A Sala Llena

La Entrega, según Elena Marina D’Aquila

La Entrega es una película extraña y por momentos hasta impredecible, porque puede pasar del policial negro a la comedia romántica de una escena a la otra, sin ningún tipo de inconveniente. Como una cruza entre Michael Mann, Scorsese y Ferrara filmando una de gangsters en Nueva York, el director belga Michaël Roskman le imprime a su segunda película ese aire turbio, denso, de personajes marginados que habitan los suburbios de la ciudad, esos mismos que aquellos grandes directores han sabido retratar. Hablamos del peligro que acecha en las calles fantasmagóricas, sucias y humeantes, donde la traición es moneda corriente y los enemigos pueden estar en cualquier lado.

El guión, a cargo de Dennis Lehane, quien además es el autor de la novela en la que está basada la película y escritor de otras obras que ya han sido adaptadas al cine como Río Místico, Desapareció una Noche y La Isla Siniestra, mantiene un ritmo pausado sostenido por una gran tensión subliminal que puede percibirse -en mayor o menor medida- en todas las escenas. Llegando al final, explotará inevitablemente y de manera muy scorsesiana con ecos de Un Maldito Policía de Ferrara.

Roskman construye en su salto a Hollywood una tensión que irá in crescendo hasta volverse asfixiante, a partir de la sensación de peligro constante que crea en el espectador valiéndose principalmente del montaje para generar suspenso y dilatando el tiempo (sobre todo de una escena clave con un final muy violento). El director belga no le escapa ni le teme a la violencia explícita y  algo que comienza como un relato enmarcado por la Navidad, se irá gradualmente transformando en una verdadera pesadilla que desatará una vorágine de sangre pero sin llegar a regodearse.

El desarrollo del personaje de Tom Hardy -en una interpretación precisa y contenida- y su transformación a lo largo de la película, es algo realmente fascinante de ver. El actor británico cambia de acento para interpretar a un barman que trabaja para el dueño de un bar (James Gandolfini) manejado por gangsters chechenos, quienes lo utilizan como lugar de tránsito y lavado de dinero.

Si bien mantiene una estructura clásica, el film se permite algunas digresiones narrativas, dejando por momentos a un lado el conflicto central y explorando con una libertad renovadora otros aspectos de la trama. Un noir que se debate entre un tono seco y distante con actuaciones parcas, típicas de un policial setentoso, y el sentimentalismo justo y necesario. La Entrega se ubica entre un registro casi impersonal de lo que sucede y la identificación con los personajes, en un juego donde todos tienen algo que ocultar y nosotros por descubrir. Oscura, intensa, llena de dualidades y posibilidades.

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