A Sala Llena

XIX Festival Internacional De Teatro Santiago A Mil: Medea o el Odio de una Pasión

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Medea o el Odio de una Pasion

Dirección: Rosario Arena. Iluminación: Teatro Mori, Bellavista, Gastón Ciamberlani. Elenco: Carlos Concha. Coproducción: Italia-Chile.

Es difícil odiar…

Medea, tragedia griega de Euripides, escrita en el 431 ac. Para muchos eruditos una de las mejores obras de su autor, y en la que exalta la figura femenina. Medea es formidable, sabia, fuerte, hábil, luchadora y por ello es amada por unos, pero respetada y temida por todos.

Medea, hija de reyes, que además proviene de linaje divino, puede decirse que es utilizada por Jasón, quien logra casarse con ella, con el objetivo de lograr varias situaciones de éxito personal, para abandonarla una vez conseguido el mismo.

¿Y cómo puede ser el despecho, o más aún el odio de una princesa? Puesto con esta frase, suena imposible, las princesas no odian y mucho menos las de linaje divino. Pero Eurípides nos intenta mostrar que “la capacidad de odio, es la misma que se tiene para el amor”. Medea mata a su hermano por amor, se va al exilio abandonando sus tierras en donde es poderosa, por Jasón, traiciona y utiliza su magia contra todos los ataques, por defender a su amor. Al llegar a Corinto, su marido pide la mano de otra mujer con la que se casa y se olvida de ella, para volver a enviarla al exilio, ya sola.

Hecha esta introducción nos adentraremos en al análisis de esta puesta. Es elogiable el mantenimiento del texto original de Euripides y el intento por traerlo a nuestra época, haciendo un planteo postmoderno en la interpretación. Es destacable también, aunque no haya sido la primera vez que se hace -ya que eso no es razón para que no sea valorado- el que Medea sea un alto y musculoso exponente masculino, cubierto con apenas unos trapos que hasta permiten ver el abultamiento que lo diferencia de lo femenino. Y es remarcable lo actoral, en toda su parte maratónica, relacionada con una increíble destreza corporal ante un gran desafío. Sin embargo, ninguno de todos estos reconocimientos alcanzan, aunque lo intenten, a cubrir lo que no es posible cubrir.

En primer lugar y lo más importante, es que no parece una buena idea el representar toda la obra de Euripides, con su texto completo y todos los diálogos que lo componen, mediante un solo actor. Si estamos ante un unipersonal, este requiere una adaptación a monólogo, con el objetivo de que al actor no le ocurra lo que le ocurrió: obviamente la imposibilidad de cubrir siempre con medios originales los cambios de personajes, pertenecientes a la totalidad de los diálogos de una tragedia. Lo maratónico de su trabajo actoral no tenía forma de no surgir o toda la obra –o unipersonal- hubiera sido un completo fiasco.

Sin embargo, una vez planteado el desafío, hay varias cosas que es justo reconocer. La puesta en escena se compone de una escenografía con un buen manejo estético y varios recursos escénicos inteligentes.

La obra comienza con un pilón de basura formado en su mayoría de diarios (buena elección el que no haya muchos otros desechos, para mantener la gama de colores). No vemos que de allí saldrá Medea, como resurgiendo de sus cenizas; una Medea Homeless y oscura, ya que lo que se trata de transmitir es que todo lo bueno que había logrado en la vida, es ahora basura.

La puesta no es una estética del desecho, Medea solo es Homless. Un telón de fondo ensangrentado, que por momentos proyecta una impactante imagen de sombra, se encuentra bien trabajado, al igual que las dos sillas de buena madera, atadas, haciendo las veces de trono o barco. Pero mientras se mantiene cierta universalidad de la época en el vestuario y los materiales nobles de la escenografía, un carrito de compras de nuestras abuelas, arruina un poco la belleza hasta allí generada, por salirse del código de lo universal.

En cuanto a utilería es destacable el espejo, con el que se utiliza el recurso de la duda de Medea, en el momento en el que habla con la Nodriza y trastabilla respecto de cometer el crimen. En ese caso está bien resuelto el que haga ambos personajes, como hablando con su conciencia. Pero en casi todo el resto de los cambios de personajes, el actor solo se coloca la corona y hace de rey, para sacársela y hacer de Medea, etc. Recurso casi de infantes de escuela haciendo un chiste. La idea era insólita sin una adaptación del texto. Pero como ya dijimos, una vez tomado el descabellado reto, bastante logran tanto la dirección como la actuación.

El vestuario es en general muy bueno. Tanto el especie de vendaje que tapa las partes genitales, como formando un pequeño pantaloncito corto, más una franja que le cruza el pecho, cual Tarzán o amazona-, pero cuyo color crudo y estilo responde a la estética que intenta traer reminicencias tanto de la época en la que era representada la obra, como de un postmodernismo con el que busca una mirada renovada. El vestido de novia es de un destacado diseño, y es muy interesante sin dudas la capa de reina, con su delantera  trabajada con pequeños pedazos de metal como de desecho pero de formato similar, cuidando siempre el estilo. El material demasiado brillante, como de piloto, vuelve a romper el código estético que la misma puesta plantea, pero en este caso es un detalle.

Por último es un gran acierto -como vestuario y recurso- el traje de actualidad (u 80´s) que representa a Jasón, y a la forma en la que va a cometerse el asesinato. En el momento en el que Medea lo abraza, el actor coloca uno de sus brazos en una de las mangas, manejando la disociación corporal, como si Jasón estuviera con ella. Hay que reconocer lo sublime del momento.

La iluminación por el contrario es endeble. Azules intercalados con rojos en una hilera de tachos visibles que se anulan entre sí, y demasiado color cálido o demasiada visibilidad para una tragedia tan oscura (con mayor oscuridad se hubiera visto menos el brillo plástico de la bata) y hubiera venido bien un verde, el verde muerte del que habla Lorca, para darle un tono de mayor misterio relacionado con ésta.

Finalizando la descripción de lo más llamativo de la puesta, a favor y en contra, diremos que no es en absoluto feliz la utilización de dos corazones de vaca crudos y bien visibles que el actor sostiene en cada mano, simbolizando los de cada uno de sus hijos, en el último minuto de duda acerca del filicidio. Cuando el personaje le da un mordisco a uno de ellos descompone a media sala, que en ese momento piensa lo mismo que un crítico: era innecesario. En particular si se recuerda que Eurípides no era partidario de que las escenas de turbulentas ocurrieran en pleno proscenio, sino, por el contrario, tras bambalinas.

Finalmente pasaremos a hablar de una de las cosas que más sostiene un unipersonal: la actuación.

Dijimos que el actor hacía un trabajo maratónico, sosteniendo por completo sólo todos los diálogos de la Medea de Euripides y dijimos que es un reconocido artista. Sin embargo hay algo que falta. Con un entrenamiento corporal realmente destacado, Concha sostiene con perfectísima idioneidad la obra, a cada paso. ¿Pero es “la idoneidad” lo que diríamos que requiere esta obra, e incluso en su planteo de “el odio de una pasión”? Responderemos esta pregunta al final de este escrito. Si bien fuera de ritmo, demasiado apurado, demasiado maratónico, hay un momento brillante relacionado con su destreza (y varios otros no están nada mal). Cuando el actor comienza a temblar lentamente y a ascender en intensidad ese temblequeo hasta convertirse en saltos, y esos saltos a hacerse cada vez más grandes, mientras dice uno de los textos de la ira de Medea, que lo hacen verse como una máquina de odio imposible de quebrarse. Sin embargo ésta es la cuestión. Euripides quiso siempre mostrar la humanidad de una mujer poderosa, de una princesa y de una diosa, no describió una máquina de odiar. “La obra exalta los valores femeninos y defiende la condición de la mujer”, según la mayoría de los estudiosos. De hecho tanto el actor como la dirección son plenamente conscientes de esto, de su dolor, su flaqueamiento, su culpa, su remordimiento, su duda, y de nuevo su dolor. El actor intenta llorar, sufrir, odiar. Pero no lo consigue. Su entrenamiento y autocontrol, sumado al suprahumano reto de cubrir todos los personajes, le impiden encontrarse afectado realmente en el centro del pecho.

Gran desafío, en bastante cubierto. El amor no tiene sexo, no tiene límites cuando es tan profundo. Pero es difícil odiar…

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