano Film Group. Duración: 112 minutos.

Lamentablemente llega muy poco cine proveniente de Turquía. Excepto las obras de Fatih Akin (Al Otro Lado, Contra la Pared), y alguna que otra película descolgada en el BAFICI o en Mar del Plata; el cine turco tiene poca difusión en nuestro país, y debemos conformarnos encima que los pocos estrenos lleguen en formato DVD y se exhiban en las salas Arteplex. Es cierto que las salas del Centro y Belgrano se encuentran en óptimas condiciones, fueron refaccionadas, se reemplazaron las antiguas butacas de madera y cuerina, y si bien las pantallas son diminutas, la visión es bastante satisfactoria. Pero no es lo mismo que se exhiba una película en fílmico que en formato digital. Se pierden colores, se pierde nitidez.

Los Tiempos de la Vida, no se puede apreciar realmente de este modo. No se puede todo.  Las nuevas tecnologías son cómodas y baratas, pero sirven para sobrevivir, no para vivir realmente. Y de eso habla esta nueva obra de la directora Ustaoglu. La “comodidad de la ciudad” contra las “tradiciones rurales”

Nusret es una mujer viuda nonagenaria que vive en medio del campo. La ventana de su casa da hacia un bosque, y más allá están las montañas. Una tarde sale de la casa a caminar y no vuelve. Los vecinos, preocupados, llaman a las hijos, que viven en Estambul, para que ayuden en la búsqueda junto con la policía local. La encuentran perdida e inconsciente. La llevan a la ciudad, donde los médicos les avisan que la mujer tiene Alzheimer y no va a poder seguir viviendo sola.

A partir de acá, Ustaoglu empieza a reflexionar acerca de la caótica vida de la ciudad a través de las vidas de los hijos. La mayor, casada, insatisfecha sexualmente, con un hijo adolescente que constantemente se escapa de la casa buscando un rumbo a su vida. La hija menor es una solterona adicta al trabajo, y el más joven de los hijos lleva una vida de músico bohemio.

Los hijos, al mejor estilo Rey Lear, van pasándose a la madre de una casa a la otra, porque ninguno se anima a dejar su vida para cuidarla. Al tiempo que ellos tienen menos manejo de sus vidas, la anciana, que pronto se ve apresada, decide escaparse de los cuidados y demuestra tener mayor conciencia de lo que sucede en la vida de los hijos de lo que ellos piensan. El único que nota que la mujer conserva la sabiduría que le ha dado los años es el nieto, quien empieza a tomar a su abuela como modelo de persona.

Sin apelar a sentimentalismo barato ni golpes bajos, Ustaglau va pasando de un personaje a otro con simpleza y naturalidad. Se centra más en silencios y miradas que en diálogos redundantes que no aportan. Denuncia el abuso del uso de los celulares, que cuanto más se habla, menos se logran comunicar los hermanos entre sí. La realidad social y política de Turquía se muestra de trasfondo de las situaciones, por lo que a pesar de que la película tiene un tono universal, al mismo tiempo demuestra, que el contexto cultural influye en la vida de cada habitante.

Los planos fijos y los travellings en forma de plano secuencia demuestran una destreza asombrosa, propia de los mejores directores europeos como Angelopoulos y Tarkovski (gran influencia de los cineastas turcos, como se verá en la película Lejano, próxima a estrenarse). Los días, las noches, las estaciones del años son bellamente retratadas por la fotografía del francés Jacques Besse.

Mención aparte merece la sutil interpretación de la legendaria actriz francesa Tsilia Chelton, ganadora de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián del 2008 a los 90 años, y además aprendió a hablar turco especialmente para la película. Una mirada, un mínimo gesto, son suficientes para entender lo que sucede en su cabeza, para entender la impotencia y el deterioro que sufre mientras es encerrada en las casas y hospitales de la ciudad. También es notable la interpretación del joven Osman Sonant.

Con sutiles toques de humor, ni un sólo atisbo de pretensión, una narración fluida que busca la identificación del espectador global con los personajes bajo circunstancias que lamentablemente todos vamos a tener que afrontar en algún momento de la vida.

Si bien en la última media hora la narración pierde un poco de ritmo y algunas escenas resultan monótonas y previsiblemente moralistas, Los Tiempos de la Vida es una película que da pie a la reflexión, a la emoción, con sutileza, lirismo, honestidad e inteligencia.

En tiempos donde la renovación tecnológica en películas de Hollywood termina saturando los sentidos, es un placer darse un descanso para ver estas magistrales obras turcas; como salir del caos urbano para regresar a contemplar la simpleza y maravilla de la naturaleza.

Ganó la “Concha de Oro” a la Mejor Película en el último Festival de San Sebastián.

 

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