A Sala Llena

Sobre Pierre Étaix en QubitTV

Y TODOS RIERON

Con su filmografía paralizada por problemas de derechos, Pierre Étaix fue durante décadas un director secreto investido con el halo de los autores malditos; su leyenda fue alimentada en buena medida gracias a su asociación con Jacques Tati, del que fue discípulo y colaborador. Hace ya algún tiempo sus películas se consiguen por múltiples vías, la mayoría non-sanctas, pero es raro tener a disposición casi toda su filmografía en un mismo lugar: la plataforma Qubit acaba de agregar tres largometrajes y cuatro cortos suyos. La calidad de las copias es excelente y la disponibilidad permite no solo conocer el cine de Etaix, sino seguir sus desplazamientos y oscilaciones en el tiempo.

Su primer largo es El pretendiente (1962), que cuenta la historia de un joven de clase alta obsesionado con la astronomía. A los padres les preocupa que se convierta en un solterón y lo conminan a salir de su habitación y a buscarse una novia. Pierre (el personaje) troca las pasiones celestes por el cultivo de otras más terrenales, y se dedica a informarse, con el mismo rigor de la astronomía, sobre los usos y rituales que rodean al encuentro amoroso. En las escenas iniciales ya puede verse (escucharse) un juego entre la imagen y el sonido: la sustracción o la exageración sonora le permite a Étaix regar unos gags que hacen acordar a Tati. La historia está contada con los convencionalismos y la discreción de las fábulas, lo que seguramente se debe al guion de Jean-Claude Carrière, maestro de la superficie y la ligereza, con el que Étaix traba una unión productiva breve pero fulgurante, opacada solamente por la que Carrière mantuvo con Buñuel. En El pretendiente se fija un tono que recorre toda la filmografía etaixiana: la observación de costumbres es precisa pero nunca cáustica, siempre aparece contenida por una mirada casi infantil que prefiere la crítica amable antes que la sátira destructiva.

A El pretendiente le sigue Yoyo (1965), para muchos su mejor película, tal vez porque es la que más gira alrededor del mundo del espectáculo y suele evocar ideas y adjetivos automáticos, como pasa con Fellini y “lo circense”. El relato toma la forma de una fábula triste: Yoyo es hijo de un magnate empobrecido que abandonó el mundo de las finanzas para dedicarse a su verdadera pasión: el circo. El clan recorre ahora los caminos franceses con un pequeño show. Esos momentos son de una calidez pocas veces vista y trazan un paraíso terrestre: la familia como una compañía de actores itinerantes. Ya adulto, Yoyo, performer reconocido, se propone restaurar el viejo castillo familiar mezclando el arte con los negocios, invirtiendo la trayectoría del padre. A diferencia de El pretendiente, Yoyo se dedica menos a la caracterización de clases y tipos y más al retrato de los personajes, especialmente al de los padres y los colegas del protagonista. Carrière muestra sus dotes como cuentista afable, como si dialogara más con el universo infantil de Disney que con la corrosión disimulada de sus films junto a Buñuel. La melancolía del protagonista se traslada a la película toda. La imaginería de gags de Étaix no parece conocer límites: cualquier objeto le sirve, cualquier espacio puede ser terreno para la comedia física, no importa si se trata de un remolque, un restaurante o un viejo hotel. Yoyo le explica a la chica de la que está enamorado que sus gags provienen de la mirada atenta del entorno: es Étaix el que habla. 

Pero Étaix no es un director especialista, de esos especialmente preparados para realizar uno o dos trucos: el timing cómico es solo un indicio, uno entre otros, de la elegancia y la sensibilidad con la que el director concibe el cine. En una escena magistral de Yoyo, Etaix consigue el raro prodigio de filmar el amor irrealizado: después de cruzarse con Isolina, la acróbata con quien Yoyo no puede unirse (la restauración del castillo familiar los separa fatalmente), los dos hablan y tratan de prolongar el encuentro, pero el tren de ella parte en minutos. Etaix sostiene el plano con Yoyo viendo cómo Isolina camina por un largo pasillo oscuro: cuando llega al final, se encienden las luces de la pista de un circo, ella se saca la ropa y debajo tiene el atuendo característico; unos cables la suspenden y la elevan triunfal sacándola del campo visual (y de la vida) de Yoyo.

Qubit agregó también Basta la salud (1966), un largo compuesto de cuatro cortos. Tenía un recuerdo muy bueno de Basta la salud, pero la segunda (o tercera, no estoy seguro) visión la afectó mucho. De los cuatro, el único corto que funciona muy bien es el primero, el del hombre con insomnio que lee una novela de vampiros en la cama. Los gags explotan la relación entre ficción y realidad, pero sin pose de inteligencia, todo trabaja al servicio de la comedia. Los cortos restantes son largos y los chistes no funcionan. La falta de pulso para la comedia es sorprendente viniendo de un creador prodigioso como Étaix. Es posible que todo se deba a la mano de Carrière: cada uno de los otros tres cortos es una sátira impiadosa a la sociedad francesa de los 60, en especial a la clase media, eso que todavía hoy se sigue se nombra a veces con el anacronismo de “burguesía”. El segmento de la sala de cine es el mejor de los tres, el más imaginativo, al menos hasta que aparece el tema de las publicidades en el hogar: todo se vuelve un largo machacar sobre las presuntas bondades de los productos de moda y sus funciones. La crítica está demasiado fechada, por más que el espectador quiera colaborar la risa sale forzada. Pasa lo mismo con el corto de los automovilistas, la polución y la invitación a “sonreír siempre”, y con el de los turistas que van a pasar el día al campo. Es imposible conocer las causas del fracaso de los cortos, pero bien podemos suponer que se trata de un desbalanceo entre dos perfiles creativos: si la dupla Étaix-Carrière funcionaba perfectamente en las películas anteriores, conteniéndose uno al otro, acá parece que Carrière gana la partida e impone su interés conocido por el retrato satírico de la sociedad francesa (la diferencia puede verificarse con la escena ya señalada: si Etaix mira el mundo que lo rodea en busca del absurdo que pueda proveerlo de gags, Carrière, satirista por naturaleza, no puede sino observar las imposturas y los tics de clase).

Queda, entonces, Ese loco, loco deseo de amar (1969), aunque la nombraremos con el título en francés, El gran amor, que es mucho mejor. El gran amor es la última gran película de Étaix: le siguen después otras menores, mayormente documentales, encargos para televisión y algún corto. La película recupera el formato de fábula que Étaix y Carrière habían logrado sintetizar en Yoyo. El relato cuenta cómo Pierre (de nuevo, otro homónimo), después de una juventud compartida con muchas mujeres, se enamora y se casa con Florence (Annie Fratellini, de quien el propio Étaix se enamoró y casó después del rodaje). Todo sucede velozmente, los años pasan y el protagonista queda atrapado en una vida rutinaria y controlada por la familia de la esposa. Hasta que aparece una nueva secretaria, Agnes, que insufla en Pierre algo de la plenitud y la vitalidad perdidas. 

Étaix exhibe esta vez un arsenal de gags impresionantes, muchos de los cuales muestran un uso inédito de los recursos del cine. Al comienzo, Pierre narra su regreso del servicio militar y el reencuentro feliz con una de sus novias, de la que se despidió tristemente antes de partir; como el relato invierte la cronología y comienza por el retorno y sigue con la partida, los personajes actúan los hechos en ese orden, dentro del mismo plano: el abrazo y las sonrisas se convierten de golpe en gestos de una pena por la separación forzada. El relato avanza, pero la escena y las actuaciones se mueven hacia el pasado: hace cincuenta años, Pierre Étaix ya agotaba en unos pocos segundos la misma idea con la que Christopher Nolan filmó dos películas graves y soporíferas. 

Como Yoyo, y un poco también como El pretendiente, El gran amor pertenece al linaje noble de los cuentos tristes, fábulas discretas que conjugan una visión tan cándida como desencantada del mundo, pero que no apelan a patetismos ni a la exageración, conteniendo y (por eso mismo) expandiendo las emociones. En el cine de Étaix no están la sociología obsesiva y minuciosa de Tati ni la fuga del sentido que habilita el absurdo con la que Carrière, surrealismo mediante, oxigenó las películas de Buñuel. La mirada de Etaix es melancólica, sus personajes añoran mundos perdidos o se lamentan en silencio por las inclemencias cotidianas de la vida que les toca, sin llegar nunca a la complacencia o a la conmiseración. Para Étaix la comedia siempre viene a redimir una realidad aplastante y permite extraer de ella algún resto de esperanza y de vitalidad, incluso en las situaciones más adversas (de paso, nos prevenimos así contra la tentación de recurrir a la figura del “payaso triste”, otro automatismo, como el de “lo circense”, con el que se empobrece la filmografía de un genio como Jerry Lewis, que es objeto frecuente de ese rótulo instantáneo). 

Cuando Pierre le cuenta a su amigo que está enamorado de Agnes y que no sabe qué hacer con Florence, este imagina soluciones, más amables o más terribles, en las que se incluye como protagonista. En una de ellas, le sugiere a Pierre que se divorcie y que le deje la mitad de todo a Florence. Conviene no revelar cómo sigue la escena, que es una de las mejores que Étaix o cualquier otro director hayan filmado.

 

Los films pueden verse en el siguiente link de la plataforma Qubit.

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