A Sala Llena

El Artista (The Artist), según Larisa Rivarola

La cantidad de variables que contribuyen a la realización de una película y las que de ella se desprenden son múltiples, y el film El Artista, reciente nominado al Oscar, aunque pareciera circunscribirse a una sola de ellas según su nombre lo indica, por el contrario da cuenta de todas.

Cada uno de los actores sociales involucrados en la industria cinematográfica aparecen aquí retratados con una profundidad increíble y que es directamente proporcional a la belleza del film. Para comenzar adjetivando, digamos que lo que caracteriza a El Artista son calidad y virtuosismo.

Perfectamente interpretada por Jean Dujardin (George Valentin), Berenice Bejo (Peppy Miller) y un excelente John Goodman (Al Zimmer) que hace imaginar a los grandes productores que encabezaban el star system norteamericano y del sistema de géneros del que se da cuenta perfectamente en una breve escena en que se toma de espaldas a las tres sillas de las estrellas de la filmación, indicando que estos eran el guionista, el productor y el actor/actriz, anulando por omisión la figura del director.

Dentro del gran argumento que sostiene la película, que es el crítico pasaje del cine silente al periodo sonoro, atravesado por el crack económico del 29, es posible adentrarse  no sólo en los cambios que implicó la novedad de incorporar sonido directo a los films, sino que se evidencian otras cuestiones que hacen a la industria cinematográfica de la época y en algunos casos a nuestra actualidad. Podemos mencionar la cantidad de planos utilizados y su tipo, el predominio de los primeros planos, los planos detalle y el plano americano, el uso de transparencias como adelanto de futuros efectos, la importancia del maquillaje en el rostro no sólo de las actrices sino de los actores también, el tipo de iluminación que utilizaba el sistema de estrellas de modo de darle mayor importancia al rostro, las gesticulación y la mirada que dan cuenta del modo de actuación vigente, el choque de generaciones evidenciado en los adelantos tecnológicos, la perspectiva de futuro, la forma de producir que cambia y la que pervive. Y así podríamos continuar incansablemente puesto que El Artista, mostrando las diferentes aristas que hacían a la producción de una película durante los últimos años de la década del 20 da cuenta no sólo del principio de la historia del cine occidental sino de una época. La maestría con que esto se logra varía desde la forma de actuación de los protagonistas a los pequeños rasgos que los caracterizan; ejemplos impecables son George Valentine, signado por los problemas de comunicación con su mujer y su productor pero que demuestra una excelente relación con un perro y un chofer que prácticamente no habla y Peppy Miller que llama la atención chiflando con la boca para hacerse oír y haciendo “ojitos” en cuatro de cada tres planos de su rostro.

El Artista, más que un homenaje al cine de parte de su director es una muestra de cómo trabajar desde el cine con pequeños recursos, utilizando no todo lo que se tiene a disposición (que en este caso no es poco) sino sólo lo necesario.

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