A Sala Llena

Carancho, Según Rodolfo Weisskirch

Sangre y Amor en San Justo

 

Si uno husmea la historia del cine argentino, va a encontrar exponentes aislados de cine policial a lo largo de las décadas, desde Kurt Land, pasando por Fernando Ayala, Adolfo Aristarain, Eduardo Mignona hasta el último y mejor exponente del género, Fabián Bielinsky.

En el 2002 se estrenaron dos interesantes exponentes provenientes del “nuevo cine argentino”: Un Oso Rojo de Israel Adrián Caetano, y El Bonaerense de Pablo Trapero.

 

Trapero, en un camino que ya lleva 6 largometrajes, ha tratado de ser versátil en la elección de los temas, de los guiones, de los personajes, sin modificar aquello que distingue a su cine: la marginalidad, la crudeza de la imagen, del lenguaje, lo que se esconde detrás de una mirada dura, de una decepción. Sus personajes hacen viajes… dentro y afuera de su cuerpo… o de última planean escaparse, como posible vía de solución hacia sus “problemas”.

 

Ya sea, la somatización de un obrero de construcción, un policía que descubre que la justicia no se encuentra en una comisaría, una familia que descubre todos sus rencores en la mitad de un viaje que supuestamente debería haberlos unido, un hombre que hace dos viajes (uno interno y otro externo) para superar un accidente donde se vio involucrada su familia, o la lucha de una mujer embarazada dentro de una prisión, todos sus personajes tienen una impronta de provincia, calle, andar buscando una respuesta utópica a sus problemas.

 

De cierta manera, esa forma de redención es la que busca Sosa, un abogado que perdió su matrícula y debe moverse como ave de carroña buscando accidentados para estafar aseguradoras. Este antihéroe que juega el rol de villano necesita redimirse con urgencia… y a su pedido de auxilio sale una paramédica, Lujan, en quien ve la figura para salirse de los problemas en los que está metido. Pero como en Argentina, la corrupción se multiplica, Lujan no quedará aislada de la red mafiosa que se teje alrededor de ambos.

 

Trapero parece haber encontrado un camino definitivo en el cine argentino. Tras probar con resultados ambiguos su inserción en la comedia (Familia Rodante) el melodrama (Nacido y Criado) y promover el nuevo cine argentino con Mundo Grúa, pareciera que el género que mejor le queda a Trapero es el policial. Los excelentes resultados de El Bonaerense y Leonera, lo comprueban. Con Carancho confirma esta hipótesis, aún cuando la película sea un compendio de variadas intenciones, y resultados no tan complacientes como ambos ejemplos, pero, al menos, un entretenimiento interesante, filmada  con vigorizante ritmo e intensidad, que deja reflexionando y sigue impactando largo rato tras haber salido uno de la sala.

 

No contemos por favor ejemplos de policiales contemporáneos como los de Polka, Telefé Contenidos, La Señal o El Secreto de sus Ojos.

 

Con el mismo grupo que escribió Leonera Trapero construye esta película polifuncional, como si cada escritor hubiese escrito una subtrama distinta. Por un lado se trata de un film noir clásico: un personaje oscuro, corrupto que involucra a una joven inocente en una serie de crímenes de la que él se siente vícitima, por otro es una denuncia acerca de la forma en que las financieras se aprovecha de las indemnizaciones que dan las aseguradoras a las víctimas de accidentes, y esto se convierte en un negocio donde están implicados paramédicos, policías y clínicas. A la vez es un melodrama romántico, idílico, imposible, y hay otra película, que muestra la tensión y stress que viven todos los días los paramédicos como si se tratara de un episodio de E24 o una visión bonaerense y realista de la película de Martin Scorsese, Vidas al Límite. Entre la locura, la ironía, golpes, sexo frustrado, y las peleas con otros abogados, Trapero lleva el relato con muy buen timing dramático.

 

El diseño de sonido, es realmente ejemplar. El caos reina constantemente, los ruidos tapan muchas veces los diálogos, pero lo que uno puede pensar en primera medida que se trata de un error de edición, pronto se dará cuenta como el ambiente entra en los departamentos, incrementan el malestar de los protagonistas.

 

A diferencia de Leonera, donde el guión se movía en forma dinámica y fluida, esta vez Trapero apostó por un camino más episódico, por lo tanto hay escenas cuya continuidad resulta forzada. Los puntos de vista se abren, y algunas secuencias parecen insertadas al azar (especialmente las del hospital)

 

A pesar del desconcierto que vive el espectador en este sentido, es difícil quitar la atención de lo que sucede.

 

Trapero no es sutil y ataca con violencia desbarnizada. Tiene un discurso directo, un tono crudo, que contrasta contra cualquier ejemplo similar de cine comercial argentino, incluso de género. Porque Trapero no se vende. El tono, la forma de hablar, de expresarse es propio de la provincia de Buenos Aires.

 

No trato de ser peyorativo en este concepto, es así. Cada ciudad de esta gran provincia tiene su propio dialecto, su propio volumen, acento, y por ser autóctono de San Justo, Trapero lo conoce a la perfección. De hecho San Justo se respira en cada poro.

 

Al igual que Mundo… o El Bonaerense, Trapero recrea un universo propio, en donde Martina Gusman, su mujer y productora ejecutiva, se amolda perfectamente. El mayor problema de Carancho, no es tanto narrativo, donde se filtran algunos desniveles y cabos sueltos, sino interpretativo.

 

Un Error de Cálculo

 

Realmente algo no concuerda en el registro actoral de Ricardo Darín y el resto del elenco.

 

Se trata de dos escuelas distintas. Trapero trabaja con la calle. La verosimilitud de su relato, el realismo de su puesta en escena, el impacto que genera la violencia de su cine, radica en la posibilidad de creer en el mundo que nos muestra en sus películas. Porque los hospitales son reales, porque los abogados son reales, porque la bonaerense es real. Pero mientras que la mayor parte del elenco respira un tono de provincia, un lenguaje, una yerga callejera, Darín actúa.

 

En cierta perspectiva, Ricardo nos vuelve a mostrar que es un actor todo terreno, el típico argentino creido y perdedor al mismo tiempo que ha sabido desarrollar con mayor soltura en las películas de Bielinsky (especialmente Nueve Reinas) y las primeras de Campanella (o sea, no El Secreto…) El chanta, el comprador, el chico bonito que detrás de su sonrisa carismática y seductora, oculta un perfil oscuro, depresivo, temeroso e inseguro. Sosa es así, Darín es así, pero el actor es un porteño canchero simulando ser un bonaerense reacio… y el resultado es un poco incómodo por así decirlo.

 

Cada diálogo entre Lujan y Sosa suena forzado, pero porque ambos parecen hablar en distinto idioma. Como si uno de los dos (Darin) hubiese sido doblado. Es algo de oído.

 

Por otro lado, la elección del “actor más cotizado” es coherente. Se trata de la película con mayor presupuesto, espectativas y despliegue técnico del realizador (superando incluso a Nacido y Criado, que fue filmada en 70 mm o Leonera) y además si uno leyera el guión seguramente no podría negar que Sosa fue escrito para Darín, aunque quizás le hubiese venido mejor un Julio Chávez (lo demostró en Un Oso Rojo). Fue un error de calculo, que no creo que le perjudique en la taquilla, a pesar de todo.

 

Si bien, no se puede perfilar como uno de sus mejores trabajos, Ricardo se esfuerza por acomodarse al tono de Trapero. Pero no hay dudas que la que sale ganando y destacándose es la cada vez más ascendente esposa del director. Gusman está soberbia, hermosa, verosimil. Vive el personaje, no podemos encontrar a la actriz detrás del personaje. Ahí radica la calidad de su interpretación. Gusman es un perfecto ejemplo de cómo un actor se puede acomodar a un universo creado para no actores. Inclusive se la nota más tranquila, relajada frente a cámara, que en Leonera, donde de por sí tuvo un rol memorable. El resto del elenco no logra destacarse demasiado pero se muestra natural.

 

La Fidelidad a un Estilo

 

En cuanto a lo estético, Trapero se muestra cada vez más perfeccionista, meticuloso e imaginativo para crear encuadres y secuencias. Si en Nacido y Criado desarrollaba un plano secuencia inicial majestuoso, filmaba el sur argentino como pocos lo hicieron; si Leonera tenía planos generales maravilllosos (como el de las mujeres llevando los cochecitos a través de las rejas en una coreografía inolvidable), en Carancho, sabe armar planos fijos y planos secuencia combinando choques, con una sutileza, efectismo narrativo y visual, realmente admirables. Escenas que contienen una violencia gráfica sin cortes, mezcla de la sequedad de Chabrol con el pulso de Greengrass, Trapero no se ata a una estética. Varía, provoca que lo previsible sea imprevisible. Da la información apropiada para sorprender y a la vez tensionar al espectador.

 

No dudo en catapultar a Carancho como su mejor película a nivel cinematográfico. Sin embargo no llega a volar, al final tan alto o tener un resultado tan redondo o completamente satisfactorio como El Bonaerense o Leonera.  Se podría decir, que ambas películas tienen la pretención justa, y que Carancho termina siendo menos pretenciosa de lo que auguran las expectativas.

 

Como sucede con Dos Hermanos de Burman, queda la sensación de que podrían haber sido mejores y haber trepado más alto. Ninguna de las dos se va a convertir en las películas argentinas del año, y hay pocas posibilidades que logren batir el fenómeno de la película de Campanella (y no creo que sean las representantes para el Oscar).

 

Aún así, se trata de una producción muy interesante. Trapero, a pesar de contar con una “estrella” fue fiel a sí mismo, y eso es destacable.

 

Carancho afirma que Trapero, al igual que Burman y Caetano SON el cine argentino contemporáneo. Los directores que filman de vez en cuando acá, pero trabajan mayormente en el extranjero, son meros invitados. 

 

 

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