A Sala Llena

#CANNES75 | Cannibalismos 02: Infancia

En un determinado momento de El adversario (Satyajit Ray, 1970), cuya restauración se ha presentado en Cannes Classics, unos turistas americanos se asombran de todo cuanto ven en Calcuta: “¡Mira, una vaca! ¡Qué país tan increíble!”. En Le otto montagne, de Felix van Groeningen y Charlotte Vandermeeersch (Competición), los protagonistas, Pietro y Bruno, que han reconstruido una cabaña en lo alto de la montaña, en los Alpes italianos, reciben la visita de unos amigos. Uno de estos destaca lo maravilloso que puede resultar vivir en contacto con la naturaleza y Bruno le contesta de inmediato: “Lo que vosotros llamáis naturaleza para nosotros son las montañas, los prados, los senderos. Tenemos que ponerles nombre para saber por donde nos movemos.” Nada nuevo bajo el sol, son siempre los mismos conflictos cuando se confronta la visión urbana con la rural, la del turista con la del residente habitual. Algo que puede percibirse no en los temas, sino también en la propia concepción de ciertas películas. Es el caso de la franco-portuguesa Alma viva (Semana de la Crítica), ambientada en el norte de Portugal, en Trás-os-Montes. La dirige Cristèle Alves Meira, nacida en Francia de padres portugueses. A través de una niña, su propia hija, vuelve a la tierra de sus orígenes para filmar una comedia negra en la que se evidencia todo el paternalismo y la visión atávica que tiene del país de sus padres, un cúmulo de supersticiones, ignorancia y pura maldad. No se puede rodar en vano en a misma tierra que en su día filmaron Reis & Cordeiro o António Campos. 

Los problemas de Le otto montagne son de otra índole, por más que su visión del mundo rural sea más honesta. Otra cosa es la relación que establece entre sus dos protagonistas, desde que son niños en los ochenta hasta su vida adulta, la que mantienen también con sus respectivos padres, los viajes al Himalaya de Pietro o la necesidad imperiosa de hacer avanzar el relato elipsis tras elipsis, rehuyendo cualquier intento de desarrollar mínimamente  cualquier conflicto dramático. La paradoja es que una película concebida para gustar a toda costa (y a ser posible sin molestar) acaba naufragando por su duración excesiva (dos horas y media) y una voz en off literaria, aleatoria e innecesaria. 

God’s Creatures, de Saela Davis y Anna Rose Holder (Quincena de los Realizadores), está ambientada en pequeño pueblo de pescadores en Irlanda y plantea un conflicto ético al que se ve abocada una madre (Emily Watson) cuando miente para salvar a su problemático hijo de una fundada acusación de violación. Muy bien filmada, con una notable captación de ambientes y una resolución ejemplar, God’s Creatures es una decepción, sobre todo si la compramos con la película anterior de este duo, The Fits (firmada en solitario por Holder, con Davis responsabilizándose de la edición y la coescritura), con su tourneriana aproximación al fantástico al describir la extraña enfermedad que asola a las componentes de un grupo de baile juvenil. Extraña el salto radical de ambientes, pasando de una comunidad afroamericana de Cincinnati a la costa irlandesa para filmar además un guión ajeno que parece responder a un esquema ya muy trillado, el del realismo social europeo, por mucho que la sombra de su anterior película sugiera alguna amenaza latente en cada plano del mar o en esa maldición que afecta a los pescadores del pueblo, reticentes a aprender a nadar. 

La nueva película de James Gray, Armageddon Time (Competición), nos devuelve a los ochenta, exactamente a 1980, y a la infancia, aparentemente a la biografía de su autor. En un giro en la carrera de Gray, que parecía destinado a hacer películas cada vez más grandes y aparatosas, Armageddon Time (por la canción de los Clash y una cita de Ronald Reagan en las elecciones de aquel año que ganaría de calle) tiene algo de una primera película, por más que la historia sea la de otro conflicto moral, el que afecta a su joven protagonista, Paul, que se puede entender también como la más perfecta metáfora de cómo los destinos de los norteamericanos estás condicionados por cuestiones raciales y sociales y poco se puede hacer para cambiarlos. Muchas de las películas de Gray abordaban cuestiones familiares o de pertenencia a una comunidad (religiosa, profesional), pero aquí aparca el lirismo característico de su cine y apuesta por un relato desapasionado que solo deja algunos atisbos de emoción en su segmento final (a partir de la despedida del abuelo). Pero es este planteamiento el que se corresponde con la decisión racional final por la que Paul separa su camino del de Johnny y el que hace de Armageddon Time una gran película. 

Jerzy Skolimowski hacía como cuarenta años que no era seleccionado a competición. Lo hace ahora de la manera más inesperada con Eo, muy probablemente la película más extraña que nos encontraremos este año en la Competición. Eo es el nombre del protagonista, un burro que como el de Al azar, Baltasar sirve de hilo conductor de la historia. Pero si en Bresson Baltasar era como la enfermedad de La ronda, el elemento narrativo que pasaba de personaje a personaje para construir una historia coral que reflexionaba sobre la crueldad y maldad humanas, en Eo el protagonismo recae en el burro (interpretado por media docena de équidos) y su recorrido por toda Europa, desde Polonia a Italia, hasta la mansión de una condesa que interpreta Isabelle Huppert, lo único que deja de manifiesto es la estupidez humana. Sin apenas diálogos, lo que nos propone Skolimowski es un viaje sensorial que, inesperadamente, guarda bastante relación con su largometraje de 2010, Essential Killing. A Cannes se le suele acusar, con bastante razón, de una política de programación bastante previsible, tanto que es fácil encontrar las razones que llevan a que una película tan mediocre como Le otto montagne esté en Competición. Si la presencia de Skolimowski ya constituía no poca sorpresa, la propia naturaleza de Eo y su llamativo dispositivo eran algo que pocos podíamos imaginar. Y los festivales deberían apuntar más hacia esta línea. 

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