A Sala Llena

El Artista (The Artist), según Micaela Garuzzo

De ayer y de hoy

Si una película tiene un significado específico desde su concepción en la mente del autor, se siente claramente al verla en pantalla. El Artista provoca esa justa sensación, es un homenaje al cine meticulosamente premeditado y lo demuestra constantemente.

De una manera muy autoconsciente, Michel Hazanavicius, pretende cautivar al público en general, aun a aquellos que no hayan visto nunca una película de éste tipo. No hace falta ser un experto en cine primitivo para entender la estructura dramática que plantea el film, o la función de los intertítulos y el montaje narrativo, porque se empeña con claridad en el desarrollo de la trama. Pero cumple con todos los tópicos del cine mudo menos con uno: la quietud de la cámara. El Artista está compuesta por planos con suaves movimientos, que acompañan a los actores y los reencuadra permanentemente. El cine mudo tenía esa rigidez del plano, que para darle el movimiento que no se lograba con la cámara surge el montaje. A su vez la gran cantidad de cortes podía generar defectos de continuidad, pero en este film no se percibe, porque utiliza meticulosamente travellings y zooms. Es la mano invisible del director, que va componiendo a través de las tomas otro significado, paralelo a la gesticulación de los personajes, lo que remite a un cine inicial en evolución hacia lo clásico.

Es evidente la influencia cinéfila que presenta la película, el homenaje se encuentra en cada parte de la puesta en escena y en cada una de las indicaciones de la dirección de actores. Un montaje que se nutre del cine soviético, utiliza aquellas estatuas de monos sabios –no ver, no decir, no oir– para evocar a los leones de Eisenstein en Octubre (1928). El protagonista perturbado, comienza a romper una habitación ataviada de objetos de valor, olvidados en el tiempo, en una reacción desmedida como la de Kane en El Ciudadano (1941). Pero la referencia más directa se encuentra en el argumento: un exitoso actor de cine mudo es golpeado por la aparición del sonido y la crisis del 29, pierde su fama y fortuna, ya nadie lo recuerda cuando una joven actriz lo rescata de la peor depresión. La similitud con Cantando Bajo la Lluvia (1952) no la hace menos valorable, al contrario la hace más auténtica en sus intenciones de rememorar la historia del cine.

La comedia es protagonista, los slapstick recién están dando lugar a los gags, que no pueden existir sin el diálogo fluido. George Valentin es un actor consagrado, cuyo compañero laboral, y de la vida, es un perro. Ambos personajes están a la misma altura emocional, ellos deben expresarse físicamente para comunicarse, algo imprescindible en el cine mudo. Entonces cuando Peppy Miller convence a George que haga una talkie la mejor solución es transformarla en un musical. Nuevamente la expresión física, pero esta vez en su máximo esplendor: el baile. Y como si fuera poco es tap, la conjunción entre danza y sonido perfecta, que nos lleva directo a otra pareja del cine: Fred Astaire y Ginger Rogers.

Teniendo en cuenta otro detalle no menor, la realización en fílmico blanco y negro, en tamaño 4:3, respetando las características originales, permite la inmersión del espectador en un sueño, casi un viaje en el tiempo. Acompañado por el contraste de la música original para el film y las versiones ya grabadas, levemente ásperas por el paso del tiempo. Como así también la caracterización de los personajes, Jean Dujardin es el perfecto galán y John Goodman un visionario productor. Pero existe un detalle que resalta y es Bérénice Bejo, su rostro fresco y moderno por momentos llama a despertarse de la ensoñación, trayéndonos nuevamente al siglo XXI.

El avance de la tecnología arrasa en todos los sectores donde el hombre la utiliza, y esto no deja exentos al cine y el arte en general. En una década con innumerables mejoras técnicas en la creación de películas, que nos enamora día a día más del cine, algo vuelve desde el fondo de la memoria cinéfila colectiva. El Artista nos recuerda que el cine es todo lo que fue y lo que será, inmortal, siempre que haya alguien que lo disfrute.
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