A Sala Llena

13 Reasons Why

De razones y de ritos

El problema con 13 Reasons Why (hablaremos aquí sobre la primera temporada) no es su fidelidad o realismo respecto a la representación que hace de los problemas de los jóvenes en el colegio secundario; tampoco es si es verdad que esos problemas pueden llevar o no a una joven a suicidarse. El problema de 13 Reasons Why es que no hace de su puesta en escena, de su relato, de los hechos elegidos, metáfora alguna. Es decir, la necesidad de narrar algo que sea “verdadero” lleva a sus autores a construir una ficción que se limita a mostrar una serie de hechos que dañan a los personajes; hechos que por otra parte, es común que todos los que fuimos y los que son jóvenes o niños, pasen o hayan pasado por situaciones similares.

La cuestión es que si su objetivo es promover una discusión sobre el tema y hasta inclusive intentar que aquellos jóvenes que tienen dificultades pidan ayuda (tal como dice la frase final de cada capítulo, página web incluida) lo que hace, lejos de abrir el sentido a todo eso, es cerrarlo. Porque la discusión se reduce a si es verdad o no es verdad que las cosas ocurren de esa manera. Esta literalidad lleva a la serie, paradójicamente, a la mostración de cuál es el verdadero problema. Y esto quizá, es algo que surge de la visión de la serie, pero no de sus verdaderas intenciones. Como si en la puesta minuciosa de cada una de esas formas de abuso de las que son víctimas y victimarios los jóvenes de la serie –y entiéndase los jóvenes de este mundo–, no hiciera más que dejar en manifiesto cuál es la causa verdadera de esos abusos. Sólo que los autores de la serie no son responsables de querer contarlo. Es como si se les escapara por la tangente un verdadero sentido que aparece a fuerza de la verdadera verdad.

Vamos a explicarnos. Dijimos al comienzo del texto que no hay metáfora. El cine, las series, los relatos en cualquiera de sus formas de representación, es decir el arte, busca por todos sus medios hacer metáfora del mundo. De una visión especial del mundo. Esa que el autor o los autores trasladan a la forma artística porque es a través de ella que se alcanza un verdadero sentido. La metáfora, lo simbólico, se aleja de lo literal; y en este alejamiento encuentra mayor alcance, porque su interpretación no es cerrada, permite que aquellos que asisten a la obra –los espectadores en este caso– construyan una visión de los hechos narrados y por consiguiente del mundo, mucho más compleja. Relato que apela primero a la emoción, para luego poder realizar una reflexión, porque la vida en este mundo es compleja desde todos los aspectos. El arte, cuando es arte; el cine cuando es cine; lo sabe. Entonces no reduce. Entiende que es a través de un tema y su metáfora, que alcanza los niveles de simbolización y poética más perfectos.

En 13 Reasons Why no hay metáfora, porque quiere ceñirse exclusivamente a explicar algo, que en definitiva, es inexplicable. Porque la muerte –en cualquiera de sus formas– cuando se avecina, es inexplicable. Y por más que su objetivo intenta ser “noble” y “serio”, porque quiere hablar –y facilitar a que se hable–de los problemas adolescentes, desconoce que el acoso, las burlas, el alcohol y las drogas, las fiestas descontroladas, el abuso sexual y demás maltratos, son en realidad, la manifestación de una ausencia. Y es allí donde la serie se pierde.

Todas esas formas de abuso son en realidad la busca de aquellos ritos de iniciación que los jóvenes han perdido en nuestra sociedad moderna. La falta de un maestro iniciador, de un chamán, que les muestre un camino; que les imponga pruebas que deben atravesar para poder ser parte de una tribu; para dejar de ser niños y convertirse en adultos; es en realidad lo que trae aparejado todo lo otro.

Pensemos, miremos la serie entendiendo que cada uno de esos episodios que padece Hannah no son más que falsos reemplazos de aquellos ritos iniciáticos que los jóvenes echan en falta. La pelea de dos muchachos en un estacionamiento; el manoseo en una mesa de una cafetería; el uso de drogas; las miradas y burlas a lo largo de los interminables pasillos de la escuela y hasta la terrible violación; no son más que reemplazos. Son la busca de una iniciación que no llega porque el mundo en el que vivimos se ocupa constantemente de rechazar esos ritos de pasaje. Y si en las religiones occidentales, ciertas familias mantienen que sus hijos realicen la comunión o el bar mitzbah, lo hacen de manera lateral o marginal. Como si fuera un recorte de algo de lo que en realidad no se puede hablar mucho. O se realizan poniendo más énfasis en un festejo lleno de adornos y de gastos más que en una fiesta que simboliza un verdadero rito de pasaje.

Así, los jóvenes de esta serie deambulan mostrando esa falta. Falta que los autores también ignoran y que es la verdadera “reason” de todo.

Es por eso que los audios de Hannah, su voz y su relato, se transforman en una verdadera perversión. No por el morbo del suicidio en sí; que sobrevuela todo el tiempo porque en la medida en que se construye, más que como fuera de campo como imaginería, ese “Hannah se cortó las venas en la bañera” mientras vemos a cuenta gotas imágenes sangrientas, esta imaginería se vuelve morbosa; sino más bien porque Hannah se convierte en aquella maestra iniciadora que es ausencia. Sus pruebas son cada vez más perversas porque lejos de convertir su experiencia sufriente en algo positivo y modificante para sus compañeros victimarios, lo que hace es convertir a todos en víctimas de sus propios relatos, llevándolos a los actos aún más terribles y atroces. Su iniciación no es tal. Para decirlo correctamente Hannah es la productora de falsas iniciaciones, o de contra iniciaciones. Fabricadora de ritos vacíos, vengativos y violentos; que no conducen verdaderamente a un cambio espiritual. Y eso es lo verdaderamente morboso y perverso de la serie.

Y es así porque sospechamos que los autores no comprenden esto. Ignoran que los verdaderos motivos, razones, motivaciones de estos jóvenes, son en verdad la falta de aquéllos ritos. Y en esta ignorancia convirtieron a su protagonista en una perversa maestra iniciadora.

Para explicarnos mejor y que nuestros lectores comprendan, daremos un ejemplo que creemos, ciertamente involuntario por parte de los autores de la serie, y que sin embargo, funciona como verdadero rito de iniciación. Quizá esto no sea casual, quizá y en definitiva hay algo de lo ancestral, de lo primigenio, que se filtra por los lugares más insospechados. O no tanto.

Hay una hermosa secuencia, promediando la primera temporada, en la que Tony lleva a Clay a escalar unas rocas. Clay, desesperado, atormentado y destrozado por la escucha de las grabaciones que dejó Hannah; y siguiendo intuitivamente acciones vengativas que no lo conducen a nada, busca en Tony –el portador del secreto de esas grabaciones, o mejor dicho, el guardián– respuestas que el joven se niega a dar. No es menor entonces mencionar que Tony es el único personaje latino. Es morocho, viste con chaqueta de cuero y anda en un auto de los años ochenta, color rojo y en impecable estado, porque Tony conoce de mecánica. Que es, si queremos, una metáfora del conocer lo que está verdaderamente adentro, lo oculto y hasta sucio, que nadie quiere ver. De más está decir que es católico, y que si bien no hace referencia nunca a su religión, tiene en sus brazos sendas cruces tatuadas.

Tony es además miembro de una familia numerosa, él y sus hermanos se comportan como un verdadero clan. Este joven, el único que no es de una clásica familia wasp, es el que en definitiva guarda aquellos saberes, aquellos secretos que van más allá del accionar de Hannah. Es el que entiende que para saber ciertas cosas, primero hay que atravesar ciertas pruebas. Estas pruebas son, en primer lugar escuchar las 13 cintas completas que ha dejado Hannah. Pero también entiende que el estado del alma se alcanza de otras formas.

Es por eso que lleva a Clay a escalar; prometiéndole que encontrará la verdad una vez que haya llegado a la cima. Clay escala las piedras gigantes con la ayuda de Tony que funciona aquí sí como un maestro iniciador. En ese eje vertical que lo hace recorrer, llevándolo hasta las alturas, logra que Clay purifique su alma –al menos por un rato– y se gane el derecho a saber. Una vez arriba, Tony le explica por qué Hannah lo dejó a él como guardián de sus grabaciones, además de confesarle que fue testigo del momento en que encontraron el cuerpo de Hannah; experiencia que –según comprendemos– lo llevó a asumir ese lugar de guardián e iniciador. En el descenso, ya por un sendero entre los árboles, Tony le confiesa a Clay, además, que es gay. Cosa que Clay no había notado, pero sí los espectadores. Esa confesión da lugar además a mostrar ciertas debilidades de Tony. Debilidades que lo convierten definitiva y completamente en ese maestro, chamán, iniciador, que la serie, ¿involuntariamente? Nos hace echar en falta.

Después de escribir todo esto, nos volvemos a preguntar si es que realmente los autores de 13 Reasons Why no son conscientes de la verdadera “reason” o sí de alguna manera nos lo están diciendo. Sólo que de manera verdaderamente oculta. Tan oculta que como espectadores dudamos. ¿Fueron los autores o es la Providencia, que siempre encuentra un lugar, aunque no quieran, para filtrarse?

© Melina Cherro, 2018 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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