A Sala Llena

Invocando al Demonio (The Possession of Michael King)

(Estados Unidos, 2014)

Dirección y Guión: David Jung. Elenco: Shane Johnson, Ella Anderson, Cara Pifko, Krystal Alvarez, Tomas Arana, Luke Baines, Dale Dickey.Producción: Paul Brooks. Distribuidora: Distribution Company. Duración: 83 minutos.

Del tormento a la demencia.

A pesar de que a nivel general se suele decir que uno de los problemas más angustiantes del cine de horror de nuestros días es la recurrencia a los mismos estereotipos de siempre, los cuales nos reenvían una y otra vez a un conglomerado estanco de films canónicos, vale aclarar que en realidad ni la crítica ni el público señalan con la suficiente vehemencia la auténtica contrariedad del género, el peso muerto que casi ningún director del mainstream o el under norteamericanos puede transformar en aquel oro de antaño. Desde ya que nos referimos a los protagonistas del convite en cuestión, esos que debemos soportar a lo largo del metraje y en los que depositamos nuestra fogosidad, prejuicios e inquietudes personales.

Lamentablemente si sopesamos el historial de las últimas décadas en lo que respecta a los “héroes del gore”, descubriremos que la mediocridad parece haber ganado la batalla de la taquilla. En la mayoría de las ocasiones en el escalafón narrativo contamos con un grupito de adolescentes bobalicones o con un personaje principal que dista mucho de ser una figura fértil o movilizadora destinada a generar una mínima curiosidad, circunstancia en la que juega un papel fundamental tanto la falta de sorpresas como los rasgos más nocivos de la cultura estadounidense y sus múltiples adaptaciones transnacionales. De este modo, la arrogancia y las sonseras presuntuosas conspiran contra la empatía del espectador eventual.

Sin lugar a dudas la pueril Invocando al Demonio (The Possession of Michael King, 2014) ejemplifica de maravillas este déficit, el cual es puesto al descubierto de manera muy poco perspicaz por el título original de la película. Aquí tenemos a otro documentalista de cotillón que pretende registrar su metamorfosis de ateo imperturbable a triste receptáculo de las fuerzas menos celestiales del más allá. Hoy la excusa para que Michael King (Shane Johnson) se someta a una diversidad de rituales paganos, vudú y/ o satánicos pasa por su condición de viudo, ya que su amada esposa falleció trágicamente luego del consejo de una psíquica, un infortunio que se convirtió en el catalizador de su furia contra los nigromantes.

Por supuesto que sus “rezos invertidos” son escuchados y un ente diabólico llegará para hacerle compañía de ahora en más. La ópera prima de David Jung se centra en un poseído tan soberbio como anodino que para colmo se ve arrastrado por todos los clichés del found footage y una arquitectura dramática por demás básica. Si bien la puesta en escena de Jung es relativamente prolija, la realización adolece de una verdadera vitalidad y se guía por un automatismo por momentos irritante, en el que los remates de cada secuencia no ofrecen ninguna novedad. Así las cosas, una vez más una obra que va del tormento a la demencia demuestra su ineptitud a la hora de releer a la eterna El Resplandor (The Shining, 1980)…

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Por Emiliano Fernández

 

¡Un exorcista a la derecha, por favor!

A esta altura del partido se ha vuelvo prácticamente un cliché el pedido de muchos de nosotros: rogamos le den un descanso al subgénero de terror “cámara en mano” -o found footage, según el término anglosajón- en vista de los resultados que hemos obtenido en los últimos años y considerando que demasiadas películas depositan todas sus esperanzas de destacarse del resto de los productos del género en el simple y agotado recurso de simular realismo vía filmación casera, cuyos exponentes exitosos se cuentan con los dedos de la mano, como por ejemplo El Proyecto Blair Witch (The Blair Witch Project, 1999) o Cloverfield (2008). Sin dudas esa es la enseñanza más concreta que nos deja Invocando al Demonio (The Possession of Michael King, 2014): guardemos la camcorder en el placard y no la saquemos hasta que tengamos algo interesante para filmar (o contar).

El director debutante David Jung no trae nada nuevo a la mesa en esta historia que narra el derrotero del susodicho Michael King, un hombre que meses después de perder trágicamente a su esposa decide hacer un documental para probar que ni Dios ni el diablo existen, y decide filmarlo todo con su cámara, obviamente. Michael visita a personas relacionadas con la parapsicología, la necromancia (el uso de cadáveres para comunicarse con el más allá), la brujería, y otras fantásticas tribus de acólitos de lo paranormal. La cuestión es que algo parece haber poseído a Michael mientras jugaba a ser el José de Zer del mundo de lo oculto, e irá tomando más y más control sobre él conforme avanza la trama, dejando al protagonista con poco tiempo para intentar detenerlo. En primera instancia parecía un acierto el intento de Jung por mostrarnos el típico caso de posesión demoníaca desde el punto de vista del poseso, pero todo quedó en eso, un intento, que encima buscó apoyarse en la “cámara en mano”. El recurso hace agua por todos lados, como suele suceder cuando es utilizado sólo para dar un golpe de efecto más que para dar profundidad al film.

La película tuvo un estreno limitado en salas estadounidenses allá por agosto de 2014 y a las dos semanas ya se encontraba disponible como VOD -o Video on Demand, para los neófitos del sistema- lo que desde el arranque no era muy auspicioso. Es curioso como en el último tiempo los distribuidores locales parecen elegir lo más flojo del género de terror para traer a nuestras salas, y con un retraso notable respecto de su fecha de estreno original. Cuestiones que no lo convierten en un producto atractivo para los fans del género deseosos de ver una obra de calidad en pantalla grande.

Con un guión que no sabe muy bien hacia donde quiere ir y una historia que parece más inclinada a mostrar lo que pasa antes de intentar dar un desarrollo o una explicación al porqué de aquello que ocurre, Invocando al Demonio naufraga en las aguas de la instracendencia para terminar encallando en un final que toma prestado demasiado de El Exorcista (The Exorcist, 1973), en caso que algún espectador distraído aún no haya descubierto que todo esto ya se ha hecho antes y de forma claramente superior.

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Por Alejandro Turdó

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