A Sala Llena

G. I. Joe

G.I. Joe: el Origen de Cobra, un producto de “marcada” intención; muchos hemos crecido con los dibujos animados seriales y disfrutado de ellos también. El film aparece en el mundo cinematográfico de la mano de la empresa Hasbro, resultando difícil no evidenciar una comparación con otro producto de reciente lanzamiento en el mercado, Transformers 2.


Ambos films comparten la producción de Hasbro, una empresa ligada a la fabricación y venta de juguetes, muñecos plásticos, merchandising. Cuentan con incesantes explosiones beneficiadas con el excesivo uso de efectos generados por ordenadores (CGI), gatilleo de armas y sonidos abrumadores por todos los canales de audio de la sala. Actores distinguidos, algunos en su “no” mejor momento, quienes se prestan a proyectos como tal para poder seguir teniendo cuota de pantalla y resulten no ser olvidados, también considerando, el cobro de interesantes pagas.

G.I. Joe es apenas mejor que Transformers 2, sostenida desde un guión ligeramente más rico, interesado en desarrollar personajes que seguramente serán utilizados en nuevas entregas de esta nueva franquicia.

La dirección está a cargo de Stephen Sommers, uno de los pioneros de la utilización de CGIs en exceso: recordar la entretenida Agua Viva, las irregulares pero efectivas La Momia y La Momia Regresa, olvidemos todos a Van Helsing: Cazador de Monstruos.

Dentro del abultado cast tenemos a Dennis Quaid más duro que una roca, Jonathan Pryce calzando el traje de presidente nuevamente, Joseph Gordon-Levitt casi desapercibido, Marlon Wayans para el cupo cómico del film, Saïd Taghmaoui ya hollywoodizado, un gran actor como Christopher Eccleston desperdiciado y la bella Siena Miller, sólo eso, bella. Tres participaciones de amigos colaboradores de Sommers gracias a anteriores trabajos: Brendan Fraser, Arnold Vosloo y Kevin J. O’Connor.

¿Qué esperar de Sommers? Volver a revisitar su anterior entusiasmo por el cine de aventuras y entretenimiento. Sus films atraen público pero, a muchos —como es mi caso—, terminan por alejar nuestro interés en futuras.

Da la sensación de haberse convertido en otro ejemplo como lo son Michael Bay y Roland Emmerich, directores que abusan de la utilización de efectos, saturando sus historias, sin poder distinguir qué ocurre en la trama tras las incesantes y ágilmente incomprensibles escenas de acción.

 

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