A Sala Llena

Luis Miguel: La serie. Temporada 2

LUISMI YA NO ERES EL MISMO

La serie de Luis Miguel es una cosa rara, rarísima. Es una de las producciones más importantes de la plataforma Netflix, algo esperable para un programa que retrata la vida de uno de los cantantes mexicanos más populares de las últimas décadas. Sin embargo, no aspira a una estética propia de estos productos. En una época donde las series intentan ser “cinematográficas” (incluso cinematográficamente horribles, como pasó hace poco con la lamentable Sky Rojo), o trabajar sobre tramas supuestamente sofisticadas, la serie sobre el cantante parece emular la estética de una telenovela de alto presupuesto: sin grandes planos secuencia ni momentos visualmente espectaculares y llena de clichés narrativos que incluyen villanos malos como la peste (el padre de Luis Miguel, ahora uno de sus managers) y gente más buena que los ángeles (la madre de Luis Miguel, el primer manager de Luis Miguel). También momentos discursivos aleccionadores y un Luis Miguel caracterizado como superestrella en estado de redención permanente.

Todo esto puede sonar algo naif y obvio, pero al mismo tiempo, se sentía orgánico y hasta deseable en una serie como Luis Miguel. Primero porque, al menos en su primera temporada, escondía tras su fachada superficial momentos de sofisticación genuina. Y ahí estaba para demostrarlo, particularmente, el personaje de Luis Rey, un villano extraordinario interpretado con maestría por Oscar Jaenada, cuya maldad no parecía tener límites. No obstante, como pasaba con algunos grandes villanos hitchcockianos, uno no podía evitar sentir atracción por su astucia e incluso su profesionalismo.

En segundo lugar, porque esa estética de telenovela era y sigue siendo la ideal para retratar a Luis Miguel. Un cantante cuya carrera se construyó no solo a partir de su voz sino también en base a líricas pegadizas pero en general bastante simples, que apelaban a emociones muy primarias. ¿Qué otra estética mejor que la de telenovela para mimetizarse con esas letras, especialmente en una primera temporada donde, la mayor parte del tiempo, el objetivo principal de Luis Miguel era encontrar a su mamá, una búsqueda tan entrañable como primigenia?

La cuestión cambió mucho en esta segunda temporada. En vez de estar estructurada alrededor de una trama principal, ahora está más atravesada  por cierta dispersión narrativa (no sabemos si esto es intencional o producto de la impericia). Tenemos por un lado lo que pasa con su hermanito Sergio y la amenaza de que la madre de Luis Rey lo explote como hicieron con él de chico. También aparecen su miedo a la competencia y sus problemas de salud relacionados con el tinnitus. Todo ello mezclado con una paternidad ausente y el impacto de la muerte inminente del manager (y figura paterna) Hugo López. Lo que puede provocar como resultado es la tara de las peores biopics: presentar una sucesión de hechos relevantes en la vida de una celebridad, mezclada con elementos ficticios para cohesionar y obtener algo así como una narración.

Sería muy decepcionante que esto siga sucediendo y no sería raro que así pase. ¿Por qué entonces, al menos en mi caso -y sospecho en muchos otros- se seguirá viendo la serie hasta el final? Porqué creo que ante todo la serie de Luis Miguel tiene un atractivo extraordinario: su costado confesional. El cual, por cierto, va adquiriendo distintas connotaciones con el avance de los episodios.

Luis Miguel, productor de la serie, parece dispuesto a hacer de su vida una novela con todo lo que eso implica. Que se haya reflotado el tema de la desaparición de su madre; que gente que quedó particularmente mal parada en la serie como Roberto Palazuelos haya tenido que tolerar insultos en redes; que estemos hablando de su tinnitus, de su padre, de sus hermanos, de sus relaciones, de sus hits pasados y de su competencia con Cristian Castro… Sumado a esto el espectador juega a adivinar cuánto hay de veracidad, cuánto de ajuste de cuentas, juzgando también, sobre todo, la dimensión de entrega personal por parte del cantante, aun cuando hacerlo le cueste la antipatía del público.

Si la primera temporada parecía el gesto de un hijo que quería homenajear a su madre y repudiar a su padre, la segunda parece ser el gesto de un cantante que secretamente y de a poco parece repudiarse a sí mismo. Más allá de las desprolijidades que viene teniendo esta segunda temporada, puede que lo único que la siga sosteniendo es el deseo de saber hasta qué punto va a llegar el cantante a la hora de mostrar sus demonios o, por el contrario, de qué forma intentará esconderlos. Acaso lo más interesante que exhibe la serie en esta segunda entrega no esté tanto en lo que muestra, sino en la forma de esconder -por ahora- ciertos rasgos oscuros de la personalidad de su protagonista. Los momentos de divismo desagradable (la manera en la que hecha repentinamente a uno de sus músicos, la actitud frente a un empleado que quiere sugerirle una canción), las escenas en las que aflora un carácter envidioso, y sobre todo su paternidad ausente son los ejemplos más claros.

Quizás por eso sea tan intrigante que ahora no haya ningún villano fuerte y único, sino meramente y por el momento, algún que otro personaje malintencionado o incluso perverso, pero que a diferencia de Luis Rey tiene poco tiempo en pantalla y ni un poco de carisma para volverlo atractivo. Quizás el mayor villano de esta serie (y sobre ello, es muy probable, sabremos parcialmente) sea el propio Luis Miguel. Sospecho que para muchos de nosotros -los millones que no somos ni superestrellas de la música, ni multimillonarios, ni parte ineludible de la cultura popular de un país o una región- constituye un espectáculo interesante no solo repasar con nostalgia sus temas icónicos; no solo ver algunas actuaciones notables (César Bordón, el propio Boneta haciendo de Luis Miguel) y asistir a la descarada pero irresistible cursilería del programa, sino también el raro morbo de observar a alguien que, por brillar tanto, hace que su suciedad resalte más que la del común de los mortales cada vez que se mancha.

 

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