A Sala Llena

Brigsby Bear & Brawl In Cell Block 99

Las historias las cuentan los narradores y las viven los personajes. Una gran historia con buenos personajes es una maravilla. Una buena historia con grandes personajes es todavía mejor. Pero una gran o buena historia con malos personajes es un despropósito. No debería existir. Es la contradicción absoluta del saber contar historias. También están los malos narradores, aquellos que sin las herramientas, pueden dormirte palabras después del “Había una vez…”. Admiro a los grandes narradores, todos ellos que escriben una “gran historia con buenos personajes” porque, sea simple o compleja, tienen el talento de hacerla apasionante y que la satisfacción dure ya finalizado el cuento.

Pero tienen una diferencia frente a las “buenas historias con grandes personajes” que, no siendo ni mejor ni peor, me hacen sentir especial apego por estas últimas. El narrador experto en contar historias apropia la misma y la dota de su sello, pero son los personajes quiénes caminan los pasos que les marca y dicen las palabras que les dictan. El personaje, al igual que la historia, es una creación del escritor. Lo curioso es que la narración delata un artista creador, mientras que un personaje puede trascender el artefacto, vivir, transformarse en un ser creíble y sin hilos que lo sostengan, aun cuando es una ficción desde el primer momento.

Los grandes personajes nos hacen olvidar que son creados y, por lo tanto, nos hacen creer más todavía en las historias que nos están siendo narradas. El hallazgo de un personaje bien escrito puede hacer invisible la compleja tarea del buen escritor. Reposa exclusivamente en ellos que creamos sus reacciones antes las vueltas del guion, las fuerzas opuestas o los antagonistas. Sí, siempre vamos a saber que lo que sucede no es real, pero hay una gran diferencia en decir “sí, esto es inventado” a creer en la invención. No hay nada mejor que una historia con personajes de carne y hueso, sin que esa expresión sea un lugar común.

Tal vez lo poco mencionado en estas interpretaciones a la hora de narrar a un personaje lo más escencial es el amor. No me refiero a comedias románticas o melodramas, sino a todo tipo de género. El creador debe amar a sus personajes. Tiene que entenderlos, pero no siempre justificarlos. Puede juzgarlos pero no castigarlos. De hacerlo, que sea justificable en el universo de la historia, pero no un castigo que el creador sienta que deba darle. Eso es una traición al poder que tienen como narradores.

El año pasado se estrenaron dos películas inmensamente opuestas, pero el amor que rebozaban por sus personajes principales me hizo querer relacionarlas. No fueron estrenadas en Argentina, por lo que habrá que buscar en Internet para poder verlas.

Una es Brigsby Bear, una bonita comedia dramática indie, con todos los tics que se le puedan encontrar al género. La película podría ser una más del montón: protagonista que intenta adaptarse a un mundo desconocido (literalmente, ya que en la historia, él viene de un mundo ficticio creado sólo para sus ojos), rodeado de personajes que quieren ayudarlo, pero no saben cómo. Fotografía luminosa, música alegre, actuaciones en registro específico y diálogos que dejan silencios para subrayar rarezas. Lo que venía convirtiéndose en una indie hecha a fórmula se vuelve una emocionante historia de aceptar y aceptarse. Formar parte de algo sin dejar de ser uno mismo, a la vez que logramos unirnos con alguien sin modificarlo. ¿Cómo logra esto?

Queriendo a sus personajes. No duda de ellos. Nos los humilla. Los define. Son seguros de ellos mismos incluso cuando no entienden dónde están parados. No los hace pasar malos momentos, y si tienen un pequeño traspié, siempre hay alguien a su lado que los intenta ayudar. Si otro persona no puede conectar, no es por ser una mala persona, sino que también está intentando hallarse. Los personajes son humanos en una historia que, en algunas líneas, puede ser un absurdo total. Pero están bien escritos, están delineados para que se comporten según las circunstancias. Cometen errores creíbles e incluso aquel con más cinismo tiene un factor que lo justifica.

De esa manera, la película puede no ser la maquinaria de reloj que muchas se jactan de ser, pero tienen unos personajes tan lindos que uno llega al final de su viaje con una satisfacción enorme. Es feliz con ellos porque fue parte de una pequeña aventura completamente factible.

Brawl In Cell Block 99 es harina de otro costal. No sólo es difícil compararla al lado de una película feliz con lindos personajes como Brigsby Bear, sino que es complicado recomendarla por sus propia naturaleza. Un brutal thriller carcelario que no escatima en violencia física y verbal, con seres tan sórdidos que uno desearía dejar a cada uno de ellos en la celda más repugnante y tirar la llave al mar. Los personajes, de alguna manera u otra, tienen matices que rompen con la moralidad. Trafican, roban, engañan, hieren o matan. Su protagonista, Bradley, trabaja para un narcotraficante llevando paquetes y trayendo dinero. Sin remordimientos o cargos de conciencia, él hará lo que sea con tal de mantener su estilo de vida: vivir con su esposa embarazada.

Los golpes vendrán más adelante, viéndose obligado a moverse a puño limpio por circunstancias que el guion expone con simpleza y a su debido tiempo. La crudeza que ejerce Bradley de un momento a otro no se siente improvisada, pues él esconde un pasado violento que no hace falta describir en escenas con diálogos expositivos. La grandeza de este guion es presentar un personaje en una seguidilla de breves escenas contundentes, muy austeras en puesta en escena y diálogos, pero que tienen el mismo impacto que las trompadas que propicia Bradley.

Con todo el amor y respeto que pueda tenérsele a un personaje así, el guionista se luce con acciones justas y palabras mínimas para entender a Bradley. Saber por qué es cómo es y por qué hará lo que hará. Los primeros 15 minutos de la película están tan brillantemente escritos que justifican el ritmo atolondrado con que sucederán los eventos siguientes. Logran imposible no querer estar del lado de nuestro protagonista. No porque creamos que está bien lo que hace o lo celebremos, tal vez ni se nos pase por la cabeza, sino porque creemos que este personaje es existe y debe comportarse así. Esa es la buena narración de historias.

El arte de crear grandes personajes. En ver humanas a personas que en la vida real tendríamos contradicciones en justificarlos, pero alcanza el talento para que podamos seguir sus pasos bien de cerca y nunca sentir que estamos por encima de ellos. Escapamos de nuestra realidad para entrar a otra, que juega con otras reglas y otros códigos, para que los mismos tengan un sentido tangible.

Las historias no sin difíciles de imaginar. Uno puede parar la oreja y escuchar algo que haya pasado en cualquier parte o de algún conocido. Esa es la realidad. Crear otra realidad es lo difícil. No sólo por lo verosímil de los hechos, sino porque sus personajes tienen que ser lo suficientemente

fuertes para que creamos en ellos. Que se comportan como tal y no por una mano divina del narrador. Cuando finalmente sentimos que se mueven por sus propios medios y decisiones, es cuando la magia está hecha. La historia fue contada, pero el personaje ha cobrado vida.

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