A Sala Llena

Amour, según Emiliano Fernández

Antesala al infierno.

¿Qué se puede esperar de Michael Haneke más allá de un atolladero de sensibilidad neutralizada, ironía automática y frigidez todo terreno? Si nos sinceramos, Amour (2012) calza perfecto junto a los otros representantes individuales que componen la acotada obra del austríaco, algo así como un misántropo facilista con una compulsión irrefrenable hacia el sadismo que -paradójicamente- gusta de criticar ese mismo paradigma de “tortura infinita” que subsiste incrustado en nuestra sociedad. Lejos de la parodia sardónica símil Stanley Kubrick, el señor está a gusto en el circuito arty del shock y el festín hardcore.

Desde ya que hablamos de una película mucho más punzante de lo que suele ser el “patrón estándar” del cine industrial actual; no obstante no puede pasar inadvertido el hecho de que en términos ideológicos y/ o emocionales, aquí nos reencontramos con los atajos narrativos de siempre, esa habitual despersonalización de protagonistas y un alto grado de falta de compromiso para con los tópicos tratados. Cayendo varios escalones por debajo de la interesante La Cinta Blanca (Das weiße Band, Eine deutsche Kindergeschichte, 2009), el film en cuestión es un retrato eficaz aunque genérico sobre la vejez y sus consecuencias.

La trama gira alrededor de una pareja de profesores de música retirados compuesta por Georges Laurent (Jean-Louis Trintignant) y Anne (Emmanuelle Riva). Los octogenarios conviven tranquilamente y disfrutan de una existencia burguesa elitista hasta que, luego de una crisis catatónica, ella debe ser operada de urgencia por una arteria carótida bloqueada. Así las cosas, nadie se sorprenderá cuando la cirugía salga mal y Anne quede con la mitad de su cuerpo paralizada e inmediatamente confinada a una silla de ruedas. Haneke es un experto planteando la situación pero bastante torpe en lo que hace al desarrollo dramático.

Todos aquellos que hayan tenido episodios similares a nivel familiar/ amistades/ pareja, conocerán las regiones trabajadas. Por otro lado, el resto del público ya habrá deducido que en Amour prima un ritmo aletargado que pretende generar claustrofobia a partir del recurso de no salir casi nunca del departamento del matrimonio. A pesar del simplismo y esa típica incapacidad para despertar empatía, el cineasta ratifica su prolijidad formal y su talento para la dirección de actores, lo cual no compensa el desenlace trasnochado a la Atrapado sin Salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975) de esta gélida antesala al infierno…

calificacion_3

Por Emiliano Fernández

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