A Sala Llena

Zeros and Ones

En Zeros and Ones Abel Ferrara –lo viene haciendo en toda su etapa italiana, pero aquí más pronunciadamente– le resta jerarquía a la imagen prístina de píxeles del formato 4K que el cine industrial reclama como mínima condición tecnológica “cine qua non” –gracias, Guillermo “Caín” Cabrera Infante– para salir a la cancha a rodar, al igual que Chaplin se burlaba del arribo prepotente del sonido en toda la película, aunque puntual y despiadadamente en la escena del descubrimiento del busto solemne en Luces de la ciudad (City Lights, 1931). 

Un 25% de lo que vemos en Zeros and Ones es ininteligible por estar fuera de foco o en movimiento indiscernible, y la casi totalidad de este porcentaje, más otro porcentaje mayor, ajeno, proviene de una serie de pantallas diegéticas que se suceden ante nuestra vista: celulares, monitores, cámaras, televisores y hasta reflejos en vidrios y zonas metalizadas o lustrosas. 

En esta fusión, o más bien en este amasijo de bytes en que se ha convertido la alquimia de la imagen en nuestra era, la digital, es la plataforma desde la que se enuncia la forma de la película; es que el personaje protagonista, muy bien actuado por Ethan Hawke (que nunca actúa mal), atraviesa una fase de escisión personal casi atomizadora, catalizada por una razón biológica –un hermano gemelo–, otra honorable –la obediencia debida a su rango militar– y otra atávica –la pervivencia de la especie en la presencia de una madre y un hijo pequeño. 

Sigamos. La casi totalidad de las imágenes nocturnas son de calidad deficiente, entendiendo esta deficiencia como ausencia, en el aspecto técnico, de una voluntad de ilustración visual canónica en la aplicación de lo estético como el que señalamos en el primer párrafo; y decimos “casi” porque Ferrara utiliza el por lo general acomodaticio recurso del dron, pero lo hace con una mirada plástica de sensibilidad suficiente para que redunde en la captura de una ciudad italiana en plena pandemia, oscura como el medioevo y sola como un verdugo; el “Qué linda fotografía”, comentario esteticista y superfluo que representa uno de los males del cine moderno, no tendrá cabida entre los espectadores de este nuevo título. 

Sólo puede señalarse como rubro aparte (aunque de efectividad mancomunada al conjunto) la música, dada a la grandeza compositiva del músico Joe Delia –otro integrante del núcleo duro creativo ferrariano–, que aquí es de una madurez heterogénea, oscilando entre las posibilidades guturales, monocromas, disonantes, sacras (es católico, como Ferrara) y siniestras de los pentagramas que canalizan el trabajo iconográfico de su amigo.

A su estreno mundial en el prestigioso festival de cine de Locarno en agosto, el hábil felino cazador de imágenes que hay en Ferrara se llevó el Leopardo de Plata a la mejor dirección; en la web IMDb, el promedio del puntaje es de 4 sobre 10. Esto dos datos hablan a las claras del antagonismo de nuestra era, que es el abismo que nació con el cine mismo al nacer arte pero también espectáculo, pero que se profundizó en las últimas décadas: que el cine que quieren hacer los cineastas de verdad no tiene nada que ver con las tendencias falaces del público que opina con la boca llena, un público que en el fondo –a pesar de su conducta animalista en las salas– sólo busca calidad, aunque es dificultoso hacer comprender esto último a los ladrones de gallinas que se quedan con la parte del león en este negocio.

¿Por qué a Ferrara le importa un higo –como decía Spinetta– la valorización meramente fotográfica de la imagen? Podemos arriesgar esta teoría: Abel sabe más por viejo que por Ferrara, y lo que sabe es lo que sabemos todos: una imagen por sí misma es fotografía, pero una imagen combinadas con otras puede ser cine, y a esa búsqueda que va más allá de la representatividad regresa este autor que empezó en las mazmorras sudorosas del cine pornográfico; y sí, su cine ha ido de la mugre químicamente fílmica de la imagen a su sublimación pluscuamperfecta libidinosamente hiperrealista; ambas realidades, dice Ferrara, al acercar la lente son porosas.

Este es un relato en el que cunde la paranoia y el espionaje ubicuo de las multipantallas que nos registran. Una versión pobre de Enemigo público (1998) de Tony Scott. Zeros and Ones no es comparable al peregrinar extremo de culpa católica engendrado por Harvey Keitel en Un maldito policía (Bad Lieutenant, 1992) porque aquí no hay descenso a los infiernos para ascender a la redención expiatoria, lo que postulaba el guion de Nicholas St. John, el colaborador creativo principal de Ferrara en la década de los noventa; Zeros and Ones es una película sobre la redención, sí, pero a través de la ética profesional como lo era Un maldito policía a través de la moral religiosa.

La libertad que ha alcanzado el director de El rey de Nueva York, El funeral y otras gemas en su exilio radical (por búsqueda de “raíces”) en Italia es comparable al de Raúl Perrone, el realizador de películas de Ituzaingó, Buenos Aires: se favorecen del microcosmos que han elegido para vivir; comparten entrega total a las peripecias insospechadas del lenguaje en una metodología que va construyendo película a película la forma que los identifica; su presente de experimentación con el bajo o nulo presupuesto financiero y de consolidación de presupuestos estéticos. 

Zeros and Ones empieza y termina con un video casero de Ethan Hawke en su casa, prologando y epilogándola, insertos que despistaron a algunos críticos que cubrieron Locarno, confundidos con las tareas de la agencia de prensa con las decisiones de Ferrara, que quedan a cielo abierto cuando, en el epílogo, Hawke agrega al final del mismo: “Ah, por cierto, esto es parte de la película; ahora sí termina”. Y, efectivamente, ahí termina: vemos los créditos: Hawke no ha mentido, ni dentro ni fuera del relato.

Imágenes diurnas de niños correteando en plazas públicas en cámara lenta tranquilizadora es la coda institucional-familiar (“Cada niño es un milagro”, dice Hawke en el epílogo que las procede) que Ferrara, el libertario, elige para terminar una película joven y moderna que parece haber sacado de la galera, pero de la galera de un nigromante anarquista y borracho, de los que saben lo que dicen.

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Alemania, Italia, Estados Unidos, Reino Unido, 2021)

Guion, dirección: Abel Ferrara. Elenco: Ethan Hawke, Cristina Chiriac, Phil Neilson, Valerio Mastandrea, Anna Ferrara. Duración: 86 minutos.

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