A Sala Llena

Los abrazos rotos

¿Qué decir de Almodóvar? Ya todo amante de cine conoce y distingue su obra con un vistazo de apenas unos pocos fotogramas, el empleo del color, la música, los culebrones y temáticas relacionadas al sexo, las obsesiones y la psiquis humana, el humor grotesco, su pasión por el cine, reflejada en sus tantos homenajes al film noir, quizás, el género de su mayor agrado.

Con el reciente estreno de Bastardos Sin Gloria, queda en mi mente la comparación surgida entre dos ejemplares directores; uno que podría considerarse de la nueva generación frente a éste ya consagrado y afirmado como un auteur sin igual. Ambos, Tarantino y Almodóvar, si bien muy distintos, e incomparables en algunos aspectos, comparten algo, y es su pasión por el cine, ambos revisitan clásicos, juegan con los homenajes y los géneros, sus obras son tan versátiles que conjugan alternándolos con una facilidad que resulta difícil para el espectador terminar de ver uno de sus films y encasillarlo con una estructura típica.

Ambos homenajean, Almodóvar sutilmente y Tarantino, a veces, un tanto forzado. Y esto, sin reparos es algo elogioso, sus obras nos invitan a ver otro cine, a volver a las bases y una vez más plantear el caso de que “ya se ha visto todo en cine”. En Los Abrazos Rotos, es el caso de Nicholas Ray, Marilyn Monroe, Audrey Hepburn, Hemingway, Fellini, Peeping Tom en relacion al voyeurismo y hasta el placer de autohomenajear una de sus obras, Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios.

Yendo al film en cuestión de esta crítica, en Los Abrazos Rotos,  Almodóvar ahonda en temáticas que ya hemos visto de él en otros films, sin considerarlo entre sus mejores, el director ya maduro, con otras preocupaciones, se vierte nuevamente al film noir, una historia llena de recovecos dentro de los cuales nos interiorizaremos con el correr de los minutos, zambulléndonos en una historia de amor, un policial y una magnífica visión sobre una obra cinematográfica. Un hombre de nombre Mateo o Harry Cane (Lluís Omar), director de cine y personaje creado por el mismo, conviven en la misma persona luego de un trágico suceso.Penélope Cruz, inexplicablemente convertida en su figura de elección tras un paso más que fructífero por Hollywood, vuelve a las órdenes del maestro. ¿Será ese enamoramiento entre director-actriz –cinematográficamente hablando– que tanto los une? ¿O ese jovial entusiasmo y sensualidad que despierta Cruz? La cuestión es que, ambos se retroalimentan a tal extremo que sus últimos proyectos juntos no han sido más que hallazgos, la permisión de brillar en cámara, no temer al ridículo gracias a estar “en las manos de”.

El personaje de Cruz, muy rico y complejo, rota constantemente, diversificándose en distintas etapas de acuerdo a las vivencias ocasionadas, de secretaria que se prostituye, soltera, a hija, pareja, amante…

El film cuenta con dos resoluciones argumentales que me parecieron innecesarias, circunstancias que resultaban evidentes frente al planteo inicial y que no conviene develar.No obstante, un digno film de un director que, ya adulto como destacaba antes, no deja de impresionar e invitarnos a interiorizarnos en su mundo cinematográfico.

Una cita obligada con nuestro amor por el cine.

 

 

 

 

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