A Sala Llena

Una excursión a Yamagata (1)

Así empezó todo

Nunca fui a Yamagata, una ciudad que queda a unos trecientos kilómetros al oeste de Tokio. Tampoco fui a otro montón de lugares, pero a Yamagata podría haber ido hipotéticamente, ya que allí funciona, desde 1989 un festival de cine documental que se celebra cada dos años. Como este año no les toca hacer el festival, armaron una pequeña retrospectiva de las películas japonesas que pasaron por allí y las ofrecen gratis a partir de hoy y hasta el 24 de este mes en la plataforma DAFIlms. El ciclo se llama: Made in Japan, Yamagata 1989-2021. 

No son más que diez películas y decidí mirar qué había allí. No conocía los títulos ni el nombre de los directores, salvo a Naomi Kawase y a Ryūsuke Hamaguchi, la nueva estrella del circuito internacional de arte, director de las premiadas La rueda de la fortuna y Drive my Car (que se vieron respectivamente en Bafici y en Mar del Plata pero no tuve el gusto). 

Me pareció claro por donde había que empezar. Por una película cuyo título es A Movie Capital, dirigida por Iizuka Toshio y editada, entre otros, por Ogawa Shinsuke, importante director japonés de documentales, además de fundador e inspirador del festival. Se trata de un making of de la primera edición del festival que se proyectó en el segundo. Hay varias películas que transcurren durante un festival de cine. De hecho, comenté aquí una que se llama Communists! de Christopher Small, que pasó en el Bafici y transcurre durante el festival de Sheffield, del cual Small era programador el año pasado. Ahora se ocupa, entre otras cosas del sitio DAF y fue él quien me llamó la atención sobre este programa. Pero no hay muchas películas que documenten el hecho en sí además y supongo que hay menos que tengan alguna gracia. Y esta película la tiene con creces.  La primera edición de Yamagata transcurrió entre el 10 y el 15 de octubre de 1989, es decir que duró apenas seis días, aunque fueron suficientes como para que allí se concentraran la ciudad, el cine y el mundo tal como eran en ese momento. El título mismo, Una capital de cine, que bien podría haber sido también Una capital del mundo, o por qué no, Un capital en cine sugiere la intención de los organizadores de que todo pasara por allí en esos seis días. Confieso haber tenido esa misma sensación en 2001, cuando me tocó dirigir el Bafici. Incluso la tuve en otros festivales: algún Cannes, algún Rotterdam y, muy especialmente, en Mar del Plata 1996 y en el primer Bafici de 1999 también. En esas semanas sentí que el mundo se detenía y lo único importante era lo que se proyectaba en las salas y los encuentros programados o aleatorios que ocurrían en las entrevistas, los bares, las fiestas y los pasillos.

Esa atmósfera es la que impregna A Movie Capital y la película está tan inteligentemente construida que se va desplazando de lo oficial a lo informal, de las formas mortuorias de los festivales entendidos como apéndices de la gestión cultural y las batallas políticas a su expresión más autónoma y menos previsible. La película empieza con un homenaje fílmico a Joris Ivens, que había muerto ese año y fue durante mucho tiempo la inspiración de izquierda para los documentalistas. Tras ese prólogo se pasa a mostrar brevemente un ensayo de la banda escolar que practica para la ceremonia de inauguración, el discurso del alcalde, la llegada de los cineastas al aeropuerto, una postal del jurado. Los visitantes no entienden japonés, los japoneses apenas lo hablan: todo depende de la buena voluntad y de los traductores. Se anuncia que de las 221 películas de 36 países se seleccionaron 15 para la competencia oficial. Hay también alguna sección de homenajes y un foco paralelo en el cine regional. Está todo ahí: la solemnidad acartonada de los funcionarios, la energía de los directores jóvenes, la espontaneidad del público, la perplejidad de críticos. Todos entienden que están viendo algo muy diferente a lo que están acostumbrados en una ciudad pequeña, de apenas 250 mil habitantes. Son seis días que no cambian el mundo, pero lo muestran desde otro lado. Yamagata fue uno de los primeros festivales dedicados al documental y empezó en el momento justo como para convertirse en una encrucijada de todos los caminos. 

Luego, A Movie Capital se interna en algunas de esas quince películas, empezando por una llamada The Lodz Ghetto, hecha por una pareja de americanos que usó los diarios escritos y el material filmado y fotografiado por las víctimas del nazismo. La película parece más bien un gran esfuerzo de documentación con música pero me permitió pensar que la idea de Yamagata era poner en primer plano a las víctimas, aunque no de un modo demagógico sino auténtico, desde la idea de que los documentales permiten mostrar lo que no aparece en otros medios por censura, falta de interés y frivolidad. Incluso la frivolidad ideológica que ocultó una película como Nadie escuchaba, de Néstor Almendros y Jorge Ulla, sobre las cárceles cubanas, una película ciertamente incómoda en un medio de izquierda como es un festival inspirado en Ivens. Almendros aparece en Yamagata en un Q&A y un crítico le pregunta por qué, si él es famoso por su fotografía tan sofisticada, hizo una película filmada tan sencillamente. Almendros contesta que ser demasiado artístico es sospechoso, que lo que querían era mostrar los testimonios sobre las cárceles del castrismo de los que nadie quería hablar. Aunque hoy está disponible, esa película fue casi imposible de ver durante mucho tiempo.

Después de Almendros aparece una especie de contrapartida ideológica con Jon Jost y su discurso de izquierda radicalizada. Dice que él y los integrantes de la generación de los sesenta intentaron cambiar los Estados Unidos y no lo lograron. “Ellos ganaron y nosotros perdimos” dice Jost.  Y cuenta que estuvo dos años en la cárcel por combatir contra la guerra de Vietnam. Después dice que su país es el peor del mundo, y que los japoneses tienen otra idea de comunidad. Y que cuando él era chico no había homeless en las calles de las grandes ciudades de su país. Se lo veía joven a Jost entonces, pero tan exaltado como lo conocí diez años más tarde. En otro momento, Ogawa va a la habitación del director polaco Andrzej Marek, que parece haberse tomado unos cuantos vodkas y se pone a gritar que el socialismo fracasó pero el capitalismo también es una mierda. El aire estaba caldeado entonces. Hoy, como si la Guerra Fría hubiera recomenzado, sería difícil encontrar a alguien diciendo eso en un festival. 

En cambio, sería muy fácil encontrarse con una directora como la brasileña Raquel Gerber y su discurso afro-feminista light: el típico mensaje que nunca molestó a nadie pero está cargado de el pintoresquismo for export latinoamericano de esos años (y de estos). En cambio, muy raras son las imágenes de una película eslovaca, Pictures of the Old World, sobre un hombre que se jacta de que, sin poder usar las piernas y caminando arrastrado, pudo hasta construir una casa. Más tarde nos enteraremos de que la película estuvo censurada en su país porque mostraba cosas desagradables.

Ese más tarde es esencial en el timing de la película. Como dijimos, el festival se celebró en octubre de 1989. El Muro de Berlín cayó un mes más tarde. Así, sobre el final del film, se muestran las imágenes que una directora manda sobre gente pintando sobre los restos de la infame pared. El director eslovaco también manda el permiso para usar la entrevista que temía que se difundiera. Así termina la película, mostrando la ebullición y la pujanza de aquel tiempo. 

Pero antes pasan dos cosas. En un panel sobre documentales asiáticos, se anuncia que hay dos lugares vacíos: uno es el de un realizador chino que hizo una película sobre la masacre de Tiananmen, también ocurrida en 1989, al que las autoridades no dejaron viajar a Japón. La otra silla es de un coreano del sur al que su gobierno enjuició por hacer críticas políticas y tampoco pudo viajar. Un panel muy representativo de las encrucijadas históricas.

La otra cosa interesante es la rebelión de los cineastas asiáticos, enojados porque no hay ninguna película de la región en la competencia oficial. Liderados por el filipino Kidlat Tahimik, el tipo más simpático y también el mejor vestido del festival, que presentó una película sin un rollo y luego sería un prócer del documental de su país, los cineastas asiáticos firmaron un manifiesto y se juramentaron para que en futuras ediciones del festival sus obras estuviesen representadas. Así ocurriría, como veremos más adelante. Pero la verdad es que Tahimik y su informalidad se roban la película, que bien podría llamarse De Joris a Kidlat. 

La película tiene el buen gusto de no decir quién ganó la competencia. Fue una película llamada The Crossroad Street, del olvidado cineasta latvio-soviético Ivars Seleckis del que no logré averiguar demasiado. Este Seleckis (que no Zemeckis), le ganó a Robert Frank (que participó con Route One) y a Van der Keuken. Incluso a nuestro vecino Ignacio Agüero (que no el Kun). No pude averiguar quiénes integraron el jurado. En el sitio del festival no figura. Supongo que no lo mencionan por pudor. 

La pasé muy bien viendo A Movie Capital. Las cuestiones personales influyeron, pero les recomiendo la película. La experiencia vale como un viaje en el tiempo a Yamagata ’89. Apúrense que solo dura en cartel una semana. 

© Quintin, 2022 | @quintinLLP

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