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CRÍTICAS - CINE

Anida y el Circo Flotante, según Eduardo Elechiguerra Rodríguez

¿Qué historia puede surgir del aburrimiento de una vidente incapaz de recordar el pasado? Esto lo puede responder Anida y el Circo Flotante (2016).

La película animada narra, en clave de musical, la rutina de un circo que viaja por barco de pueblo en pueblo para hacer presentaciones. El personaje principal es, por supuesto, Anida, quien se siente aburrida de leerle las manos a los clientes. La novedad llega para todos cuando un curioso mago aparece por las aguas y lo rescatan por órdenes de la dueña del circo, Madame Justine.

Si bien la trama contrasta el sometimiento en el que tiene Madame Justine, la dueña del circo, a sus circenses con la añoranza de Anida por un pasado que no puede recordar; el encanto de la película se encuentra en los números musicales donde Anida, Madame Justine y el mago cantan sus penas. Es de admirar que todavía se estén componiendo musicales para niños en el cine. Es un género donde queda la añoranza de que la música alivia las penas solitarias que llevamos con nosotros.

Por otro lado, los tonos azules y violáceos de la animación entraman un estilo en el filme así como la lectura de manos de Anida elabora trazos dorados que muestran el futuro narrado por ella para cada cliente. Contrastan cada uno de los personajes, no sólo por los colores y formas con las que han sido diseñados, también porque cada uno está sometido por las órdenes de la Madame, a quien además la caracterizan dos cejas gruesas sin que sus ojos sean visibles, como si la hubiese enceguecido el poder. A la vez, cada personaje se opone con su historia personal. Los personajes más curiosos en este sentido son los que directamente están privados de libertad dentro del mismo circo y sólo salen para las funciones. En ellos, la pena moviliza la trama a través de consejos hacia los personajes principales o, finalmente, desencadena la resolución. Porque la pena siempre puede ser un motor para afinar las habilidades dormidas en estos personajes.

La fuerza del trabajo vocal recae en el canto, si bien a ratos hay discrepancias entre la animación de cada personaje y su voz. En la dinámica del musical, donde el canto surge en una situación de aparente tranquilidad, Liliana Romero y Martín Méndez aprovechan la animación para reelaborar el mundo imaginado por estos personajes. Anida canta sobre su pasado inexistente, Madame Justine canta lo perdido y el mago sobre sus inquietudes amorosas a través de la magia. Al final, el amor y la magia entorpecen a estos personajes. El efímero encanto de la película es que hace música y animación de ello.

 

 

© Eduardo Elechiguerra Rodríguez, 2017 | @EElechiguerra

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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