A Sala Llena

Stranger Things 4

INOCENCIA SALVAJE

Hubo un momento entre el comienzo de Stranger Things y el desenlace de los últimos capítulos en el que la serie trazó los contornos de algo que, sin tener nada de nuevo, mostraba sin embargo una gran vitalidad narrativa y sensorial, un gusto infrecuente por el trabajo con la imagen, las texturas o las canciones. No volvimos a ver nada parecido, o a lo sumo lo hicimos solo de a ratos, entre el final de la primera temporada y el comienzo de la cuarta. Hay muchas explicaciones para esto y que no nos interesan ahora, pero que tienen que ver seguramente con las exigencias propias de una franquicia, que obliga a prolongar las historias y a multiplicar personajes y conflictos siguiendo un mandato que excede al de la ficción. Los hermanos Duffer nunca fueron narradores sino más bien ensambladores, bricoleurs encandilados con la cultura de los 80, menos dotados para los rigores del buen contar que para el diseño de la nostalgia y sus placeres. Después de haberse desorientado con tantas tramas y nuevos personajes y el coming of age, los Duffer reencuentran ahora, en la cuarta temporada, el pulso de la primera. Lo hacen de manera un poco deshilachada, como quien busca algo a los tumbos. 

Lo cierto es que la nueva aventura de Eleven y sus amigos ya es vista como una iteración previsible de un repertorio conocido: el espectador ya no espera deslumbrarse con algún golpe de la trama, sino apenas ver qué se modifica del upside down y qué se transforma en el mal que siempre acecha. Los Duffer aprendieron de sus debilidades y fortalezas: los hermanos entienden que lo suyo no es la sofisticación narrativa sino el despliegue de un mundo confeccionado con retazos de una memoria compartida. Entonces, nuestro dúo parece que, finalmente, pudiera dejar de preocuparse con este asunto de la cohesión del relato: en la nueva temporada hay chiquicientos grupos de personajes, además de algunos recién llegados (y algún otro redivivo) y la narración le dedica a cada línea una atención dispar que genera desbalances todo el tiempo. El más notable es el que le toca al contingente de Mike, Will y Jonathan, que desaparecen un buen tiempo de la historia principal y, cada vez que vuelven a la escena, lo hacen brevemente y alicaídos, con algunos chistes malos, siempre guiados por el tontón de Argyle. Pero esto no importa, a fin de cuentas, porque los Duffer están dedicados exclusivamente a diseñar la amalgama de pasado y emoción que le dio a la serie un perfil distintivo en los primeros capítulos de 2016. Cada espacio es un setting popular, cada conflicto un guiño al cine y la televisión conocidos, y el villano reúne en torno de sí el caudal de referencias que el fan espera para jugar el juego (un poco rutinario) de la decodificación (esta vez, el telón de fondo lo proveen, a grandes rasgos, Pesadilla y Freddy Krueger). 

El drama de Lucas, que ahora es deportista y hangea con los chicos cool, no importa; tampoco el de Eleven, que padece el bullying que las high-school movies descargan sumariamente sobre el distinto; menos el de Hopper, al que le tocó una suerte peor: el tipo es ahora un prisionero en una cárcel rusa de máxima seguridad. Hay más y menos de lo mismo, solo que ahora cada historia se ramifica y expande con una pericia más desigual que otras veces. Pero los Duffer confían en sus habilidades culinarias: hay que juntar ingredientes, mezclarlos y batirlos hasta ver qué sale. Por ejemplo, la trama de Hopper se construye sobre tradiciones que el cinéfilo reconoce con gusto, como la de las películas de escape y la saga de alien. Alrededor de Hopper, al que David Harbour le da una carnadura demoledora con una notable economía (en la que reverbera la gestualidad de los clásicos, de Gary Cooper), se labra una seguidilla de viajes, huidas, planes, espionajes e infiltraciones que le inyectan a la historia una fuerza sin dudas prestada, pero con la que los directores pueden sortear las dificultades y los obstáculos que supone filmar y narrar. 

Este (feliz) descuido por los rigores narrativos reconfigura el sistema interpretativo. Millie Bobby Brown y Finn Wolfhard, que hacen a Eleven y a Mike, no pueden replicar el brillo de otras temporadas (a Winona directamente le dan pocas líneas y siempre le ponen al lado un partenaire) y, en cambio, algunos otros actores encuentran los medios para adueñarse de la serie: además de David Harbour, Sadie Sink (Max) le da a su personaje una complejidad inhallable en los demás, una mezcla de fuerza y fragilidad, de nervio y precisión semejante que nos hacen dudar sobre las causas del prodigio (¿fueron los Duffer, que de golpe se inspiraron para escribir, o es solamente Sink, que se abre paso sola, munida únicamente de su talento?). 

Algo parecido sucede con el arlequín metalero Eddie, por lejos el añadido más poderoso de la temporada, pero que el relato, curiosamente, olvida durante demasiado tiempo. La trama se las arregla, sin embargo, para que el bueno de Eddie tenga una de las escenas más impresionantes de la serie, un momento de gratuidad narrativa que se sitúa más allá del relato y que cabe perfectamente dentro de lo que se suele llamar fan service. La carga estética del momento, no exenta de una belleza sobrecogedora, nos recuerda que Stranger Things es una criatura todavía briosa, aunque algo domesticada que, de vez en cuando, cuando logra moverse más allá de los mandatos sumarios del guion, es capaz de regalar estos estallidos de vida, esta inocencia salvaje.

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