A Sala Llena

Crítica: El Hilo Fantasma (Phantom Thread), por Fernando Ganzo

(Estados Unidos, Reino Unido, 2017)

Dirección: Paul Thomas Anderson. Guion: Paul Thomas Anderson. Elenco: Daniel Day-Lewis, Vicky Krieps, Lesley Manville. Producción: Paul Thomas Anderson, Megan Ellison, Daniel Lupi, JoAnne Sellar. Distribución: UIP. Duración: 131 minutos.

El filo (visible) de la navaja

Con el paso de los años, independientemente de que nos guste o no, entre todas las etiquetas que se le han podido poner (“Genio”, “Artista total”, “Fraude”, “La-pretensión-hecha-cine”), hay una que no se le podrá arrancar a Paul Thomas Anderson, la de “Ambicioso”. El hilo fantasma lo es particularmente. Y el riesgo de la ambición es el filo de la navaja en el que sitúa a su espectador, a nivel formal y conceptual. ¿Por encima de esta ambición, para comprenderla y empatizar con ella? ¿O bien por debajo, para fascinarle y dejarle boquiabierto, incluso patidifuso? A nivel conceptual, lo que busca pitiei (como le llaman en EE.UU.) es, ni más ni menos, contar una relación de pareja inédita, la que forman un modisto (Reynolds Woodcock –Daniel Day Lewis–) y su joven protegida (Alma –Vicky Krieps–). Esto genera cierta simpatía, sobre todo en tiempos en los que la crítica gender señala que el cine puede que haya contado ya todo lo que se puede contar sobre las relaciones entre un hombre y una mujer.

Sentir que se nos quiere presentar algo inédito, lógicamente, abre perspectivas apetitosas. Sobre todo porque, según la película avanza, somos absolutamente incapaces de saber por qué estos dos personajes están juntos y al mismo tiempo parecen no estarlo o, como dice Alma, en qué consiste esa “distancia entre los dos” que parece totalmente insalvable. La película empieza a desplegar de forma sutil una variedad total de posibilidades sobre esa relación: lo que al principio suponemos es una respuesta dialéctica a la relación de Woodcock con su trabajo (si hace trajes para mujeres, también puede hacer mujeres para trajes), se confunde también con la idea de la musa y con la de la intrusa (Alma resultando visiblemente un elemento perturbador en una casa donde un extraño equilibrio se ha instalado, no sin indicios de perversidad, entre Woodcock y su hermana). Un juego de pistas en el que no sabemos cuál es la falsa, si es que alguna lo es, o bien si todas lo son. Hasta aquí, todo bien.

Respecto a la ambición formal, en un primer momento podríamos pensar que PTA se muestra más depurado a nivel puramente plástico y cromático que en Petróleo sangriento, con momentos deslumbrantes, como cuando Woodcock, febril, imagina a su madre vestida de novia en la habitación. Pero en su conjunto, el americano aprovecha que la película se sitúe en el ambiente al mismo tiempo chic y austero de la Inglaterra de posguerra para desplegar una estética leloucho-kubrickiana de falsa sobriedad (la cámara fijada a un bólido de época atravesando a toda velocidad, con un gran angular siguiendo a los personajes entre las habitaciones, los movimientos de cámara que aprovechan cualquier escalera para ponerse en funcionamiento), con un voluntarismo artístico que no logra pasar desapercibido. Así que el filo de la navaja del que hablábamos, en este terreno, se vuelve algo un poco delicado.

Y es que a nivel “conceptual” pasa algo parecido. Me explico: como si de una extraña comedia romántica se tratase, el suspense de la película (que lo tiene) se reduce a entender por qué Alma y Woodcock son perfectos el uno para el otro, mientras no dejan de ponerse trabas, atraerse para rechazarse, en un juego dialéctico que termina instaurando en lo romántico algo de política. La ambición de PTA le lleva a abrir totalmente el tema de su película creándose una ilusión muy interesante: que algo aparentemente simple en una pareja nos ofrezca un desafío incomprensible. En definitiva, que sin parecerlo, la película sea más inteligente que nosotros. Casi podríamos añadir: “Como toda buena película”. Pero ahí es donde se torna la navaja y a Anderson le entra un irremediable ataque de woodyallenismo: consiste esto en un síndrome bastante extendido en el cine americano de los últimos treinta años y que podríamos resumir como el deseo de lograr que hasta el más despistado de los espectadores comprenda de qué trata una película aparentemente inteligente, pero haciéndole creer que es gracias a su inteligencia. Esa es la satisfacción que busca PTA y comprendemos entonces que toda esa estructura de falsas pistas, de un tema que se abre hacia algo sumamente oscuro y extraño, no es mucho más que un castillo en el aire y que siempre hubo una pista (un hilo invisible) que fue la buena (y que no es la más interesante), que el objetivo de esa estructura no era tanto introducirnos en la oscuridad del misterio sino hacernos sentir aún más brillantes al comprender que, en el fondo, no había ninguno. De este modo, la parte final de la película, que intentaremos no destripar, vuelca totalmente la ecuación y se sitúa “por debajo” del espectador, que logra recuperar fácilmente todas las pistas sembradas por el camino (“siento que mi madre me mira todo el tiempo pero no me da miedo”, dice él; “Woodcock es como un gran bebé mimado, sólo quiero cuidarlo yo”, dice ella) y reduciendo pues la distancia insondable propuesta al vínculo más básico, simple y previsible imaginable: bajo su aspecto de poder, Woodcock sólo busca alguien que ocupe el lugar de su madre y lo proteja cuando es débil. Alma, por su parte, solo pide que esos momentos de fragilidad lleguen para sentir que su amado depende de ella. En definitiva, ella quiere que “se suelte”, y él solo se “suelta” enfermo y vomitando. Se encontraron con una comilona, se reunirán finalmente con otra (el espectador que la haya visto entenderá). En su primera cita, Woodcock desmaquilla a Alma porque quiere “verla realmente”. Tras su última pelea, irá a buscarla a una fiesta y se limitarán a mirarse de nuevo. Y así sucesivamente. Extrañamente, tampoco es que esto eche a perder totalmente la película (solo la vuelve más ingrata, más simple, y vuelve más intolerable su rebuscado buen gusto estético). Y ello gracias a un talento cómico de PTA (cuya mejor película posiblemente la haya hecho con Adam Sandler, con eso lo decimos todo, y la segunda mejor, Vicio propio, se acerca claramente a una comedia negra absurda en sus mejores momentos), aliado sobre todo al de Daniel Day Lewis (hay que verle asomar la cabeza en el fondo del plano tras una disputa con Alma para ver si sigue ahí, o jugar con el ridículo de su peinado en sus crispaciones del desayuno). Al menos habrá que reconocerle a PTA no haber puesto su ambición por encima de eso.

 

 

@ Fernando Ganzo , 2018 | @GanzoFernando

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