A Sala Llena

Carlos (Versión 165 minutos), Según Rodolfo Weisskirch

Con el Aperitivo no es Suficiente

En la jerga gastronómica, el aperitivo es una comida en sí misma. No se trata de un componente del almuerzo o la cena. O sea no es la entrada o primer plato, sino una combinación de pedazos de comida y bebida que sirven para abrir el apetito, para picar antes de la comida propiamente dicha. Generalmente esta provisto por varios fiambres que no terminan de llenar (no confundir con una picada) y una bebida alcohólica dulce, que deja embobado, pero aún así no provocan que el comensal se de vuelta.

La versión de la gigantesca obra de Olivier Assayas, Carlos, que llega a los cines porteños esta semana, es meramente el aperitivo de una obra aun mayor. Partes de, seguramente una obra excepcional, meticulosamente planeada y ejecutada por uno de los enfants terribles de la cinematografía francesa. Inclasificable cineasta, Assayas puede ser motivo de estudio gracias a que tiene una obra vasta y versátil. Donde la accion puede devenir del espionaje industrial y de ahí pasar a un pequeño cuento familiar, intimista. Siempre con una visión estética definida y mucha cinefilia de por medio. Es que Assayas es un realizador que se mamó de Les Cahiers du Cinema hasta que lo echaron y luego se convirtió en uno de los directores más criticados por sus colegas, por sus técnicas poco acordes con el resto de la filmografía francesa. Para el cine de autor es demasiado comercial, para el cine comercial es demasiado independiente, demasiado artista

Carlos, quizás su obra menos personal en lo forma es una representación del genio de un director que no da su brazo a torcer y mantiene intacta su firma cinematográfica, aún con un productor pensado para la televisión francesa. Sin embargo, como Assayas piensa en la pantalla rectangular, Carlos merecía verse en salas como la gente, y ante la negativa de los productores para que se lance completa o al menos en dos partes (como sucedió con El Che), Assayas mismo se encargó de recortarla exactamente por la mitad (de 330 minutos pasó a tener 165) para que se puede apreciar cinematográficamente.

Sin embargo, más allá de que se puede llevar muy bien el ritmo y la historia, lo que termina haciendo Assayas es justificando la realización de la miniserie, reivindicando sus primeros propósitos: Carlos debe verse completa, 5 horas y media con el culo pegado a la butaca.

Y pongo la firma: en ningún momento aburriría. Porque los 165 minutos se sienten y se hacen demasiado escuetos, cortos. Quedan muchos aspectos de Carlos afuera. Hay elipsis temporales, actitudes incomprensibles del personaje.

El Señor de la Guerra

La primera vez que lei acerca de Carlos fue en un revista Noticias en 1994, cuando lo atraparon y condenaron a cadena perpetua. Lo recuerdo nítidamente el artículo porque me pareció atrapante la historia de este hombre. Tres veces, se trató de llevar su vida al cine. La primera vez fue exitosa. El film se llamó El Día del Chacal (1973). Dirigida por el mítico Fred Zinneman basada en la novela de Frederick Forsyth, era un thriller que tomaba al personaje de Carlos, el hombre que para cometer sus atentados tomaba diversas personalidades, para ejecutar sus atentados, especialmente, un intento por asesinar a De Gaulle. Dicha obra sufrió dos mediocrísimas adaptaciones. La primera, El Chacal, con Bruce Willis y Richard Gere. Lamentable thriller sin emoción, predecible, repleta de lugares comunes. El segundo, un poco mejor, pero que salió directamente en video, Caza al Terrorista con Aidan Quinn y Ben Kinksley. Ambas de 1997.

Sin embargo, todos se alejaban de lo que verdaderamente era Carlos. No se trataba solamente de un asesino despiadado, de un supuesto revolucionario marxista, de un mercenario. Lo que el film de Assayas captura es al hombre, al estratega, al negociador político.

Se trata de un thriller político trepidante que reúne los mejores elementos de míticos films de espionaje y acción de la década del ’70 como los que hicieron John Frankenheimer, Alan Pakula, John Schlesinger, Ronald Neame, entre otros. Fue un periodo donde el mundo, como decía Shakespeare, era un gran escenario y servía de inspiración. La OLP, la KGB, el MOSSAD, la CIA, el FBI y la STASI se debatían el mundo en enfrentamientos clandestinos a la vistas de todos: atentados terroristas, ataques políticos, la lucha por el petróleo y la amenaza nuclear. Sí, nada cambio y Carlos es un oportuno reflejo de los ‘70s, pero tambien de ahora.

En apenas 165 minutos Assayas logra resumir la tensión política que se vivía por entonces, y Carlos como personaje es un arma contradictoria de doble filo. ¿Se trata de un hombre convencido de la causa o de un guerrero que solo seguía sus propios intereses? ¿Acaso solo le importaba el dinero o detrás de esto había verdaderos deseos de ser un nuevo Che Guevara, pero sin necesidad de ser mártir?

El personaje se nos va revelando lentamente. Sus miedos, su carácter, su inseguridad. Pero no se hace obvio nunca. Edgar Ramírez en el cuerpo de Carlos logra una de las más asombrosas interpretaciones de las últimas décadas. No solamente física (baja y sube de peso varias veces, su rostro se transforma a medida que pasan los años) sino más que nada emocional. Como mostrar las debilidades de un hombre que siempre debía ser fuerte y sólido para los demás. Ramirez lo logra con sutilezas.

Assayas no emite juicio de valor, no lo trata como héroe ni tampoco lo villaniza. Le da un aspecto humano despreciable, pero aún así humano. En el suficiente trayecto para que el espectador logre empatizar con él y a la vez se sienta rechazado por los actos que comete. El director comienza esta versión en forma trepidante, contándonos como el ataque a un lider palestino lleva a Ilich Ramírez a ser el asesino más importante de la OLP. El climax llega cuando se infiltra en un congreso en Viena y secuestra a un gran número de ministros el 21 de diciembre de 1975. A pura cámara en mano, y perfecta elección de colores en la fotografía, el director mete al espectador en medio de los secuestrados y contagia la tensión y el miedo, al tiempo que se pone en la cabeza del protagonista, quien tiene que tomar decisiones que se contradicen a sus ideales, y a las de sus líderes.

Durante una hora y media el film es vibrante, tiene dinámica, ritmo, energía. Tremenda. Pero después se va achicando. En la última hora, Assayas saca la picada y nos da de comer pedacitos de Carlos. El asesino más buscado deviene en notoriedad y el film cubre elipsis que justificarían la deplorable situación a la que llegaría en el momento es que es capturado. No se subvalora la inteligencia del espectador. Los baches que existen se pueden suponer, pero aún así se trata de una obra incompleta. Se espera, por supuesto, que el resto de los 165 minutos cubran algo más que los hechos propios, que Assayas muestra con solvencia narrativa, pero…

Pero realmente terminamos conociendo más la historia, que ya fue bastante conocida, que al personaje. ¿Qué lo lleva a unirse en la OLP? ¿Cómo sobrevive? ¿El dinero viene solamente de las organizaciones terroristas?

Assayas deja prácticamente de lado el tema de la identidad y la esquizofrenia del personaje. De hecho, no se camufla demasiadas veces a lo largo del film. Ramirez (actor), se transforma, pero si desde el guión no se justifican todas las acciones  del personaje algo no funciona del todo. Entonces, toda la acción, el ritmo, la reconstrucción de los hechos, la meticulosa puesta en escena, donde se cuida cada peinado, cada vestuario, la música (excelente banda sonora), la escenografía y el modus de dialogar quedan relegadas cuando el personaje no termina por definirse.

Más allá de esto, Assayas cumple con las expectativas: logra un film atractivo, extenso, entretenido, sensual, pero a la vez con una cuota de personalidad autoral que se denota en el armado de cada plano secuencia. No se filmaba así en los ‘70s, pero hay una fuerte influencia de movimiento Indie, que ayudan a llevar el ritmo. Por lo menos queda bien claro que la guerra es un negocio.

Carlos es una gran producción que se pudo apreciar en Cannes, la televisión francesa y TV5 en nuestro país en forma completa. Los que la vieron no pararon de adularla. Fue filmada en casi todos los países donde se desarrolla la trama y me cuesta recordar un film donde se hablaran tantos idiomas para una misma trama: francés, inglés, español, sudanés, ruso, árabe, alemán, y nunca se producen confusiones o incoherencias. Cada actor pertenece al país que representa y esto ayuda a darle verosimilitud no hollywoodense a la película. Lástima que a veces, cuando se habla en español es tan cerrado que por momentos no se entiende… y no hay subtítulos obviamente.

Si debo comparar esta película con alguna más contemporánea, el ejemplo más obvio es Munich de Steven Spielberg. Las historias de cruzan y los atentados se parecen. De hecho, durante mucho tiempo se pensó que Carlos estuvo involucrado dentro del secuestro al equipo olímpico israelí, pero no fue así. Si bien estructuralmente se conectan, Carlos debería haber sido el ejemplo cinematográfico de Spielberg y no a la inversa. Munich era un relato monótono que sucumbía por el alto nivel de sentimentalismo, solemnidad y grandilocuencia. Carlos, en cambio, carece de romanticismo cursi, de sentimentalismo, de obvia humanidad. Es una obra que no se detiene a sentir, sino que piensa, critica, da pie a la reflexión y discusión con un lenguaje directo, pero menos obvio. Es discreta, poco pretenciosa aunque parezca mentira e irónicamente, se camufla dentro de la cartelera.

Lo repito, Assayas se ha superado a si mismo, demostrando una vez más en que consiste su rebeldía y versatilidad. Logra una obra monumental, que va a pasar por las salas con más penas que glorias, pero no porque el público no acompañe, sino porque el propio Assayas en su afán de llegar a más salas sucumbió: hizo su propio corte y nos deja a todos con la sensación de que el “aperitivo” es lo único que vamos a comer en la noche y/o al mediodía. Nos muestra el palito pero no nos da el dulce…

Prometo ver la versión completa pronto y escribir un dossier de ello: por ahora lo único que este Carlos, (luchador contra el imperialismo, pero recortado para fines económicos) termina siendo un fragmento de metralla en la yugular: te deja con la vena abierta… 

 

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