A Sala Llena

Batman vs. Superman: El Origen de la Justicia, según Alejandro Turdó

Poder sin límites.

Godzilla vs. King Kong, Rocky vs. Apolo, Freddy vs. Jason, Samid vs. Mauro Viale… la batalla que enfrenta opuestos es la clase de espectáculo que atrae a las masas. Dos pesos pesados de sus respectivas disciplinas dispuestos a dirimir cuál es el mejor. El triunfador elevará su figura hasta el zenit y el perdedor será por siempre mirado con menosprecio. ¿Pero qué pasa cuando se enfrentan dos de los buenos? ¿Qué pasa cuando el Hombre de Acero se mide mano a mano con el Hombre Murciélago? Un dilema de semejante calibre -que divide aguas entre fans, nerds, geeks y visitantes ocasionales del universo súper heroico- intenta ser esclarecido en Batman vs. Superman: El Origen de la Justicia (Batman v Superman: Dawn of Justice, 2016).

La trama recoge el guante ahí donde lo dejó El Hombre de Acero (Man of Steel, 2013). Tras la épica batalla entre Superman y el General Zod, la opinión pública se divide entre quienes ven al hijo de Kriptón como un Dios salvador y aquellos que lo consideran una potencial amenaza, entre ellos el mismísimo Batman, quien ante los hechos decide seguirlo de cerca. Al mismo tiempo el joven empresario multimillonario Lex Luthor quiere utilizar kriptonita, el único elemento capaz de debilitar a Superman, para crear un arma que lo tenga a raya. Mientras hace todo esto, decide echar más leña al fuego de la rivalidad entre los dos pilares de la justicia con el fin de enfrentarlos entre sí y poder hacer de las suyas en un segundo plano. Nada que no sepamos gracias a los extendidos trailers que pudimos ver en los últimos meses.

Los excesivos 151 minutos entregan una primera mitad en la que Zack Snyder -también detrás de la cámara en El Hombre de Acero– desarrolla con extrema lentitud y secuencias un tanto dislocadas una trama que no necesita tanta sobreexplicación. Las detalladas secuencias en cámara lenta suelen ser marca registrada de Snyder y la belleza de su estética no se discute, como ya demostró en Watchmen (2009) y Sucker Punch (2011)… ¿Pero realmente necesitamos emplearla para volver a mostrar la muerte de los Wayne y la caída de Bruce en la cueva de los muerciélagos? ¿Acaso no está el Batman Inicia (2005) de Nolan demasiado fresco todavía como para tornar necesario este tipo de reinterpretaciones?

La inminente confrontación entre los álter egos de Bruce Wayne y Clark Kent finalmente pone en marcha la parte esencial de la trama y la hacen avanzar, pero la forma en que esa confrontación está construida deja bastante que desear y su desarrollo argumental no resiste un análisis muy profundo. Por supuesto todos disfrutamos de ver este choque de colosos que tanto anticipabamos, pero un poco más de trabajo desde el guión -para llevarnos hasta dicha instancia de forma más sólida- hubiese sido agradecido.

El tono excesivamente solemne da pocas oportunidades para descontracturar con algo de humor, y cuando lo intenta se siente forzado y fuera de tono. DC podría haber tomado nota de las últimas películas de su archienemigo Marvel como Guardianes de la Galaxia (2014), Ant-Man (2015) y Deadpool (2016); y su obsesión con utilizar el humor como forma de descomprimir situaciones que amenazan con quitarle la diversión a películas cuyo núcleo nunca dejará de ser “héroes salidos de las páginas coloridas de un cómic”.

Sin dudas los últimos 35 minutos de película son aquellos por lo que la hinchada pagó la entrada y donde vemos la mayoría de las más de 1500 tomas con efectos especiales que componen el film. Como mencionamos anteriormente, el despliegue visual al que Snyder nos tiene acostumbrados arrolla cada una de las escenas finales. Al mismo tiempo el tercer acto presenta cierta “aglomeración” de personajes que nos hace recordar a los desaciertos de El Hombre Araña 3 (2007) pero sin peinados emo ni momentos musicales, afortunadamente. Esta acumulación se percibe menos como una necesidad del relato y más como un intento de congeniar con cierto sector demográfico. Las escenas especialmente diseñadas para anticipar el abanico de próximas producciones de la casa DC están a la orden del día y no hacen más que desviarnos del verdadero conflicto.

La idea no es ser intencionalmente duros con la epopeya que puso por primera vez juntos en la pantalla grande a los dos máximos titanes del universo fantástico, al menos no más de lo estrictamente necesario. Pero es el contexto actual el que nos lleva a no sorprendernos: con una nueva película de superhéroes llegando a las salas cada 90 días, el evento pierde espectacularidad, carece del factor sorpresa. Estamos viendo a Kal-El y al justiciero de Ciudad Gótica cara a cara para definir quién es el más guapo del barrio, pero el marco deja de impactar, sin  importar cuántos edificios rompan y qué enemigo tengan enfrente. Amén del nombre de los Semidioses que decoran los posters en el lobby del cine, es difícil que estén a la altura de las expectativas que la propia industria genera y que nosotros como público exigimos.

Con un final que acomoda varios prólogos en cadena y cierra -paradójicamente- al mejor estilo Nolan, la sensación final es la de estar ante una obra que intenta satisfacer a todos y terminará siendo mayoritariamente funcional a aquellos menos exigentes para con este tipo de producciones. Frente a una obra que por cierto deja una y mil puertas abiertas, la cuestión será si tendremos ganas de atravesar dichas puertas o lo haremos por puro reflejo pochoclero.

calificacion_3

Por Alejandro Turdó

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