A Sala Llena

#CANNES75 | Cannibalismos 08: Volcanes

Además de tres o cuatro títulos incuestionables, uno de los mejores recuerdos de Cannes 2021 son varias películas con tono de comedia o que no pretendían sermonearnos con temas importantes y que conformaban un porcentaje muy representativo de la Competición del año pasado: Compartiment n.º 6, The Worst Person in the World, Les Olympiades, Red Rocket, Benedetta o incluso France. No es algo muy habitual, más bien al contrario. Las películas de festival se supone que deben abordar temas sociopolíticos y estar más cerca del drama que de la comedia. Así que este año hemos vuelto a girar 180º y estamos donde casi siempre, con abundancia de películas un tanto pesadas y solemnes. En cualquier caso, esto no va demerito de la calidad de las películas. Es el caso por ejemplo de la mayor sorpresa que nos ha dado hasta el momento la Competición: Leila’s Brothers, de Saeed Roustaee, una película iraní de casi tres horas sostenida por un guión y unas interpretaciones portentosas. Que los múltiples personajes no paren de hablar y lo hagan de forma endiablada resulta por momentos un tanto irritante, pero todas las películas necesitan imponer su forma narrativa y Leila’s Brothers precisa que nos vayamos acostumbrando a sus personajes y conflictos familiares, en este caso el enfrentamiento de un padre con sus cinco hijos, todos en la cuarentena y viviendo en el hogar familiar cada vez que rompen con sus respectivas parejas. Menos Leila, que siempre ha vivido allí y quiere liberarse por fin del yugo de sus padres, por lo que propone a sus cuatro hermanos abrir una tienda aprovechando los ahorros paternos. La intención de este es muy otra: “comprar” con ese dinero la posición de Patriarca del gran clan familiar, ahora que ha quedado vacante. 

Roustaee es un gran guionista y su película es un portento de escritura, en la línea de un Farhadi, aunque a él no le interesan tanto los conflictos morales como pintar un fresco costumbrista de la sociedad iraní en un momento histórico de hiperinflación. Y lo más llamativo es cómo va hilando los intereses de los seis protagonistas principales en secuencias que, en su complejidad (discusiones corales, movimiento de los personajes en un espacio reducido, duración), tienen algo de berlanguiano, por más que Roustaee no se sirva nunca del plano-secuencia. ¿Cuánto dura, por ejemplo, la secuencia en la que la familia discute sobre el regalo de boda y que acaba con el padre cayendo por la escalera? ¿Quince minutos? Por no hablar de la set-piece  en la que el padre debe ser proclamado nuevo Patriarca, con sus centenares de invitados, los bailes o los conflictos privados y públicos entre distintos personajes, una secuencia digna de un Coppola en buena forma. Leila’s Brothers es un drama con ribetes de comedia, con mucho humor soterrado, aunque no sabría decir si desde una perspectiva iraní lo que domina es el drama o la comedia, por más que uno tienda a pensar que sí hay cierta vocación satírica y que los nombres de un Berlanga o un Monicelli no quedan tan lejos. 

Por el contrario, en Godland, de Hlynur Pálmason (Un Certain Regard), se habla muy poco, pero su tono es  aún más solemne. Ambientada en Islandia a finales del XIX, allí llegá un sacerdote danés con la misión de levantar una iglesia en el sur de la isla, antes de que llegue el invierno. Aficionado a la fotografía, el sacerdote opta por el camino más largo, desembarcando en el otro extremo de la isla para fotografiar los paisajes y sus gentes. El viaje, que se desarrolla por esos paisajes tan desolados como sublimes, recuerda al de Jauja, de Lisandro Alonso (también a Blanco en blanco, de Théo Court), no solo por el viaje por un escenario deshabitado y la época, sino también por el propio formato cuadrado de la imagen, con las cuatro esquinas de la pantalla redondeadas, explicitando el rodaje en cine. Sin embargo, Pálmason no es Alonso y su película carece de misterio, por más que su segunda mitad (y esta es también una película que supera generosamente las dos horas), ya ambientada en la pequeña comunidad que albergará la iglesia, consiga sacar a flote algún que otro conflicto entre los personajes (entre islandeses y daneses, principalmente), más una imposición de guion que una respuesta a la lógica interna de la primera parte parte de la historia. Tenemos el viaje y tenemos el asentamiento, el trayecto característico de toda colonización; y separando las dos partes, la naturaleza salvaje de Islandia, con un volcán en erupción. Precisamente, los mejores momentos de Godland, película de una solidez incuestionable, derivan del retrato de esta comunidad incipiente que se formará en torno a una iglesia (el escenario característico de tantos westerns), un retrato que no llega a entrar en erupción, como el de Leila’s Brothers, sino que se va cociendo a fuego lento. 

Por todas estas razones películas como Fogo-Fátuo, de João Pedro Rodrigues (Quincena de los Realizadores) y sus 67 minutos de duración deberían de ser de inclusión obligatoria en cualquier festival, por una cuestión de salud mental (y si faltasen esas películas, reponer la de Rodrigues sería hasta recomendable). Fogo-Fátuo parte de dos sucesos de actualidad que se interrelacionan: la pandemia del Covid-19 y los incendios del verano de 2017 en Portugal (en especial el de Pedrógão), por más que esté ambientada en un arco temporal muy grande que va de 2011 a 2069. Su protagonista es Alfredo, príncipe heredero al trono portugués o al menos príncipe pretendiente (“¡No seas republicano!” parece la frase favorita de esta familia real), que, conmovido por los incendios, decide presentarse como bombero voluntario. Allí conocerá a Afonso, que ejercerá de instructor (y amante). Pero la instrucción que le espera es un desafío a sus estudios de historia del arte: los bomberos posan componiendo distintas figuras que imitan cuadros famosos y que Alfredo deberá acertar (spoiler: no acierta ni uno). Rodrigues vuelve así al universo del corto O Corpo de Afonso (2012), a una estética queer que toma como base la historia de Portugal y sus reyes mártires; en este caso será el Covid-19 lo que posibilite el ascenso al trono de Alfredo, aunque sea solo en espíritu. Me olvidaba: Fogo-Fátuo es (también) un musical, o una “fantasía musical”, reza el subtítulo, con canciones, bailes y muchos falos y fados, también el que canta Pedro Bragança al final de la película y que motivó una espontánea ovación del público. 

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