A Sala Llena

Todo en todas partes al mismo tiempo (Everything Everywhere All at Once)

Multiverso o Un verso múltiple de aquellos.

Debo estar envejeciendo, más allá de mí naturaleza biológica inherente al tiempo, y con ello arrastrando lo peor de una vejez prematura e intolerante hacia mi costado, digamos, más  intelectual. Y con lo de intelectual no me refiero estrictamente al pensar y al razonar, en este caso el cine. Sino también al disfrute. A su eterna y amable mitad lúdica, lugar siempre cuestionado por ser un entretenimiento y con ello su estigma de superficialidad instantánea. Prejuicio poco reflexivo al que se suele someter el cine de “entretenimiento” (casi como si fuese un género aparte, de “entretenimiento”, así con comillas). En resumen, el cine de entretenimiento, el blockbuster, los grandes tanques, etc., jamás fueron rechazados por este humilde servidor. Por el contrario, nací en LA década más prospera para el cine de evasión. Precisamente en 1984, año de Gremlins, Cazafantasmas, Un detective suelto en Hollywood, Footloose, Indiana Jones y el templo de la perdición, etc. Amén de obras maestras como Terminator y Pesadilla en lo profundo de la noche. Ese mismo cine, al que me entrego y disfruto con creces, fue en su momento bastardeado y soslayado por una generación anterior a la mía que no aceptaba su función medular única: entretener y divertir. El tiempo cambia, el arte se amolda a las demandas de la gente. El público quiere cosas nuevas y el cine no es ajeno a esto, claro está. Los tiempos son otros y el nuevo milenio un volcán que eructa novicias maneras de expresarse.  

Hoy en día las demandas del cine están destinadas al fandom, la “nerdeada”, como llamamos algunos. Sí, ese que disfruta de comics, cine, libros, mangas, anime, video juegos y cualquier forma de expresión artística popular. No por nada pululan hoy en día con enorme éxito las películas de Marvel y DC, las de dinosaurios, las inspiradas en libros de aventuras y fantasía y un largo etc.  

Parte de ese nuevo concepto, de dirigirse a un público determinado, es el que me tiene ahora escribiendo estas modestas líneas. Tal vez como descarga. Quién sabe. Lo cierto es que dejó en manifiesto las sensaciones, la posición y reflexión que una película suscitó en mí. Y eso es particularmente positivo aún cuando dicha obra no sea de mí agrado. Por eso Todo en todas partes  al mismo tiempo, de Daniel Kwan y Daniel Scheinert, dan fe de ello.  

Película pavota si las hay, sobrecargada por exceso y acumulación, donde “todo vale”, donde lo “random” predomina como triunfo total de una cultura que festeja el sinsentido y la canchereada fácil y gratuita. De todo eso y más hay de sobra. Porque lo que predomina es la sobreinformación, el (otra vez) exceso absoluto. Es una parafernalia que eleva hasta el paroxismo el cine de hoy en día: un cúmulo montañoso de referencias o en todo caso, un cúmulo narrativo de ideas inconsistentes. Un pastiche incontrolable y a su vez insufrible. Esto no es Ready Player One y su discurso sobre la cultura popular nostalgiosa. No. Esto se halla en otro nivel.  

La historia arranca bien: una familia china asentada en los Estados Unidos maneja una lavandería que parece estancarlos y condenarlos a una vida abúlica, aburrida y monótona. Hasta que, en esa cotidianidad aniquiladora, Evelyn (Michelle Yeoh) descubre un extraño suceso donde este mundo y muchos más están conectados, en otras dimensiones, con sus respectivos yo, cada uno en distintos estatus sociales, habilidades y destinos. Lo que ahora se popularizó como Multiverso. Sí, un verso múltiple de aquellos. A esto se le suma la posibilidad de conectarse y desconectarse de los otros universos y poder acceder al conocimiento e información de cada uno. Las cosas se complican cuando se entera de que su hija, en otros universos, parasita un mal que la convierte en un ser tan poderoso como un Dios desbocado capaz de sembrar pánico y desolación por donde pase. Evelyn deberá transformarse de la noche en la mañana y pasar de ser la simple dueña de un negocio que limpia la mugre de los demás a ser la potencial salvadora del universo que habita.  

Después del planteo, ese donde los límites como la paciencia del espectador se tuercen al límite, el film comienza a alardear sobre la inventiva a la que nos someterá: un despilfarro que de tanto manoseo argumental y estético termina aburriendo, más en una obra que literalmente licúa el cerebro durante más de 2 horas veinte. Piñas, patadas, gente volando, chistes bobos, gente viajando a otras realidades, chiste bobo, patadas, escatología y así hasta agotar nuestros sentidos en lapsos cortos y sin dejar que el espectador descanse un segundo las retinas ya calcinadas. Al terminar la función salí aturdido por el uso y abuso de un montaje que sin ir más lejos, en una escena en particular, podría causar un severo ataque de epilepsia (esto no es joda) a cualquier mortal. El montaje golpea más por efectista que por herramienta narrativa bien utilizada (¡perdónalos Walter Hill!).  

Un día después de verla me tomé el atrevimiento de leer las reseñas de dicho monstruo cinematográfico (por llamarlo de alguna manera) y me sorprendió la buena recepción por parte de la crítica especializada. Algunos elogiaban su inventiva, su imaginario visual, como si la acumulación de ello fuera sinónimo de creatividad. En fin; solo contra todos o solo contra nadie. 

No me la veía venir, claro está. Allí me pregunté, no preocupado pero si entregado, si era yo quien no había entendido el sentido de la película. Si el problema estaba en mí. Si no tenía la capacidad intelectual para llegar a absorber lo que la película entregaba y que haría con todo aquello que reflexioné sobre ella. Si era el fin de mí relación de espectador con el cine y si toleraría desde ahora en adelante cada estreno de este tipo de películas. Aún no lo sé. Es muy probable que me haya convertido en un dinosaurio del jurásico, escondido en una cueva con un manojo de clásicos en VHS y un reproductor que las pase una y otra vez ad infinitum. En comparación, la última Jurassic World, estrenada hace semanas, es una obra maestra hawksiana. Ya sé hacia dónde huir y ocultarme cuando el cine se transforme en esta nueva forma de contar historias.  

(Estados Unidos, 2022)

Guion, dirección: Dan Kwan, Daniel Scheinert. Elenco: Michelle Yeoh, Stephanie Hsu, Ke Huy Quan, Jamie Lee Curtis. Producción: Dan Kwan, Mike Larocca, Anthony Russo, Joe Russo, Daniel Scheinert, Jonathan Wang. Duración: 139 minutos.

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