A Sala Llena

St. Vincent

(Estados Unidos, 2014)

Dirección y Guión: Theodore Melfi. Elenco: Bill Murray, Jaeden Lieberher, Melissa McCarthy, Naomi Watts, Chris O’Dowd, Terrence Howard, Kimberly Quinn. Producción: Theodore Melfi, Peter Chernin, Fred Roos y Jenno Topping. Distribuidora: Distribution Company. Duración: 102 minutos.

Pedagogía del suburbio.

Al ver una película como St. Vincent (2014), uno redescubre hasta qué punto es necesario el equilibrio de los distintos componentes y/ o responsables del film para revitalizar una premisa tan querida por el público como bastardeada por un sinfín de engendros vulgares. El esquema centrado en los viejos gruñones y malhablados ha sido aplicado en muchísimas propuestas a lo largo de la historia del cine, no obstante muy pocas de ellas han llegado al nivel de la presente: bien lejos de la idiotez de la nueva comedia americana de los últimos años (mote utilizado por gente que desconoce que “nueva comedia americana” hubo en todas las décadas), hoy estamos frente a un verdadero prodigio de la misantropía cotidiana.

El Vincent del título está interpretado por Bill Murray, un señor al que el rótulo “actor” ya no puede hacerle justicia. Esta especie de bestia sagrada del séptimo arte encarna a la perfección a un veterano de Vietnam cuya vida gira en torno al alcohol, las apuestas en el hipódromo, tener sexo con Daka (Naomi Watts), una prostituta rusa, y despedazar verbalmente a cualquier ser humano que se cruce en su camino. Como corresponde con este tipo de convites, el protagonista sacará a relucir su corazón, ese que oculta debajo del blindaje del odio, cuando surja la oportunidad de ganar algunos dólares cuidando a Oliver (Jaeden Lieberher), el hijo pequeño de Maggie (Melissa McCarthy), su flamante vecina.

Llama la atención la soltura y paciencia con las que el director Theodore Melfi administra el desarrollo de personajes en su debut mainstream, luego de una amplia experiencia como cortometrajista y productor: en esencia su receta es sumamente noble y consiste en una pizca de cine contracultural, unos chispazos de comedia indie noventosa, elementos varios de las “feel good movies” más ácidas y una buena dosis de los dramas familiares de la década de los 80, un combo a su vez unificado gracias a la lógica de la conciliación y bajo el tamiz entre autodestructivo y audaz de obras furiosas en la línea deGran Torino (2008), Un Santa no tan Santo (Bad Santa, 2003) y Mejor Imposible (As Good as It Gets, 1997).

Obviando toda banalización del contexto degradado/ degradante en el que habita Vincent, el opus de Melfi analiza desde una perspectiva adulta la desazón que genera la acumulación de penurias a lo largo del tiempo vía el clásico leitmotiv de la complementación simbólica entre el niño y el anciano (el primero recibe una suerte de pedagogía del suburbio y el segundo recupera su dignidad individual al verse obligado a prescindir en parte de su hedonismo). Más allá del excelente desempeño del elenco y un guión rebosante de frases memorables, sin dudas el mayor acierto de la película pasa por su armonía estructural, orientada a la reformulación sutil del rol paterno sin necesidad de recurrir a golpes bajos.

De hecho, la realización se las arregla para esquivar la vacuidad, el desinterés narrativo y las irreverencias de cotillón tanto de los márgenes independientes como del Hollywood contemporáneo, volcándose en cambio hacia una nivelación dramática que estudia cada una de las frustraciones del momento con ojos profundamente humanistas y siempre en pos de la comprensión mutua. Como si dar nueva vida a fórmulas marchitas no fuese de por sí mérito suficiente, el cineasta edifica un retrato encantador e hilarante de los límites de nuestro ensimismamiento: nada más ejemplar que ver a Vincent regando la tierra estéril de su jardín mientras escucha totalmente embelesado Shelter from the Storm de Bob Dylan…

calificacion_4

Por Emiliano Fernández

 

Registros impertinentes.

En los últimos años Bill Murray, se podría decir que desde Perdidos en Tokio, ha representado papeles algo ajenos para la primera parte de su carrera. Aquí en St. Vincent -opera prima de Theodore Melfi- el registro es una leve inflexión de su clásico personaje malhumorado, sarcástico y antisocial, que hemos visto por ejemplo en Hechizo del Tiempo y en Los Fantasmas Contraatacan, esa hermosa versión moderna de Cuento de Navidad de Dickens que hizo el gran Richard Donner. Tal inflexión se presenta -más que por otro factor- gracias a una historia inscripta en un tono dramático, sobre el encuentro de dos personajes diametralmente antagónicos: Vincent  (Murray), un adicto a las apuestas de caballo y al alcohol, plagado de deudas y poseedor de un pasado no muy luminoso, y en la vereda de enfrente (o más bien en la casa de al lado) está Oliver, un niño recién llegado al barrio junto a su madre, una flamante divorciada.

Vincent y Oliver se encuentran, en especial por una necesidad del primero de sacarle unos dólares a la madre del segundo, a cambio de hacer de niñero unas horas. La relación avanza por el camino seguro de las estructuras narrativas: momentos de comedia, drama y alguna pequeña tensión pero sin las variaciones esperables en una estructura demasiado genérica. Los secundarios desfilan -también- en registros que oscilan entre la constipación y el ridículo, en el primer caso el papel de madre compuesto por Melissa McCarthy, parada en la mitad de la comedia y el drama lacrimógeno de telefilm, y el segundo es una Naomi Watts en la piel de una prostituta, con un acento símil ruso, desbordante de clichés a su paso.

Para el final llega el momento de la beatificación. Los rasgos interesantes de la actuación de Murray se desvanecen en la secuencia de la ceremonia, realizada en honor a este hombre común, que ha hecho cosas notables en un pasado algo lejano para las nuevas generaciones. Probablemente la estirpe de un actor añejado que ha surcado nuevos senderos es la que mantenga algo de firmeza en la historia. Su pasión recién aparece registrada en un epílogo antológico para los créditos, en los que Murray canta arriba del clásico Shelter from the Storm de Bob Dylan, para esta instancia la sensación de desperdicio de recursos humanos se cuela de manera inconsciente.

calificacion_2

Por José Tripodero

 

Devotos de nuestro patrono Bill Murray.

William James Murray es un actor estadounidense nacido en Wilmette, Illinois, en el año 1950. Se convirtió en un nombre dentro de la industria del entretenimiento más grande del mundo bajo el apócope de “Bill”. Bill Murray siempre fue un tipo con un timming natural para la comedia, no vamos a descubrir nada nuevo a esta altura. Pero ese estilo cómico comenzó a mutar en Hechizo del Tiempo (Groundhog Day, 1993) y llegó a su pico de éxtasis en Perdidos en Tokio (Lost in Translation, 2003).  Esa mutación en su estilo no hizo más que ayudarnos a ver en las pequeñas acciones a ese gran actor que es Bill Murray -ya dijimos muchas veces Bill Murray, ¿no?- capaz de transmitirnos un universo de sensaciones con una pequeña mueca o una mirada con esos ojos caídos, incrustados en un rostro ajado que da la sensación de haber llegado al mundo mucho antes que en 1950.

St. Vincent es exactamente eso, una celebración de ese actor “mínimo” en que supo transformase con el paso del tiempo, convirtiéndose en un intérprete que -en la clave del antiguo star system- traspasa su escencia interpretativa de una película a la otra: parece haber encontrado la fórmula según la cual menos es más y la adapta con facilidad a personajes que parecen haber sido creados a su imagen y semejanza.

Bill Murray -ahí vamos de nuevo, nombrándolo por la enésima vez- interpreta a Vincent, un viejo gruñón, ex combatiente, alcohólico, apostador y putaniero en cuya vida ingresan Maggie (Melissa McCarthy) y Oliver (Jaeden Lieberher), madre e hijo respectivamente que se convierten en sus nuevos vecinos. Maggie, en calidad de madre recién separada y único sustento económico de la familia, encuentra en Vincent a un vecino que la saque de apuros y cuide a Oliver cuando esta tapada de trabajo. Vicent, como buen busca vida, no ve con malos ojos recibir un poco de dinero a cambio de compartir el mismo espacio físico con un niño de 10 años. Vincent y Oliver irán formando un lazo muy particular que se convierte en el corazón del film, un film que intenta mostrarnos como todas las personas pueden tener un costado miserable y amable al mismo tiempo. Y es justamente esa alternancia entre miseria y amabilidad lo que le da el tono justo al relato.

Y si de personajes miserablemente amables se trata, vale la pena resaltar el trabajo de Naomi Watts interpretando a Daka, una prostituta rusa embarazada que tiene a Vincent como cliente habitué. Es sumamente interesante prestar atención a la ductilidad que ha sabido incorporar con los años Watts al momento de componer personajes, basta con ver su actuación en este film y compararla con la performance mostrada en Birdman (2014). Melissa McCarthy también se luce en un papel que tiene más peso dramático del que está acostumbrada a manejar en el universo de la comedia (terreno del cual no se había alejado mucho hasta el momento). Alivia ver a McCarthy ir más allá de su zona de confort y probar suerte en un rol distinto, desafío del cual sale airosa. Permite descubrir ciertos atributos que van más allá de ser esa mujer robusta y graciosa que no le teme al slapstick en sus comedias.

Más de un profesor de guión a quien le hubiese llegado esta historia a su escritorio hubiese sentenciado “pero esta historia no tiene conflicto, ¿cuál és el conflicto?”, una pregunta clásica del repertorio de muchos catedráticos. El encanto de St. Vincent radica en que -a simple vista- puede parecer para los más quisquillosos como una película sobre la nada misma, pero cuyo corazón no está en lo que pasa, sino en cómo pasa lo que pasa, y la forma en que esos personajes tan particulares van dando lugar a una historia formidable, a pesar de un tercer acto que tal vez se apoya un poco más de lo debido en el sentimentalismo del happy ending. Prueba latente de que nadie es perfecto y eso guarda dentro de sí algo increíblemente fascinante: St. Vincent se encarga de aclararlo, por si alguno todavía no se avivó. Y que nadie se levante de la butaca sin ver la secuencia de títulos hasta el final… sin desperdicio.

calificacion_4

Por Alejandro Turdó

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