A Sala Llena

Necrofobia

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Necrofobia (Argentina, 2013)

Dirección: Daniel de la Vega. Guión: Nicanor Loreti, Germán Val y Daniel de la Vega. Elenco: Luis Machín, Viviana Saccone, Gerardo Romano, Raúl Taibo, Julieta Cardinali, Hugo Aztar. Producción: Daniela Schiaffinor y Néstor Sánchez Sotelo. Distribuidora: Independiente. Duración: 78 minutos.

Mi gemelo esquizofrénico.

A esta altura del partido podemos afirmar sin temor a equivocarnos que el cine de género nacional se está abriendo camino de manera paulatina aunque persistente dentro de un mercado local todavía dominado por productos de raigambre televisiva y esas bazofias artys de siempre, apenas ecos automatizados de lo que fue el “nuevo cine argentino” de la década del 90. Recordemos que hablamos de una corriente muy valiosa que superó la afectación temática símil Europa y las deficiencias técnicas autóctonas, y que en la actualidad -paradójicamente- se transformó en un envase estilístico estándar que se parece cada vez más a ese enclave vetusto e insípido que se pretendió condenar de lleno al olvido.

Por supuesto que en este cambio progresivo de paradigma tuvo mucho que ver la presión histórica de nuestros compatriotas espectadores y en especial el sinceramiento de un segmento de la crítica, ya hastiado de la misma cantinela ad infinitum. Otro factor central fue la actitud “más abierta” que ha demostrado el INCAA, el cual últimamente ha apoyado a un puñado de proyectos independientes que hasta hace poco tiempo parecían no tener cabida dentro del panorama regional, subsidios y un espacio asegurado en la cartelera mediante. De esta tanda reciente, el representante más parejo y movilizador es Necrofobia (2013), film que participó con gran éxito de público en la edición de este año del BAFICI.

De por sí resulta bastante extraño encontrar en la coyuntura contemporánea una película que funcione en tanto homenaje cariñoso a un período cinematográfico ya extinto y a la vez como obra específica que obedece a determinada configuración general. Si a ello le sumamos el “detalle” de que proviene de estas pampas, el mérito termina siendo doble. Ya desde la primera escena el realizador Daniel de la Vega deja en claro el pedigrí de la propuesta, con una secuencia en la que Dante (Luis Machín), un pobre sastre que padece el trastorno del título, se ve envuelto en una serie de situaciones relacionadas con la muerte de su hermano gemelo, ocasión perfecta para desencadenar esa masacre que todos esperamos.

El director no disfraza su intención de redondear un giallo de trazos casi fundamentalistas, que toma prestadas tanto la visceralidad y el ocultismo desquiciado de Lucio Fulci como la estructura y el esteticismo minucioso de Dario Argento. La historia combina el devenir esquizofrénico de Maníaco (Maniac, 1980) de William Lustig y El Otro (The Other, 1972) de Robert Mulligan, y nos ofrece un cúmulo de asesinatos coloridos cuyo sospechoso primordial es el inefable protagonista. El diseño de producción, la música, la fotografía y el montaje están puestos al servicio de un elenco rebosante de nombres populares (aquí encontramos a Gerardo Romano, Raúl Taibo, Viviana Saccone, Julieta Cardinali, etc.).

Ahora bien, así como sus principales virtudes pasan por su idiosincrasia y coherencia interna, Necrofobia también arrastra un preocupante déficit de elementos verdaderamente originales, circunstancia que se traduce en una mixtura eficiente aunque incapaz de construir sorpresas intra género. Con una ambientación similar a las adaptaciones de Roger Corman de Edgar Allan Poe y una vuelta de tuerca final a la David Lynch, el ambicioso opus de De la Vega puede resultar predecible pero es innegable que planta un mojón en el cine nacional en lo referido al camino concreto que deberían recorrer artistas y esbirros estatales para autolegitimar su accionar en función de films más interesantes que dignos…

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Por Emiliano Fernández

La sastrería de los hermanos Samot.

Necrofobia, la última película dirigida por Daniel de la Vega, es una historia de terror psicológico sobre la paranoia y el proceso de pérdida de la razón por parte de un hombre incapaz de enfrentar la desaparición de su hermano y el abandono de su mujer. Tras la muerte de su gemelo Tomás por una sobredosis de pastillas, Dante Samot, un encumbrado sastre cuya negocio se ha venido abajo, se sume en la demencia después de un episodio de pánico necrofóbico en el funeral, y comienza a sospechar de distintos personajes de su entorno cercano.

En medio de una sastrería que supo ocupar una esquina en el microcentro de Buenos Aires, Necrofobia ofrece una metáfora sobre los cambios en la Argentina que condujeron a la ruina de una economía nacional que no supo reconvertirse a los tiempos del consumo masivo y/ o no pudo mantener su clientela suntuaria. Con una escenografía claustrofóbica de paredes derruidas y maniquíes descascarados, Dante -interpretado por un Luis Machín enajenado cuyas gesticulaciones y risas son el corolario de la locura misma- permite que la demencia avance alejándose de sus amigos y sumiéndose en sus elucubraciones lóbregas.

El guión de Nicanor Loreti, Germán Val y Daniel de la Vega crea muy buenos climas de terror especialmente en el comienzo y en el final del film. El desarrollo de Necrofobia crea incógnitas que van confundiendo al espectador precipitando acciones que parecen incoherentes y conducen al protagonista a un enfrentamiento con sus propios demonios y con la locura que lo espera en cada rincón de la trastornada sastrería. La tecnología 3D no aporta demasiado a la estética del film, que por momentos elige introducir la confusión para ocultar la simpleza del guión. Sin embargo de a ratos, y especialmente en el final, logra generar un clima realmente escalofriante al incluir escenas gore que irrumpen dentro del terror psicológico general.

Necrofobia no logra llegar a la altura de Hermanos de Sangre (2012), el film anterior de Daniel de la Vega, también escrito con Nicanor Loreti y Germán Val (y Martín Blousson), el cual ofrecía una extraordinaria historia de rechazo social, timidez y abuso que conducía a un baño de sangre absolutamente inesperado a partir de un guión fuera de control que a su vez prometía un nuevo tipo de cine nacional transgresor de los géneros. La propuesta actual es un buen film que prepara al espectador para esperar más de ese gore que cada tanto logra muy buenas obras, pero que todavía necesita jugar con otras fuentes y perderse en historias más complejas y profundas.

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Por Martín Chiavarino

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