A Sala Llena

Blue Valentine, según Cecilia Martinez

Todo tiempo pasado fue mucho mejor

¿Cómo no conectarse emocionalmente con esta película? ¿Cómo no sentir empatía e identificación con estos personajes o con algo de la historia? Independientemente del momento que uno esté transitando cuando la mira, independientemente de cómo uno esté anímicamente, esta película te destroza, te angustia, por momentos te asfixia, y despierta una serie de preguntas y reflexiones que resultan ineludibles después de mirarla.

Blue Valentine es el segundo largometraje de ficción del director y guionista Derek Cianfrance, quien dirigió principalmente documentales, muchos de ellos sobre la vida de diferentes músicos. Menciono esto porque la película tiene algo de documental en su estética, en su acercamiento a la realidad, en la intimidad con la que Cianfrance nos muestra las vidas de los personajes y en el realismo de la historia, gracias a un trabajo de cámara muy interesante que contribuye a crear las distintas atmósferas.

La historia ya es conocida; un matrimonio, el contraste entre el presente angustiante y el pasado feliz. El contraste es expresado desde todo punto de vista: narrativo, visual, estético. Y Cianfrance construye esta historia mediante flashbacks y se encarga de dejar muy en claro las diferencias entre los dos momentos; no hay vueltas ni recovecos en esta historia (lo que no implica que no haya conflictos intrincados ni situaciones sumamente conflictivas entre los personajes). Más allá del cambio estético evidente entre los dos momentos (tonalidades más claras para el pasado, tonalidades más sombrías y oscuras para el presente), el uso de la cámara es llamativo.

En el presente, tenemos una cámara en mano y primerísimos primeros planos de los protagonistas, casi todo el tiempo, al punto de provocar cierta incomodidad en el espectador en varias escenas. Este recurso, como mencionaba antes, genera una sensación de intimidad, de acercamiento, que nos permite meternos de lleno en la historia, en las sensaciones de los personajes, ver de cerca sus expresiones, hasta la más mínima mueca. Muchos planos están compuestos por ellos dos, uno en primer plano y el otro en segundo plano, más difuso. Todo esto nos muestra con crudeza y realismo la distancia, la lejanía que hay entre ellos. El presente es terrible y patético; la pareja ya está en crisis, la rutina hizo estragos en la vida marital de los protagonistas y ya casi no hay lugar para el disfrute o la espontaneidad.

En cambio, en el pasado todo tiene, literalmente, otro color. Las tonalidades son más claras, los escenarios, más coloridos; los protagonistas están radiantes y la cámara no los acecha sino que los capta con planos más generales, los retrata en toda su plenitud; ellos son pares y la cámara se encarga de mostrarlos como tales. El pasado simboliza la felicidad que hoy ya no tienen. Los espectadores somos testigos del origen de este amor, de cómo se enamoraron, de cómo se disfrutaban, de cómo se reían y de cómo jugaban.

Los continuos flashbacks resultan, entonces, muy angustiantes, porque los contrastes son muy fuertes pero a la vez muy creíbles y eso también se debe, en gran medida, a las actuaciones de sus protagonistas, Ryan Gosling y Michelle Williams. Ambos actores se meten en la piel de estos personajes y nos brindan una actuación que fascina por la honestidad, la austeridad y el realismo que le impregnan a la historia. En esta película no hay golpes bajos, solo un retrato absolutamente verosímil de la decadencia de una pareja disfuncional.

Además de lo mencionado anteriormente, la banda de sonido acompaña increíblemente bien esta transición de estados y de tiempos. La mayoría de los temas pertenecen a la banda estadounidense Grizzly Bear, de rock/pop experimental y psicodélico. El tono melancólico y oscuro de ciertas canciones no hace más que acompañar maravillosamente la atmósfera de desolación, resignación y dolor del presente de la historia.

Y como dije al principio, y pasando a analizar un poco más la historia, la película me despertó ciertas preguntas y reflexiones (justamente el verbo es “despertar” porque hace rato que las tengo y, de vez en cuando, salen a perseguirme): ¿cómo es posible haber sentido algo tan fuerte por alguien y años después odiar a esa persona al punto de sentir rechazo y no tolerar casi nada de ella?, ¿qué mecanismos operan en la psiquis humana para que tales variaciones en los sentimientos sean factibles en un lapso no tan prolongado de tiempo?, ¿es posible tener felicidad a largo plazo con una pareja?, ¿cómo se hace para no caer en el inevitable hastío de la rutina y la costumbre?, ¿cómo se construye una pareja sana partiendo de dos individuos con sus propias historias y sus propias conflictivas? Y, como le pregunta Michelle Williams a su abuela en una charla memorable: “¿cómo podemos confiar en nuestros sentimientos si un buen día desaparecen?”.

Por supuesto que no tengo respuesta para ninguna de estas preguntas como tampoco la película las tiene. Los seres humanos somos tan complicados, tan intrincados, con nuestros pensamientos, nuestra historia, nuestros deseos, nuestros “potenciales” y, en algún momento de la vida, nos juntamos con un otro, un otro con todos los equivalentes anteriores “suyos”, y eso, esa unión, tiene que funcionar durante años. No se, ¿es realmente viable? ¿por qué cambiamos tanto? ¿por qué una pareja cambia tanto al punto de que se tenga que programar una salida para emborracharse y tener sexo porque ni eso ya es algo espontáneo ni placentero? ¿cómo lidiamos con las dificultades del otro? ¿cuánto estamos dispuestos a tolerar de la disfunción del otro? No lo se, no creo que nadie lo sepa, pero está bueno que nos lo preguntemos y que intentemos pensarlo, o no. Quizá solo haya que relajarse y disfrutar de esto tan corto que transitamos sin tanta angustia ni tanto dolor. No lo se.

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