A Sala Llena

Prometeo 3D, según Rodolfo Weisskirch

¡La criatura sigue viva!

Hace un par de años, Ridley Scott estrenó una innecesaria versión de Robin Hood. Si bien el film en sí no resultaba completamente fallido, se trataba de un mero entretenimiento que se parecía demasiado al film de Kevin Reynolds de 1991 y aportaba muy poco al mito del personaje -y mucho menos a la historia del cine-.

Cuando Scott anunció que su próximo proyecto sería realizar una suerte de precuela de Alien y posteriormente una secuela de Blade Runner -acaso sus dos mejores films por lejos-, se confirmó lo que todos pensaban: Ridley solo buscaba facturar con productos prefabricados. Si en los films que tenían premisa original a Ridley no se le caía una sola idea renovadora, lo que podía esperarse de su parte era que siguiera exprimiendo sagas que no necesitaban más entregas.

Pero Scott es muy irregular. Los films que le deberían salir bien le salen mal. Los que tienen peor pinta y no funcionan, económicamente hablando, suelen tener elementos cinematográficos más atractivos que los que buscan algún tipo de reconocimiento (llámese Oscar). Por lo tanto, una precuela de Alien podría haber sido un desastre total, o quizás el vehículo para que Scott regresara a sus orígenes menos pretenciosos y más creativos.

Prometeo no desborda de originalidad ni va a cambiar la historia del cine. O sea, tiene un gusto mucho más industrial de lo que tenían la entrega original de 1979 o Blade Runner. Scott usa las últimas tecnologías -el 3D, los más avanzados efectos especiales-, no absorbe tanto del cine clase B como debería y, a menos que la saga continúe (no sería extraño), dudo que adquiera la etiqueta de culto de las anteriores aventuras de ciencia ficción mencionadas.

Pero lo cierto es que Scott le devolvió a una saga que se estaba agotando, tras las pésimas entregas de Alien vs Depredador y los mediocres productos de Fincher y Jeaunet, el carácter mítico, la metáfora filosófica/religiosa y, sobretodo, la estética visual que aportó el diseñador plástico H.R. Giger, pieza fundamental en la creación del mundo Alien. Posiblemente también sea su mejor film desde entonces.

Si bien el título de la película hace referencia a la nave que lleva a los protagonistas, también sirve de metáfora para todo el relato: Prometeo fue un semi dios que le robó el fuego a los dioses para dárselo a los humanos, pero ese mismo semi dios fue siempre traicionero. Con ese fuego que creó vida también impulsó la muerte.

Prometeo básicamente habla de la relación entre creador y producto, padre e hijo, dios y hombre. Un ciclo sin fin: el Dios crea, la criatura destruye al Dios, crea un nuevo Dios, el Dios destruye a la criatura, y así eternamente.

Cuando Dan O’ Bannon, Scott y Giger pensaron el diseño visual de Alien (1979) se inspiraron mucho en la mecanización del ser humano. El Alien es una criatura perfecta que sintetiza la eficacia de las máquinas para liquidar pero con un sistema orgánico que se relaciona con lo humano. Este diseño, inspirado a su vez en el mundo que Fritz Lang creara en Metrópolis, vuelve a tener forma en esta entrega, apoyado por las grandes preguntas existencialistas que atormentan al ser humano y que lo obligaron a crear la Fe: ¿Hay vida después de la muerte? ¿Existe un creador? ¿Debe el ser humano buscar a su creador? ¿Qué pasaría si lo encuentra?

El tema da para largo y, por suerte, toda esta vertiente filosófica está bien desarrollada en el guión de Damon Lindelof (que, en cierta forma, ya había explorado dichos temas en la serie Lost) y Jon Spaihts

Pero el realizador es productor y sabe que, si bien el amante de la ciencia ficción va a agradecer que el film haga hincapié en algo más que la lucha por la supervivencia de un grupo de humanos en un planeta extraño frente a criaturas que desconoce, no puede generar un film mainstream sin aquel elemento que caracterizó siempre al cine estadounidense: el entretenimiento.

Dejemos de lado el debate filosófico. Prometeo es, sobre todo, un gran film de ciencia ficción, que genera suspenso en buenas dosis y terror en otras. La tensión comienza desde que conocemos a David, el extraño y perfecto androide de Peter Weyland, capaz de buscar emociones y sobrevivir a cualquier ataque físico. La ambigüedad de este personaje, construida a partir de su curiosidad, semejante a la de un niño, y de su rendimiento físico, similar al de la Teniente Ripley de Alien Resurrection, provoca un clima de malestar, siniestro en los primeros minutos. La combinación de música clásica que se escucha por los pasillos circulares de la nave nos lleva a recordar a  2001, Odisea del Espacio. De a poco, Scott nos presenta a los principales miembros de Prometeo y, al igual que en la entrega original, irá acabando con ellos uno por uno.

A excepción de su casi naif protagonista, la antropóloga Shaw y el capitán Janek, el resto de los personajes presentan ambigüedades de carácter. En especial, la representante de la compañía Weyland en la nave -Meredith Vickers-, que devuelve el carácter andrógeno de los personajes femeninos de la saga original.

Esta ambigüedad no solo se traduce en términos morales, sino también sexuales, en los integrantes de Prometeo y en las criaturas, que tienen formas hermafroditas con reminiscencias fálicas. La metáfora sexual vuelve a adquirir una representación importante en el argumento: la gestación de vida a través de microcélulas que se transmiten en diversas formas hasta llegar a la más importante -la sexual-, y la derivación de esto a la evolución y destrucción de la especie. Scott pone especial interés en que cada aspecto escenográfico adquiera un diseño corporal y que el cuerpo masculino sea símbolo de perfección y destrucción al mismo tiempo. Mientras tanto, el cuerpo femenino representa la creación, aunque en un sentido más débil.

Scott no solamente se nutre de su propio Alien, sino también de la secuela escrita y dirigida por James Cameron en 1986. Hay incluso numerosos elementos que tienen mayor relación con esa entrega que con la de 1979 -como el militarismo y el rol femenino-. Mientras que el primer Alien tenía una estructura similar al thriller y, a la vez, ponía los pilares en la creación de un clima tenso, la secuela se aboca más a la acción. En Aliens, de hecho, los integrantes de la nave contraatacaban y no eran solamente científicos. Algo de eso hay en Prometeo. Si bien los climas están generados y el suspenso es efectivo, no se genera el misterio por saber qué está matando a los integrantes y dónde está el bicho; acá ese espacio está ocupado por el enigma filosófico: ¿quiénes habitan este planeta tan parecido a la Tierra? ¿qué son? ¿de dónde proviene? Dilemas que podrían transferirse a nuestra propia especie.

El enfrentamiento entre la Fe y la codicia materialista también está presente en el conflicto de los personajes de Weyland y la doctora Shaw. Scott cuida que se vean verosímiles dentro del contexto de la historia; por eso escoge un elenco bastante sólido encabezado por Noomi Rapace, Idris Elba y Charlize Theron, que confirman el buen momento actoral que están pasando, al lograr interpretaciones creíbles. Otros miembros no terminan siendo tan buenas elecciones, como Logan Marshall Green y Guy Pearce, tan impostados que parecen haber salido de un producto berreta. Pero nuevamente es el talentoso Michael Fassbender el que se destaca con el personaje de David. No solo porque este androide es el único personaje original e intenso y que va a ser una pieza fundamental en el desarrollo de la trama – de hecho, buena parte de las acciones tienen su punto de vista- sino también porque Fassbender la aporta esa emoción fría, esa contención seductora, la mirada lasciva, provocadora, la violencia contenida, la sutileza en los gestos, el minimalismo necesario.

El guión tiene sus falencias. Hay escenas que están de más y no tienen justificación narrativa, así como hay otras que bordean la ridiculez (como la escena relacionada con un parto, por ejemplo). O sea, en su pretensión por abarcar lo filosófico y no dejar aristas afuera, el film tiene excedentes. Pero eso no evita que estemos ante una ingeniosa renovación de un género que necesitaba nuevos aires y que, ante el agotamiento, volvió sobre sus pasos y encontró en un film mítico, que de por sí había brindado otra cara a la ciencia ficción, la posibilidad de nutrirse de su propio misticismo. Porque además de tener lecturas propias, Prometeo también se comunica simbólica y estructuralmente con la película original.

Scott la tiene clara con el género, sin dudas. Atina en conseguir escenas sin resolución que dejan mensajes ambiguos, y otras en las que la fantasía toma protagonismo sin pedir al espectador que busque respuestas verosímiles. No subestima la inteligencia o el conocimiento del fan e incluso, gracias a la banda sonora de Marc Streitenfeld (con reminiscencias al leit motiv original de Jerry Golsmith y la banda sonora de Viaje a las Estrellas), lo ubica placenteramente dentro de un género que todavía se puede seguir explorando.

Precuela o inicio de nueva saga, Prometeo es un film completo que, por suerte, permite muchas lecturas y análisis posteriores a su término. La búsqueda del mito recién comienza.

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