A Sala Llena

DISCO RECOMENDADO: Inspiral Carpets – Life (1990)

Pablo Rabotnikof analiza en profundidad este gran disco, allá por los ’90, de la banda británica Inspiral Carpets.

 El canon es útil. En el océano de bienes culturales en los que todos los días estamos a punto de ahogarnos, nos ofrece un salvavidas-GPS que nos permite sujetarnos y ascender de a poco a la superficie para tomar aire. Pero también es cruel. Porque nos lleva siempre por los mismos caminos y nos oculta tesoros que se esconden en las profundidades, para los que es necesario sumergirse a bucear.

 Toda esta digresión viene a cuento de Life (1990), el debut de los ingleses Inspiral Carpets. ¿Por qué? Sabemos que a fines de los ’80 y principios de los ’90 hubo un grupo de bandas que formaron una movida musical en la ciudad de Manchester, Inglaterra, a la que llamaron Madchester. Su clave: recuperar el sonido psicodélico de los sesenta tamizado por el acid house y las nacientes raves. Los más populares entre ellos fueron los Stones Roses, cuyo primer álbum es número puesto en encuestas de mejores discos de todos los tiempos. También los empastillados Happy Mondays, que hasta incluían entre sus miembros fijos un bailarín. Hasta ahí lo que dice el canon, que se podría extender también a otros grupos como The Charlatans o James. Y también los olvidados Inspiral Carpets. Quienes parecen tener su lugar en la historia reducido a “la-banda-de-la-que-fue-plomo-Noel-Gallagher-en-sus-inicios” (en serio). Una injusticia, porque Life tiene razones musicales de sobra para que merecieran mejor suerte.

 En principio, los Carpets tienen una facilidad para las melodías envidiable. En su debut apilan uno tras otro estribillos que se graban en la memoria tras una primera oída: “Song for a family”, “She comes in the fall”, “Sun don’t shine”… y podríamos seguir así con la mayoría de los temas. El órgano Farfisa que salpica y se arremolina por todas partes es un arma de doble filo: por un lado es una marca de identidad y por el otro fija su intención retro, apuntando directo al corazón de los ’60. El primer R.E.M. (especialmente la forma de cantar de Tom Hingley) es también una referencia obvia en canciones como “Many happy returns” y “Sun don’t shine”.

 “This is how it feels” es el momento más luminoso y eterno de los Inspiral Carpets: un verdadero himno con una melodía alegre y esperanzadora… que su letra contradice totalmente: “Así es como se siente estar solo / así es como se siente ser pequeño / así es como se siente cuando tu mundo no significa nada”. El milagro del pop: acá pasa lo mismo que con “The One I love” de R.E.M. o “Every breath you take” de The Police, melodías perfectas que camuflan palabras inquietantes. El resto de las letras son pura ingenuidad. Muchas veces parecen eslóganes que tienen como única excusa sostener sus melodías: “You are the real thing / You keep me waiting” (“Real Thing”). “I am moving on, I am passing by / I am moving on, you are right besides” (“Besides you”). “You don’t walk you crawl” (“She comes in the fall”). “I can’t feel you move” (“Move”). “Now the sun it don’t shine / Because you know you are not mine” (“Sun don’t shine”)…

 En Life hay momentos de relleno: el instrumental “Memories of you” aporta poco, al igual que los desinspirados “Monkey on my back” o “Inside my head”. Pero también hay instantes sutiles, como el ralentado sorpresivo después del estribillo de “Song for a family” o la batería marcial que queda casi desnuda sobre el final de “She comes in the fall”.

 ¿Entonces? Sí, Life es un disco que tiene 25 años y que por momentos retrasa otros 25. Sí, no hace nada que no se haya hecho antes y quizás mejor. ¿Por qué escucharlo hoy?  Simplemente porque es el primer disco de una banda de veinteañeros queriendo llevarse por delante el mundo. Y aunque hoy sabemos que fracasaron, nos dejaron un puñado de canciones ingenuas y confusas para atesorar para siempre. Y por “This is how it feels”, claro. Porque aún con toda su rabia y frustración sigue contagiándonos las ganas de celebrar y desear que esos tres minutos no se acaben jamás.

Por Pablo Rabotnikof

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