A Sala Llena

Los Estafadores, según Rodolfo Weisskirch

“Historias sobre estafadores, ladrones de guantes blancos, oportunistas, filos, etc. se han hecho muchas veces”. Con este preámbulo comienza Los Estafadores, en una suerte de confesión de que lo que veremos en las próximas dos horas no tiene demasiada originalidad en su temática. “Pero ninguna como la de Penélope y los hermanos Bloom” sigue enunciando la voz del narrador Ricky Jay, un reconocido maestro de los engaños, mano derecha de David Mamet, y profesional prestidigitador (trucos de magia con cartas, elemento fundamental de la trama).

Y en este sentido, en cierta forma, el director crea algo interesante. Los Estafadores, toma la clásica fórmula de pareja despareja de timadores, donde cada uno tiene un rol específico. O sea, por un lado el cerebro, Stephen (Ruffalo) por otro el actor, Bloom, su hermano (Brody) que lleva a la práctica la estafa con encanto y sofisticación. El primero no tiene moral, el segundo tiene cargo de conciencia ante cada robo, especialmente si hay una mujer en el medio. A ellos los acompaña, la especialista en logística, tecnología y explosivos (Kikuchi, vista en Babel), una misteriosa y silenciosa japonesa, sensual y de sangre fría, que la tiene más clara que ambos juntos. Sí, desde Los Simuladores, Ayer Otra Vez hasta Misión Imposible, desde la serie de La Gran Estafa hasta Nueve Reinas, por citar los “mejores” ejemplos de los últimos tiempos, películas sobre grupos que engañan ya sea con intenciones honestas o no tanto, no faltan. Y por tanto ¿cuáles son los atractivos de esta segunda obra de Rian Johnson (su ópera prima Brick, era un thriller bastante interesante)? No, en el tono particularmente. Generalmente estas películas resultan más pasables en forma de comedia.

Pero sí, en lo visual, en el estilo. Elegante, pintoresco, exagerado, exótico, retro (no usan tecnología). Bloom y Stephen no tienen una relación ideal, mientras que el primero, planea cada detalle de cada estafa meticulosamente, el otro lo ejecuta casi por obligación, por falta de decisión, y principalmente porque no puede vivir sin que su hermano lo pueda guiar, cuando en realidad lo que desea es, enamorarse, tener una familia, o sea vivir “normal y honestamente”. Por seguirle la corriente al hermano, sus estafas terminan siempre igual, uno de los dos se hace pasar por muerto (homenaje a El Golpe), la chica corre, y ellos se quedan con el dinero. Pero cuando Bloom decide abandonar el negocio, surge una última víctima: Penélope (Weisz), una millonaria que vive recluida en su castillo coleccionando hobbies, sin ninguna planificación de vida, en oposición a los Bloom. La chica en cuestión busca una vida y se une a los Bloom en un viaje por Europa, sin sospechar que es víctima de una estafa, pero como es previsible, verdaderos romances empiezan a aflorar y modificar los planes. La película toma al espectador de cómplice de los “criminales”, hace que le tome cariño desde que son niños. Y no deja afuera de la fórmula al estafador, estafado.

Johnson juega constantemente con el espectador, contándole a medias el plan para lograr sorpresa, y que no se sepa cuando se trata de algo planeado o algo “real”. En sí, esa es la moraleja de la historia. Más allá de los referentes nombrados anteriormente, el director le agrega citas de la literatura rusa, Melville o Agatha Christie. Y sin dudas, se nota que vio ambas películas de Fabián Bielinsky, porque ni los argentinos nos salvamos de esta estafa (además que roba “algo” de El Aura también) la elección de un vestuario llamativo (muchos sombreros bombin, vestidos que parecen sacados de los años 60) le agregan color a la historia, y sobretodo es un punto importante la excelente actuación de la encantadora Rachel Weisz que demuestra una vez más ser versátil para la comedia como para el drama.

Y si bien, la elegancia y la elección de pintorescos escenarios europeos como Praga, San Petersburgo, Montenegro le dan cierto “estilo” que recuerdan a Dos Pícaros Sinvergüenzas (ya sea la versión Brando/Niven o Martin/Caine), todo se podría resumir en realidad con una de las primeras y mejores películas sobre estafadores hechas, y un poco olvidada hoy en día: Topkapi. El clásico de Jules Dassin, con Melina Mercuri, Peter Ustinov (gran homenaje de Robbie Coltrane) y Maximilian Schell (que tiene un importante cameo) es sin duda el gran referente, por su manera de estar contada, por el humor, por la irreverencia y originalidad, y el hecho de que no parezca una típica película de Hollywood (inclusive le roba un par de escenas y planos literalmente). Y no faltan referencias a Tintín y Dr. Zhivago incluso. O sea, en este sentido es un festín cinéfilo. Y también musical: violín de los Balcanes, jazz, leit motivs de Nino Rota para Fellini.

El problema, es que todo el atractivo del film dura una hora solamente. Johnson se empieza a enredar en el juego de mostrar y esconder la mano o un as bajo la manga, de manera tan repetitiva y redundante, que todo el engaño termina agotándose, y lo que es peor, volviéndose previsible, sumado a que el humor y las excentricidades del personaje de Weisz van quedando de lado, y la película cae en un pozo del que no sale. Se abren acertijos que no se resuelven, y otros que cierran demasiado forzados, demasiado explicativos. La elegancia y los colores se opacan por los (malos) giros narrativos, e incluso la música pierde protagonismo. El humor se convierte en melancolía, sentimentalismo y drama. Y la promesa inicial de ver algo “diferente” se pierde cuando se transforma en un producto convencional.

A eso hay que sumarle un problema de entrada: Brody y Ruffalo no convencen en la química como hermanos, ni en sus interpretaciones. Si bien, el primero está un poco mejor, resulta creíble como el “loser” al segundo le falta carisma como actor cómico. La contracara es la sensualidad, energía, vitalidad, humor de Kikuchi, Weisz y Coltrane, en un personaje que termina colgado también.

Lo dicho, Los Estafadores, es una película que al igual que sus protagonistas, empiezan seduciendo, prometiendo el oro y el moro, con humor, cierta originalidad, colores y cinefilia, pero se convierte en una simpática, pero verdadera estafa maestra al espectador.

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