A Sala Llena

La Casa del Miedo (Silent House)

(Estados Unidos/ Francia, 2011)

Dirección: Chris Kentis y Laura Lau. Guión: Laura Lau. Elenco: Elizabeth Olsen, Adam Trese, Adam Sheffer Stevens, Julia Taylor Ross, Haley Murphy. Producción: Laura Lau y Agnés Mentre. Distribuidora: Energía Entusiasta. Duración: 98 minutos.

La remake sin (tanto) respeto.

La original, La Casa Muda, se hizo conocida por una razón: sus 80 minutos estaban filmados en una sola toma con una cámara de fotos. Pero más allá de este dato digno de Imdb, la película no era buena: había un mayor interés en el recurso que en la historia misma (con vuelta de tuerca incluida). Era inevitable que tanto por la propuesta (una casa con aparentes presencias fantasmales) como por su atractivo formal, Hollywood la iba a adaptar a su idioma. Rápidamente, un año después se estrena La Casa del Miedo, que conserva tanto el argumento como su estilo de filmación. Los encargados de esta nueva versión son los directores de la muy interesante Mar Abierto (esa de la pareja abandonada en medio del océano a merced de unos tiburones). Y como en ese arriesgado film (que tardó más de dos años en hacerse y que contaba con un presupuesto acotado), acá también hay un desafío técnico. Los realizadores Chris Kentis y Laura Lau deberían estar tranquilos porque hicieron una película no sólo mejor que el original, más interesante y mejor ejecutada sino que incluso puede llegar a maquillar ciertos errores inevitables que trae consigo la primera versión.

La Casa del Miedo arranca muy bien. Hasta el primer golpe desconocido y oculto entre las paredes, todo está sometido a una interesante atmósfera. A diferencia de La Casa Muda, lo que brota del frío ambiente es una carga sexual realmente inesperada. En el comienzo hay cuatro personajes: Sarah (Elizabeth Olsen, una actriz extraordinaria vista en la brillante Martha Marcy May Marlene), su padre, su tío y una extraña conocida de la joven. Salvo la protagonista, el resto parece estar dotado de una fuerte atracción erótica hacia ella. De sus bocas salen diálogos con una doble connotación, movimientos intencionales, miradas de un prohibido deseo y –en uno de los mejores momentos del film- una conversación rarísima entre Sarah y su amiga de la adolescencia, que supone una relación lésbica en el pasado. En este cruce de palabras, al principio hay una distancia y un desconocimiento por parte de la protagonista, pero minutos luego se despide diciendo “sí me acuerdo de vos”, a lo que la otra responde “¿Cómo podrías olvidarlo?”. En medio de un lugar gélido, insensible, seco, aparece de repente esto, que sorprende. Un buen indicio en sus primeros minutos: Kentis y Lau parecen entender las limitaciones de la película uruguaya imponiendo un estilo propio.

Sarah es Elizabeth Olsen. Hay que recordar ese nombre y apellido para la posteridad. Es una actriz interesante, con una gestualidad que ya no se usa demasiado en el cine norteamericano. O mejor dicho, que se usa, pero mal. En ella, hay un gran trabajo alrededor de su rostro: mira con desesperación, se asusta y llora. Pero los mejores momentos de su actuación aparecen cuando no debe haber una expresión porque sino su vida corre peligro. Hay dos grandes momentos de suspenso en La Casa del Miedo, y en ambos, ella debe suprimir esa natural necesidad de gritar con todas sus fuerzas. Olsen grita pero sin emitir sonidos, se manifiesta en silencio. Esta exhibición de emociones está tan encubierto como su magnética sensualidad. Detrás de esos dulces e inocentes ojos y su hermosa cara, hay un cuerpo atractivo. Cuando se comienza a desprender de la ropa que lleva encima, el film permite una mayor interacción entre su físico y la frialdad del ambiente.

Volviendo sobre el tema de la sexualidad, si esto sorprende es porque surge en una película que opone su tratamiento en la puesta en escena con este costado casi erótico. Por ejemplo, el tío de Sarah la mira de cuerpo entero, examinándola y viendo como ella ya es una joven. Hay una interesante mezcla entre la disimulada pasión y la luz que él alumbra sobre ella. En este relato, la electricidad es prácticamente nula. Lo único que hay son lámparas que emanan una helada luz. En este film, lo que se enciende en el medio de la oscuridad es sinónimo de un descubrimiento de aspectos ocultos. Más entrado en su resolución, aparecerán los flashes de una cámara de fotos que tiene una relación directa con un pasado traumático. Al no haber más lámparas, ahora se usarán estos fuertes destellos que permitirán el hallazgo del misterio.

Y acá es donde comienzan los problemas: esta es una remake y, quieran o no los directores, debe respetar ciertos elementos ineludibles. Entre ellos algo que no funcionaba ni siquiera en la versión original. En ambas películas la vuelta de tuerca no tiene la suficiente fuerza dramática para impactar en el público. Hay un hecho atroz alrededor de esta casa carente de vida, pero tanto en la original como en esta, los hechos argumentales son insípidos y llenos de una insólita indiferencia. Lo que hay que reconocer en La Casa del Miedo es que Kentis y Lau resuelven mucho mejor el misterio que en la apática primera versión. En la original, todo era demasiado confuso y poco interesante para que conmueva al espectador.

Es una lástima realmente que La Casa del Miedo tenga que atravesar estas sorpresas sin ninguna gracia, estas vueltas sin ningún interés. Como sucede con algunas remakes, la pregunta que surge al ver esta película es qué pasaría si esta fuese la versión original y no hubiese un trabajo previo. ¿Cambiarían los directores de este film las vueltas de tuerca? Por las pequeñas diferencias que se establecen, la respuesta parece afirmativa. En fin, son los riesgos de jugar con un material ajeno.

calificacion_3

Por Luciano Mariconda

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