A Sala Llena

#SHEFFIELD2021 | Diario de Sheffield (9)

12 de junio

Estamos llegando al final. Hoy se anuncian los premios en Sheffield y tal vez hablemos de ellos cuando se sepan. Pero estoy contento: fue una experiencia grata. Vi buenas películas, pero aun las que no fueron tan buenas sirvieron para pensar el mundo. La idea de que el mundo necesita ser pensado me ronda desde hace un tiempo. Hay que ser muy idiota para creer que el mundo actual se entiende. Es posible que haya sido siempre imposible de entender, pero no sé si hubo muchas épocas en las que las antiguas certidumbres se desgastaran tanto.

Entre ayer y hoy vi dos películas que hablan de lo que uno podría llamar globalización, aunque de maneras completamente opuestas. Una me dio un poco de asco, la otra me gustó. The Savior For Sale: The Story of the Salvator Mundi, producción francesa de Antoine Vitkine es una producción grande, de esas que van a terminar seguramente en una plataforma de streaming. El tema es sensacional: la aparición de un supuesto original de Leonardo da Vinci y su destino. En 2005 Robert Simon, un dealer de arte neoyorkino, compró en Nueva Orleans por 1175 dólares un cuadro en bastante mal estado, que podía ser una reproducción de El salvador del mundo o una de las veinte copias que sus discípulos hicieron en el taller del maestro a partir de una pintura que nunca había aparecido. Simon lo hizo restaurar y empezó a ver otras posibilidades, entre ellas que fuera la gema perdida. Doce años más tarde, el cuadro se vendió en un remate de Christie’s (cuyos agentes habían desechado la pintura cuando el vendedor original decidió liquidar los cuatros que había heredado de una tía) por 400 millones de dólares, el precio más caro pagado en una subasta de arte. En el medio, El salvador del mundo se vendió a un oligarca ruso, que a su vez fue estafado por su representante francés, quien lo compró por 80 millones y le dijo que había pagado 130 (aunque el oligarca lo vendería después por 400). La historia no termina con el remate: el misterioso comprador resultó un retorcido príncipe saudí, que quiso fundar a partir de su Leonardo un gran centro de arte, pero se encontró con que la autenticidad del cuadro seguía en debate y que el museo del Louvre (o más bien el gobierno francés) se negaba a certificar su legitimidad. En realidad, no es que fuera exactamente falso. La intervención de distintos especialistas permitió establecer que el cuadro había salido del taller de Leonardo, pero las opiniones siguen difiriendo sobre qué proporción hay en él de la mano del maestro. El problema con la película, cuya historia no deja de dar para miles de disquisiciones de todo tipo, es que a medida en que el cuadro va escalando hacia las cumbres (grandes museos, grandes galerías, grandes billonarios, grandes universidades, grandes príncipes, grandes estados), el dinero que circula alrededor de un viejo cuadro y un montón de especulaciones empieza a resultar obsceno: toda esa gente con sus yates, sus mansiones, sus edificios públicos, sus secretos, sus reuniones cumbres muestran una parte del mundo (casualmente la que lo rige) cuyo nivel de ostentación y de frivolidad es absurda. “Es el mundo del arte” dice uno de los personajes, aludiendo al dinero en juego y a la imposibilidad de distinguir la verdad de la mentira. Habría que decir que es el mundo de los ricos o del poder, pero el problema es que la película se asocia a él con un presupuesto exagerado, una imagen lustrosa y un suspenso artificial que pretende, igual que muchos de los que aparecen en ella, recoger alguna de las migajas que el derroche alrededor del supuesto Leonardo pone en marcha. Vitkine y sus productores parasitan ese mundo: bajo la excusa de exponerlo o de criticarlo, se congratulan de estar de algún modo asociados a él y le tiran la plata en la cara al espectador como si imitaran el gesto gratuito de los millonarios. 

Borderland, de Anfreas Voigt es otra clase de película sobre otra clase de gente. Está filmada en la zona del río Oder, que separa Alemania de Polonia. Voigt, conocido cineasta de la ex RDA, hizo un documental en la zona hace treinta años y ahora vuelve a visitar la zona y a entrevistar a los habitantes después de la reunificación alemana y la consiguiente supresión de las fronteras dentro de la Unión Europea. Voigt elige personajes que nacieron a ambos lados del río, pero también a algunos que fueron a parar allí desde distintas partes del mundo y por distintas razones. Por ejemplo, la simpática Elena, cuyo abuelo fue un comunista griego que tras la guerra civil terminó refugiado en una parte del territorio queel comunismo alemán había vaciado de sus anteriores habitantes. O el joven Sallmman, un sirio de ascendencia kurda que tiene un buen trabajo en una compañía que pinta autos. Un día descubre que los neonazis le rayaron el auto y que la policía no piensa hacer nada, pero también se lo ve con sus compañeros de trabajo alemanes, con los que no tiene problemas. El y sus amigos, también emigrantes de los países árabes, declaran que están mejor en Alemania, donde pueden hacer su vida, tener la religión que quieran y la libertad de expresar sus ideas. Pero de la creciente falta de libertad de expresión en su país se queja una joven polaca a punto de emigrar justamente a Sheffield como consecuencia de la política de su gobierno. Hay de todo en Borderland, hasta un matrimonio de granjeros australianos que decidió afincarse en Polonia porque “los dos países se parecen y se hace mucha vida al aire libre” (?). Por Borderland desfilan pescadores, pastores, esquiladores de ovejas, jubilados. En general, se ve mucho mejor a los que forman parte de la vida rural, incluso más integrados con sus vecinos, más contentos por la apertura de las fronteras. Hasta los que pasaron la guerra, hoy confraternizan con sus viejos enemigos y celebran que sea mucho más fácil ir de un lado al otro. Pero hay una parte de sus contemporáneos más insatisfecha: por ejemplo, los que vivían en la ciudad industrial de Guben en Alemania Oriental, cuyas fábricas se volvieron obsoletas y se fueron desmantelando. Nostálgicos de la era comunista, se parecen a los obreros de Factory for the Workers, la película croata. A diferencia de quienes viven en el campo, esta es la gente a la que le tocó perder con el devenir histórico y el cambio tecnológico. Pero Voigt no carga las tintas y, aunque su corazón parece estar cerca de la vieja izquierda, la película es aireada, serena y deja escuchar una multitud de voces como para comprobar que el mundo merece ser pensado de nuevo a partir de cada vida. 

Acaban de anunciar los premios. Como no podía ser de otra manera, no vi la ganadora de la competencia internacional fue Nũhũ Yãg Mũ Yõg Hãm: This Land Is Our Land!, un película brasileña (los brasileños en el arte de ganar festivales) con cuatro directores: Isael Maxakali, Sueli Maxakali, Carolina Canguçu y Roberto Romero. La veré esta noche y mañana les cuento. El Premio Especial del Jurado fue para Equatorial Constellations, de la que sí hablamos. Summer recibió una mención especial junto con Double Layered Town, una japonesa que empecé a ver pero no le tuve paciencia. Por otra parte, nuestra conocida Barataria ganó como mejor corto. El premio a la mejor opera prima fue para Fixed Barricade at Hamdalaye Crossing de Thomas Bauer (Guinea – Francia) que también desconozco así como las películas que ganaron premios en la competencia británica. 

Mañana todavía hay Diario de Sheffield. Hasta entonces. 

© Quintin, 2021 | @quintinLLP

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