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CRÍTICAS - CINE

Nefarious

Más que una película de terror, es un sermón encubierto. La premisa es la siguiente: un psicólogo visita a un condenado a muerte. Se trata de una evaluación protocolar, de pocas horas. El objetivo es analizar la salud mental del condenado. Si se le diagnostica un trastorno, la ejecución no podrá llevarse a cabo. 

Casi toda la película transcurre durante esta visita. El psicólogo James Martin se reúne con el condenado Edward Wayne Brady en una sala de la prisión. James espera que Edward, para salvarse, simule un trastorno. En cambio, el condenado afirma que desea ser ejecutado y que su nombre verdadero es Nefariamus, o Nefarious para los amigos. Es un demonio y tomó posesión de Edward hace años. 

James no le cree. Está convencido de que es una mentira para afectar el resultado del diagnóstico. Pero el demonio aporta pruebas. Conoce el pasado del psicólogo, su carrera profesional y su vida privada. Y vaticina que, antes de que termine el día, James habrá asesinado a tres personas. El psicólogo se ríe y proclama que eso es imposible. Pero la duda se instala, tanto en él como en el público. 

Hasta acá, venimos bien. Si aceptamos la teatralidad de la propuesta —un largo diálogo en un solo escenario—, el guión nos engancha. Es parecido a un clásico misterio de cuarto cerrado: ¿cómo hará James para matar a tres personas dentro de una sala custodiada por guardias? 

La respuesta es decepcionante, un truco narrativo. Van los spoilers. Resulta que los supuestos asesinatos de James ocurrieron antes —mucho antes— de encontrarse con el condenado. Primero, según el demonio, el psicólogo mató a su madre enferma, al autorizar su muerte asistida. Y luego a su bebé, al permitir que su novia abortara. 

Me olvidé de mencionar que James es ateo. Y que, hacia el final, terminará aceptando la presencia de lo divino. Cierro con un último spoiler: su tercera víctima será, obviamente, Edward. 

Nefarious se revela, entonces, como una película religiosa, conservadora y reaccionaria. Contrabandea su bajada de línea bajo la cobertura del género de terror. Hay palos contra el aborto, la eutenasia y el ateísmo. No dialoga con estos temas ni plantea un argumento sofisticado. Solo ubica frases en boca del demonio para transmitirnos un mensaje banal. 

Es como un episodio de La rosa de Guadalupe, mejor filmado aunque no necesariamente mejor actuado. Sean Patrick Flanery —que interpretó a Indiana Jones en la serie de los 90— hace cosplay de Hannibal Lecter. Exagera los tics nerviosos y demoníacos, resalta y subraya todo, como un estudiante universitario preparando un examen. Al menos tiene presencia en la pantalla. No podemos decir lo mismo de su contraparte: Jordan Belfi, como el psicólogo, no sobreactúa, pero tampoco actúa. Solo existe en frente de la cámara, recita sus líneas con la cara rígida y los ojos abiertos. 

El contrabando ideológico es deliberado. En una entrevista con el National Catholic Register de Estados Unidos, uno de los directores y guionistas, Chuck Konzelman, admite, hablando del póster de Nefarious, “Es bastante intimidante, un Caballo de Troya para atraer al público mainstream de las películas de terror, los no creyentes”.

Más adelante, suma: “Esta es una película para tus familiares que se alejaron de la fé o para tu amigo que nunca creyó. Los podés llevar a ver esta película y, bajo la apariencia de entretenimiento, encontrarán las grandes preguntas”. 

Ahora bien, es común que el cine fantástico o de ciencia ficción use la parafernalia del género para disfrazar o vehiculizar una bajada de línea. Sin ir más lejos, Barbarian, del año pasado, es tanto una película de monstruos como una alegoría antipatriarcal. Infinity Pool, de este año, es un thriller onírico y una crítica al colonialismo capitalista. 

Pero estos ejemplos integran sus mensajes a la ficción. (Es decir, dejan de ser mensajes lineales y unívocos. Se vuelven segundas o terceras lecturas). Nos presentan mundos alternativos que operan como reflejos distorsionados del nuestro. Dan lugar a la interpretación personal. Son más ambiguas y sugerentes, y menos prescriptivas. Nefarious, en cambio, es puro discurso aleccionador. No muestra nada, solo nos indica qué es malo y qué es bueno, aprovechando la figura del demonio como voz autorizada. 

“El demonio es el acusador”, dice Konzelman en la misma entrevista. “Nos está acusando, como sociedad, de ignorar la verdad”. Cary Solomon, quien completa el dúo de realizadores, profundiza, “El público no le prestaría atención a un cura o un pastor. Vivimos tiempos muy tristes. Así que usamos al demonio para predicar el Evangelio. Aunque él lo odie, termina validando a Dios”. 

Este propósito aleccionador deriva en uno de los grandes pecados de Nefarious: la solemnidad, que aniquila cualquier espíritu lúdico. Las mejores películas de posesiones y demonios, aunque den miedo, son fundamentalmente juguetonas, comedias invertidas hacia el horror, desde El exorcista hasta El conjuro. En Nefarious, no nos divertimos con la parafernalia del género porque todo es muy serio. La película nos quiere enseñar algo, y ni siquiera es una lección interesante. 

Podemos perdonar muchas cosas: los valores de producción, las actuaciones, incluso un epílogo que espanta menos por lo sobrenatural que por su ineptitud narrativa. Es más difícil perdonar la falta de respeto. Nefarious nos trata como niños que necesitan ser guiados hacia la luz de la verdad. Yo, por lo menos, decidí soltarle la mano y correr hacia otro lado. 

(Estados Unidos, 2023)

Guion, dirección: Chuck Konzelman, Cary Solomon. Elenco: Sean Patrick Flanery, Jordan Belfi, Tom Ohmer, Glenn Beck. Producción: Sheila Hart, Chuck Konzelman, Cary Solomon, Chris Jones. Duración: 97 minutos.

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